Mes: septiembre 2014

Exordio

Hace algún tiempo decidí que volvería a escribir… Ah y también a tomar fotos.

  • “Lo de las fotos está más fácil”, me dijo mi amiga experta en redes sociales, “para eso crearon Instagram” sentenció.

Para escribir me dijo que podía recurrir a Twitter, que ella con frases “cursis” ya contaba con tantos seguidores que podrían llenar un estadio. “La gente si es cursi ah” dijo como al aire (y mirando hacia arriba como en éxtasis) esperando una respuesta mía que nunca llegó.

Pero cómo voy a escribir cuentos y artículos de 140 letras. “Caracteres, en las redes sociales se llaman caracteres”, me corrigió un poco molesta.   “Caracteres” repuse. Cómo voy a escribir cuentos o todas las maricadas que yo escribo en 140 “CARACTERES”, lo dije despacio y en un buen tono.

  • Pues mijito, entonces le tocará abrir un blog. Ahí puedes escribir lo que quieras y subir las fotos que quieras.

En ese momento como por arte de magia empezó a sonar en mi cabeza una música celestial como en las películas cuando algo revelador ocurre… por fin había llegado el momento de saber exactamente qué era un blog. Ya lo había oído antes claro, inclusive tengo amigos que tienen su blog, pero jamás había sabido a ciencia cierta qué era.

-Yo tengo el mío, es divertido (dijo sonriendo). Pero requiere disciplina (dejó de sonreír), si quieres que la gente lea tus escritos y mire tus fotos tienes que fijarte una periodicidad para tus entradas y amarrártela al pie como un grillete medieval (ya en este punto terminaba las frases mostrándome sus dientes incisivos). Debes también definir de qué vas a escribir, tienes que tener una temática ya que tus lectores serán una especie de comunidad.

Perfecto, creo que podré hacerlo le dije, me dije. Si bien estaba decidido a hacerlo, estaba un poco asustado no solo por la actitud amenazante que había tomado mi amiga, que era como la de un padre que recibe al novio de la hija en su casa por primera vez, sino por el mundo en el que al parecer tocaba sumergirse. “Blog”, “comunidad”, “entradas”, “CARACTERES”… cualquier palabra mundana, adquiría un nuevo significado y nueva dimensión en el mundo de las redes sociales.

No le veo problema a la periodicidad, le dije. Si me toca escoger un día de la semana para hacer mis “entradas” (mi amiga alzó la ceja derecha mientras me oía utilizando adecuadamente mi vieja nueva palabra), escogeré el jueves. “No sé, tiene personalidad” aseguré.

  • Listo, a mí también me gusta el jueves, dijo como aprobando mi decisión. Inclusive uno que otro jueves puedes hacer un #tbt

Sabía que #tbt significaba algo en mi recién conocido mundillo cibernético pero ya en ese momento estaba un poco saturado para preguntar, así que decidí ignorarla.

-“Recapitulemos” dijo mi amiga con cara de profesora. “Cómo será tu blog?” Me inquirió.

Será un blog semanal, con tres secciones: uno para cuentos cortos, uno para fotos con historia y otro para blogs, donde escribiré sobre lo divino y lo humano, como dicen las revistas de peluquería. Ya irá cogiendo forma le dije. Esta vez era yo el que miraba hacia arriba como en éxtasis.

  • Y como se llamará papito, tiene que tener un nombre

Caimán Cienaguero, sí, se llamará Caimán Cienaguero, le dije.

  • Fatal, dijo mi amiga. Y se fue.

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Caperucita y el Polvo Feroz

Lo que empieza mal, termina mal. No podía dejar de escuchar en su cabeza la voz de su madre repitiendo esa expresión una y otra vez. Lo que empieza mal, termina mal. Una y otra vez. Lo que empieza mal, termina mal. Una y otra vez. Lo que empieza mal, termina mal.

El sentimiento de culpa no le había permitido pegar el ojo en toda la noche, sentía que había cometido la mayor traición que puede cometerse, la auto traición. Se había vuelto su mismo verdugo, y lo peor es que había matado a la mejor versión de ella misma, de Caperuza Rodríguez Copete, “Caperucita”, como le decían desde niña. Ahora sólo quedaba lo peor de ella, era un desecho, una menudencia humana. Su único consuelo –paradójicamente- era su sentimiento de culpa, el hecho de saber que en su cabeza había espacio aun para la vergüenza era un indicio de que no todo estaba muerto. Ese sentimiento de culpa sería su bastón, y se aferraría a él aun sabiendo que se agarraba a un clavo ardiendo y enclenque.

Eran ya las 4:04 AM del domingo 31 de junio, y hacía algo más de tres horas había salido por la ventana de la habitación de la casa de la abuela de Caperuza, donde ésta dormía, Aroldo Peñate Cuevas, “el Lobo”, luego de haber tenido sexo con ella por cerca de una hora. Antes de salir por la ventana, Caperuza le dijo con voz serena pero firme que jamás volverían a verse, le dijo que su relación, si pudiera llamársele así, había llegado a su fin. Al escuchar esto, el Lobo, sentado en la ventana con una pierna afuera y la otra adentro, se detuvo un segundo y sin decir nada continuó con su huida.

La angustia que sentía Caperucita no se debía al hecho de haber tenido sexo con el Lobo, ya eso a los 14 años no debía ser motivo de misterio alguno, según ella misma decía a sus amigas. Su congoja se debía al hecho de que había tenido sexo pese a no querer hacerlo, había accedido a todo lo que el Lobo le había pedido sin protesta y de buena gana, aunque en su interior no lo quisiese. “Las putas por lo menos lo hacen por dinero, a mí nadie me obligó” decía en voz alta con la almohada pequeña de seda blanca pegada en su cara para que nadie la escuchara.

5:17 AM. Caperuza seguía despierta. Vio su teléfono celular iluminarse y vibrar. Era un mensaje del Lobo. “Jamás podrás dejarme perra” escribió, y a continuación le envió una foto de los dos teniendo sexo en un mensaje posterior. Pareciera que los mensajes la hubieran hecho reaccionar, y una vez los hubo leído los eliminó, y procedió a cambiarse; había dormido encuera. Se puso su camiseta blanca sin mangas y con cuello en forma de u, su falda y sus sandalias. Buscó por unos minutos su ropa interior, hasta que suspendió la búsqueda luego de recordar la primera vez que tuvo sexo con el Lobo, cuando le prometió que le regalaría las bragas que tuviera puestas cada vez que tuvieran sexo. No buscó más. Salió de la casa de su abuela con los ojos hinchados, meditabunda y sin interiores.

Para llegar a su casa desde la casa de su abuela debía atravesar el parque rectangular del conjunto residencial en dirección norte sur. El Conjunto Residencial “el Bosque”, donde había vivido desde que tenía uso de razón, era un conjunto de edificios de tres pisos de alto con dos apartamentos por piso, construido en los años ochenta. Cuando llegó hasta su casa abrió la puerta, que no tenía seguro, y se dirigió hasta su cuarto aprovechando que sus padres no se habían despertado aún.

Con la misma ropa que tenía, y aún sin calzones, se metió en su cama. Con la excusa de que era el último día de vacaciones, logró quedarse metida en su cama sin salir de su cuarto durante todo el día y toda la noche sin levantar sospecha. Acostada en su cama, arropada con su sobrecama rosado pensaba en la posibilidad de suicidarse. Con una buena dosis de drama y patetismo se repetía mentalmente que sólo duraría un segundo liberarse de ese tormento, luego del cual todo sería perfecto. Bajo los efectos de la explosiva combinación de depresión y melodrama escribió su carta de despedida, en la cual explicaba los motivos que la habían llevado a tomar la decisión de acabar con su vida, incluyendo las razones por las cuales consideraba que el suicidio era la mejor alternativa aun para sus padres, a quienes liberaba de tener que padecer el sufrimiento de ver a su única hija expuesta al mundo mientras tenía sexo con el Lobo. Su método de suicidio sería tomar todas las pastillas del frasco de tranquilizantes de su madre y dejarse ahogar en la tina de baño de su cuarto; de esa manera sus padres no tendrían que encontrarla cubierta de sangre o ahorcada, como hubiera ocurrido en las demás alternativas de suicidio que alcanzó a contemplar.

Lo haría al día siguiente, al regreso de su primer día de clases luego de unas largas vacaciones. Se aseguró de guardar su carta en el mismo lugar donde guardaba las cartas que el Lobo le mandaba, en las cuales éste le expresaba su amor en una mezcla de amenazas y agresividad. Debajo del televisor que nunca prendía.

 Al día siguiente, con la misma decisión con la que se había acostado, Caperuza se levantó como rutinariamente lo hacía, desayunó con sus padres, y se fue al colegio a lo que sería su primer y último día. A su madre le extrañó la actitud amable y comunicativa que tenía su Caperucita ese día. No era normal en ella. Su día en el colegio transcurrió bajo cierta normalidad. De hecho, había sido un día más feliz de lo que normalmente eran, fue la conclusión que sacó Caperuza durante el camino de regreso a casa, aunque esto no había afectado para nada su decisión.

Apenas llegó del colegio a su casa, con una extraña exaltación que no podía catalogar como buena o mala, subió las escaleras y entró a su habitación. “No puede ser”, el grito rompió el silencio imperante y se oyó en todo el Bosque. Al entrar a su cuarto había encontrado el frasco de tranquilizantes tirado vacío en el suelo, su carta arrugada al lado, la puerta de su baño abierta, y en su cabeza solo podía escuchar la voz de su madre repetir una y otra vez: lo que empieza mal, termina mal. Lo que empieza mal, termina mal. Lo que empieza mal, termina mal.

De filas y iPhone 6

Desde que tengo uso de razón he sido consciente de mi extraña fascinación, casi adicción, por las filas. Es una adicción extraña lo confieso, pero inofensiva y no del todo mala. Cada fila son mínimo dos personas nuevas que conozco (la de adelante y la de atrás obvio), en ocasiones recibo cupones y promociones gratis, también he visto películas y obras que resultaron siendo muy interesantes y pintorescas. Cada fila para mí es como un mes del año, y así como éstos pasan y uno va coleccionado años, así mismo yo colecciono filas.

La fila de ayer debió ser mi quinceañero.

El día era perfecto para caminar, había sol pero no calor, había brisa pero no frío, y lo más importante, no tenía nada que hacer. Así pues, sin intención de dirigirme hacia algún lado específico, salí a caminar. Luego de caminar por algo más de dos horas, empezaba a caer el sol en la ciudad. Pensé que era buen momento para parar en algún lado y tomarme un café, o un vaso de agua, no sabía exactamente qué quería. Mientras hago la fila decido, me dije.

Antes de entrar a un café cercano me llamó la atención la cantidad de gente recostada contra una pared en lo que parecía una fila, una súper fila, con sillas, carpas, botellas de agua personales, frazadas, ventiladores, etc. Pregunté inmediatamente a uno de los meseros del café sobre lo que había llamado mi atención, quien me contestó que esas personas estaban haciendo fila frente a la tienda Apple para comprar el nuevo iPhone 6 que salía al mercado el día siguiente.

Publicada por The Guardian http://www.theguardian.com/technology/gallery/2014/sep/19/apple-queue-iphone-6-plus-store-in-pictures

Publicada por The Guardian

Publicadas por The Guardian

Publicadas por The Guardian

Al confirmarme que se trataba de una fila, empezó mi lucha interna. Al final todos los esfuerzos fueron vanos. Ahí iba yo segundos después a sumergirme en esa fila de gente, en su mayoría asiáticos (chinos, para nosotros todos son chinos).  Al preguntar en voz alta por el último de la fila no obtuve respuesta alguna, todos estaban ensimismados en sus vetustos iPhone 5s. Nadie hablaba con nadie. No había necesidad alguna de socializar, eran todos autosostenibles; para hacer amigos tenían sus “comunidades” en la red; para sobrevivir cada uno de ellos tenía su silla, carpa, frazada, agua, comida, y por su puesto tenían su iPhone 5s con su respectivo cargador.

Publicada por The Guardian

Publicada por The Guardian

Luego de estar allí por algún tiempo finalmente alguien me mira, lo cual en ese escenario es poco común. No era chino, era, según mis cálculos, hindú. Al verme desorientado decide hablarme y hablamos. Me explicó que estaba allí por negocio, pero que todos los demás eran “geeks” (así los llamó), que despreciaban el contacto humano. Dijo que todo lo hacían desde su celular, que inclusive tenían “relaciones estables” en la red, y lo más probable era que entre todos hubiera más de una “pareja” que ni siquiera se conocieran personalmente.

En ese preciso momento uno de esos “geeks” levantó la mirada luego de un sonido de su celular, al parecer tenía menos de 20% de batería. Decidido a conocer uno de esos extraños personajes salté de mi puesto y me hice a su lado. No recuerdo cómo comenzamos a hablar pero unos minutos después estábamos en una extraña conversación sobre tecnología. De vez en cuando le disparaba a mi nuevo amigo dardos con preguntas más “humanas” a ver si en efecto lo era, o era simplemente se trataba de una creación de Samsung enviada para sabotear a Apple.

Mi amigo “geek” miró nuevamente su teléfono, le quedaba menos de 10% de batería, pero aun así seguimos hablando. Lentamente a nuestra conversación se fueron uniendo más y más “participantes”. Varios de ellos resultaron siendo “pareja” (tal como había vaticinado mi amigo hindú), otros resultaron siendo primos, vecinos, y ni siquiera sabían. A medida que la noche caía, la fluidez de conversación mejoraba y los participantes seguían aumentando. Los “geeks” olvidaron sus celulares, compartieron sus botellas de agua, hablaron de sus familias, revelaron sus verdaderas identidades, reían entre ellos. Me parecía estar viviendo la escena del libro El Perfume cuando Grenouille, su protagonista, destapa su perfume y toda la muchedumbre presente embriagada por la fragancia de amor se revuelca amorosa en una gran orgía pública.

No sé en qué momento me quedé dormido, pero me desperté alrededor de las 6:45 AM algo desorientado. Todos mis compañeros de fila seguían allí, todavía hablando y compartiendo unos con otros. No podía dejar de sentirme el creador del nuevo mundo de estos “geeks”, y sonreí.

Minutos después, de la misma manera como la serpiente tentó a Eva, la tienda abrió sus puertas de par en par y los iPhone 6, como la manzana en el Paraíso, estaban a la altura de la mano. Al ver esto, mis amigos “geeks” olvidaron todo lo que recién conocían, y como autómatas enterraron sus cabezas en sus iPhone 5s y se perdieron entre los caudales de gente que entraba a la tienda. Todos salían tal como habían entrado, solo que esta vez  sus cabezas enterradas veían un iPhone 6.

Ya sin fila qué seguir, me fui de allí caminando algo triste y sin amigos nuevos, sin cupones, sin películas, y por supuesto sin el nuevo iPhone 6.

El día aquél

Creí que no volvería jamás sobre mis pasos, que nunca más pasaría por esas calles tan estáticas, tan ajenas, tan mías, tan llenas de recuerdos que al volver a recorrerlas siento que me miran como si fueran conscientes de todo lo que pasa sobre ellas. “Nunca más”, no puedo evitar recordar el cuervo del poema de Poe cada vez que repito esas dos palabras, nunca más; sí, creí que nunca más pasaría por esas moles de concreto cargadas de recuerdos.

Al hacerlo, al recorrer estos callejones lentamente, siento cómo vuelven a mí todos los recuerdos que hoy hacen parte de mi pasado. Por supuesto, también recuerdo El día aquél, ese día que durante mucho tiempo intenté infructuosamente olvidar, y que es el verdadero motivo por el cual he vuelto nuevamente a estas calles estrechas y mustias.

Jueves…sí, definitivamente hoy es jueves, como El día aquél. Y como El día aquél, la capital está cubierta con su permanente manta de nubes grises cargadas de agua, que se yerguen amenazantes sobre la ciudad. Son las 11:00 AM, y el cielo nublado refleja una realidad distinta, la poca luz que logra atravesar las nubes grises es tan tenue que parece que fuera el final de la tarde, las viejas edificaciones del centro de la ciudad, aunque sin sombra por la escasa iluminación, adquieren un color más intenso.

Mientras camino parsimoniosamente por el callejón estrecho y oscuro rodeado de edificios coloniales, tengo la sensación de estar viviendo algo ya vivido, estoy experimentando eso que los franceses llaman un “déjà vu”. A diferencia de un déjà vu normal, en esta ocasión sé perfectamente cuándo ocurrió esto que creo estar viviendo nuevamente. Fue El día aquél, sólo que en aquella ocasión venía caminando del lado contrario. De repente siento que el frío decembrino se incrusta en mis manos, cierro mis dos puños dentro de los bolsillos del abrigo negro de siempre, e instintivamente subo la mirada y me veo venir.

Sí, soy yo, sólo que unos años más joven, soy el mismo que el del El día aquél. Al mirarnos, yo el de ahora, y yo el de antes, quedamos petrificados sin saber qué estaba pasando, me mira mientras me saco las manos del bolsillo del abrigo, y veo cómo sus facciones, mis facciones, cambian. El día aquél es hoy, sólo que en aquella ocasión yo era el impávido y el otro yo, el del futuro si cabe esta descripción, era quien actuaba con naturalidad.

Como aquella vez, yo y mi otro yo seguimos caminando hasta que nos hallamos uno frente al otro sin decirnos nada escrutándonos en silencio, nos reconocemos mutuamente, el destino nuevamente se mofa de mí, de nosotros. Como El día aquél, yo tomo la palabra y me digo a mí, al más joven, que no tiene de qué preocuparse, que esto ya había pasado antes y seguramente volvería a pasar, era como despertar de un sueño en el que soñaba que estaba despertando de un sueño en el que soñaba que estaba despertando de un sueño, y así sucesivamente.

Como me sucedió a mí, yo, el de ahora, comencé a explicarle al de antes qué estaba pasando, le repito que no hay de qué preocuparse, y que ya puede dejar de tener las dudas que sé que tiene sobre su futuro, le digo cuál es el camino que debe escoger y qué cosas debe evitar, decido darle todas las herramientas para ser feliz. La conversación duró alrededor de una hora, eran las 12:15 PM y el manto de nubes había mermado un poco, los rayos del sol desesperados tratan de filtrarse por las nubes ahora mermadas. Termino la conversación con una palmada en la espalda que fue mía hace unos años y sigo caminando contento, con la satisfacción del deber cumplido. Sigo caminando y de repente recuerdo cómo me había sentido yo El día aquél, la confusión, la soledad, el sentimiento de saber que todo hace parte de un libreto prefabricado. Cuando quise volver a decirme a mí mismo, al yo de antes, que olvidara lo dicho y que viviera como quisiese su vida mi vida, ya era muy tarde, El día aquél había terminado, y me hallé viviendo nuevamente el día de hoy.