Mes: octubre 2014

El señor de Fátima

Entre los años 1916 y 1917, mientras Europa servía de escenario a la Gran Guerra, en un pequeño pueblo de Portugal llamado Fátima, tres niños pastores experimentaron una serie de extrañas apariciones de un ángel denominado el Ángel de la Paz, y de la Virgen María; la más célebre de ellas ocurrida el 13 de mayo de 1917. Casi 100 años después, en el año 2014, me encontraba yo en el mismísimo lugar en el que la Virgen y el Ángel de la Paz habían visitado a los tres pastorcitos. En Cova de Iria, sí, como la canción.

Debo confesar que el primer sorprendido de estar en esas fui yo. Quien visita el pueblo de Fátima lo hace con la única y exclusiva intención de adorar a la Virgen María. Aunque hoy puedo afirmar que me alegró haber ido, no es normal en mí programar viajes a sitios de culto. Lo digo sin ánimo de ofender, y aunque me considero “creyente”, seamos sinceros, la mayoría de las personas (me incluyo) que visitan lugares religiosos lo hacen porque éstos tienen –además del atractivo religioso- algún otro atractivo adicional como el artístico, gastronómico, arquitectónico o histórico. Nadie (o casi nadie) visita algún sitio en particular con la única y exclusiva intención de elevar una plegaria desde allí.

En fin, por cosas de la vida terminé yo planillado en un viaje al pueblo de Fátima con el único objetivo de visitar los lugares donde la Virgen María había hecho su aparición, y elevar una plegaria desde allí. Como el viaje estaba programado con una anticipación razonable, me dio tiempo para averiguar si aquél pequeño pueblo tenía atracciones distintas a las religiosas que me permitieran ampliar el espectro de mi visita. Mi pequeña indagación ratificó lo que ya intuía, no había nada adicional para ver, comer o hacer en el pueblo de Fátima. Sin embargo, de la investigación había algo que había llamado mi atención desde un punto de vista, digamos, “narrativo” más que religioso: la historia de los niños pastores.

Tres niñitos, Lucía, Jacinta y Francisco, afirmaron haber sido visitados en reiteradas ocasiones por dos entidades que resultaron siendo, según ellos mismos alegaron, nada más y nada menos que un ángel autodenominado el Ángel de la Paz y la Virgen María. Si no fuera por el hecho de que el mayor de los niños tenía 10 años para entonces, uno podría pensar que todo se trataba de una farsa bien estructurada por alguien mayor. Las visitas divinas no estuvieron exentas de drama e intriga pues el 13 de mayo de 1917, día en que se produjo la última visita de la Virgen, más de 70.000 personas (en su mayoría no religiosas) vieron “el sol bailar” en lo que después se denominaría como el “milagro del sol”. Adicionalmente, los niños pastores afirmaron que la Virgen había enviado a través de ellos una serie de mensajes al mundo, y también que les había confiado un “secreto” que años después revelaría Lucía al Papa Juan Pablo II. Entre las cosas que la Virgen les reveló a los pastorcitos, estuvo el vaticinio de la temprana muerte de dos de ellos (Jacinta y Francisco), quienes, en efecto, murieron menos de tres años después de la aparición.

El hecho de visitar el lugar donde había ocurrido esta apasionante historia, que tiene todos los elementos de un thriller hollywoodense me hicieron sentir como si estuviera viviendo en carne propia un capítulo de algún libro de Dan Brown.

Al llegar a Fátima, un poco nervioso por causa de mi entusiasmo, me dirigí a los lugares en los cuales los pastorcitos afirmaron haber sido visitados por el Ángel de la Paz y la Virgen María, para luego visitar sus casas y conocer así un poco más de la intrigante historia. Tengo que confesar que si bien desde el punto de vista religioso me sentía satisfecho para entonces, desde el punto de vista “narrativo” me sentía un poco frustrado pues no me había encontrado hasta el momento nada “raro” que me aportara elementos de juicio adicionales para alimentar más la historia de los pastorcitos de la que había leído.

Con la pesadez de la frustración sobre mis hombros, decidí apartarme del grupo con el que estaba y dirigirme a una casa cercana, diagonal a la casa de Francisco (uno de los pastorcitos), la cual tenía la puerta abierta y dejaba ver que la habían adecuado como un café. Luego de saludar a la dueña, ordené un café negro y sin azúcar, como el que usualmente me tomo. Con el vaso casero lleno de café caliente en la mano, me senté en la única mesa exterior que tenía la casa-café, ubicada en plena acera peatonal. Me senté en una de las dos sillas que acompañaban la mesa; la otra silla era ocupada por un señor mayor.

El señor estaba bien vestido aunque no se veía elegante o pretencioso. Vestía un pantalón oscuro entre gris y azul, una camisa blanca con delgadas líneas verticales, un saco de lana color vino tinto y una chaqueta de un color gris más claro que el pantalón. Tenía un bastón y unos anteojos con marco café que sostenían un par de lentes gruesos que daban un efecto de desproporción a sus ojos cuando miraba de frente. Aunque tenía cara amable, no respondió a mi saludo cuando me senté a su lado. Parecía ignorar el mundo exterior y solo atender al mundo de su cabeza. Miraba pausada pero constantemente a cada lado, como si esperara a alguien. Luego de unos minutos de estar allí, sentado a su lado, el señor volteó, me miró de pies a cabeza y me preguntó sin casi moverse si era mi primera vez en Fátima, a lo que respondí con un “sí señor, es mi primera vez”. En ese momento pensaba que probablemente sería también mi última, pero no dije nada más.

Dijo a continuación que él, en cambio, tenía 66 años de estar visitando el pueblo de Fátima. Aunque hablaba claro, no pude adivinar de dónde era su acento. Siguió hablando sin esperar mis respuestas en una especie de monólogo. El señor mencionó que no visitaba Fátima para adorar a la Virgen, a pesar de que creía en ella. Dijo, sin que yo le preguntara, que lo que le fascinaba de ese pueblo era el poder de atracción que tenía. Se preguntó en voz alta si es la fe de las personas la que reviste de poderes a una persona, lugar o algún objeto, o es la persona, el lugar o el objeto el que por sus poderes hace nacer la fe en las personas. Cualquiera que sea la forma como funcione, este lugar tiene algo de mágico, concluyó.

Mientras lo oía, en mi cabeza repasaba con cuidado cada una de sus palabras tratando de descifrar para dónde iba con toda esa argumentación. No me quedaba claro si el señor creía en Dios o no. No pude aguantar más y le pregunté: “¿Ese poder que menciona usted es Dios?”. Me miró con esos ojos engrandecidos por el aumento de los lentes y sonrió. ¿Cuál es la diferencia? dijo. Y siguió, piensa en las sensaciones que despierta en las personas el poder del arte. Acaso ¿es más poderosa la sensación que produce una pintura figurativa que aquella producida por una pintura abstracta? O Acaso, ¿son distintas?, ¿una más fuerte que la otra? No creo.

Lo que importa es la fe, o para nuestro ejemplo la emoción que despierta la obra, bien sea abstracta o figurativa. ¿Entiendes? Me preguntó. Aunque no estaba seguro de haber entendido entonces, respondí que sí. Estaba seguro que si hubiera respondido negativamente lo habría desincentivado, y simplemente me hubiera perdido su argumentación que empezaba a entretenerme. La fe es el efecto de una obra indescifrable, una obra entre abstracta y figurativa, como las obras que tú debes conocer como expresionismo. Como las obras de aquellos artistas que buscan ilustrar la música o los sentimientos, dijo.

Para ese momento, ya había olvidado a los pastorcitos y me sentía viviendo mi propia aparición, sólo que el protagonista de la misma no era un ser etéreo, sino de carne y hueso, viejo, sí, pero vivo. El señor no estaba dispuesto a callarse y yo no estaba dispuesto a dejarlo de escuchar, así que sin interrumpirlo me levanté rápidamente para ir a llenar mi vaso con más café. Mientras la agraciada dueña del local llenaba mi vaso, le pregunté si el señor estaba acompañado o estaba solo, pues yo estaría más que dispuesto a acompañarlo hasta donde estuviera quedándose. Con una sonrisa en sus labios, como si supiera algo que yo desconociera, y con una ternura en su mirada me dijo: ¿“cuál señor”?

Anuncios

La paz mía y la de mi padre

Desde que el tema del proceso de paz con la guerrilla de las FARC comenzó a estar en boga nuevamente en Colombia, mi padre y yo hemos tenido no pocas conversaciones sobre este particular. Nuestras discusiones nunca giran alrededor del fin, la paz que todo el país anhela, sino sobre los medios para conseguirla, pues mientras él está de acuerdo con un proceso en el que todas las partes se sienten como iguales a conciliar diferencias, yo tengo dudas de que un gobierno legítimo sea equiparable a una guerrilla ilegal, con poco poder militar y nulo poder político. A pesar de que considero que son grandes nuestras diferencias respecto al método, son aún más grandes nuestras coincidencias respecto a la finalidad, la paz.

Cómo podemos estar mi padre y yo en orillas tan opuestas. Cómo es posible que a pesar de ser padre e hijo y vivir bajo un mismo techo, tengamos visiones tan distintas.

Pues bien, yo nací a principios de los años 80 del siglo pasado. Una década en la que las fuerzas guerrilleras en Colombia pasaban de la ideología a la acción criminal, y en la que nuestro país pasaba de ser un país de cultivadores de hoja de coca, a un país de carteles y capos colombianos que controlaban no solo el cultivo, sino el transporte y la distribución mundial del narcótico. Estos dos fenómenos sociales pronto se convirtieron en uno solo, guerrillas y narcos trabajaban ahora de la mano en el negocio de la droga, y se apoyaban para asestar “golpes” conjuntos al Gobierno, como ocurrió en la toma del palacio de justicia.

Pronto el país conoció los secuestros, las pescas milagrosas, las bombas, voladuras de puentes y torres eléctricas, los asesinatos, las torturas, los niños en la guerra, y una cantidad adicional de atrocidades, que fueron degradando a pasos agigantados la otrora imagen romántica y casi heroica de las guerrillas. El actuar criminal de las guerrillas y los carteles de la droga había tomado una nueva dimensión, al punto que eran ahora considerados terroristas sin fundamento ideológico alguno. Catalogar a las guerrillas colombianas como “terroristas” no es un tema semántico, es un tema de fondo, pues el terrorista no lucha para conseguir una reivindicación social o política, sino que su interés es el de infundir temor a la población a través de un actuar criminal. Los terroristas no tienen nacionalidad, es igual de terrorista el guerrillero que voló el edificio del Club el Nogal que los yihadistas de Al Qaeda que derribaron las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Con los terroristas el tema es distinto, con los terroristas no se negocia, a los terroristas se les busca y se les elimina. Punto. Como a un tumor maligno.

Ese fue el contexto que ayudó a perfilar y darle finalmente la forma siniestra a la imagen que yo, y todos los de mi generación, tenemos hoy de las guerrillas colombianas.

Mi padre por su parte, nació a finales de la década de los años 40 del siglo pasado, pocos años después del final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el mundo intentaba reponerse de los estragos de la guerra y Estados Unidos se consolidaba como el nuevo imperio. Nació el año en que Jorge Eliecer Gaitán, seguro presidente de Colombia, fue asesinado por Juan Roa Sierra, lo cual generó protestas y desórdenes en Bogotá y otras ciudades, dando origen a una cruenta guerra partidista (entre liberales y conservadores) que después se denominaría la época de la Violencia, y que terminaría con el Frente Nacional.

El mundo de mi padre fue distinto. Él vio cómo el mundo se dividía en dos, en capitalistas y comunistas, entre la derecha y la izquierda, cada uno con sus razones, con sus verdades y con sus mentiras. Vivió la Guerra Fría, a los barbudos llegar al poder en Cuba, vio la guerra de Vietnam y los movimientos de amor y paz. Vio también nacer en Colombia movimientos ideológicos de izquierda que pedían reivindicaciones para el pueblo, lo cual sonaba entonces y aun hoy lógico y apenas justo; sin embargo, su forma de llegar al poder no sería a través de los caminos de la legalidad y la democracia, sino de la clandestinidad y las armas. Ellos tendrían sus razones.

Vio en la universidad un mundo distinto al mío. Vio como muchachos de su edad, de diversas estirpes sociales y orígenes, se declaraban indignados con el statu quo. Seguro sintió admiración por ellos, y seguramente también le dieron ganas de luchar con pasión e ideología por un mundo distinto, por un mundo mejor. Claro que también vio a los movimientos guerrilleros colombianos degenerarse y perder el rumbo ideológico, pero su andar le hace convencerse de que algún rezago ideológico y de querer un mundo mejor debe quedar.

En fin, solo entendiendo estos dos trasfondos individuales se puede entender que dos personas, padre e hijo, viviendo bajo un solo techo vean una misma cosa de manera distinta. Mientras para mí ceder en este proceso es perder algo que teníamos, para él es ganar algo que habíamos perdido, o que nunca hemos tenido. Gracias a que todavía quedan personas de la generación de mi padre, es que una paz negociada como la que se está planteando es posible; una generación que todavía vea, así sea de manera difusa, a una guerrilla con algo de ideología y no solamente como meros terroristas. Si no se logra la paz en este intento, dudo mucho que ese mismo escenario se repita en el futuro con una generación, que como la mía, ve en la guerrilla unos locos criminales. Sin ideología, romanticismo ni mística. Ojalá mi padre tenga razón.

Memento Mori

El dolor en la boca del estómago, como llaman a los dolores en la zona ubicada justo debajo del esternón, había logrado finalmente despertarlo más temprano que de costumbre. La tenue y grisácea luz que se filtraba a través de la persiana de su habitación le hizo caer en la cuenta de que en realidad era más temprano de lo que había imaginado. Quería seguir durmiendo, pero el sueño había sido reemplazado por ese extraño dolor que intermitente pero sistemáticamente le mortificaba.

Era domingo, y como de costumbre, no tenía nada que hacer; hacía varios años que había dejado de asistir a la misa dominical, que por tantos años había frecuentado de muy buena gana. Desde hacía un tiempo se había convencido de que Dios únicamente intervenía en la vida mundana para contribuir a realizar cambios realmente significativos, como iniciar una guerra mundial, hacer brotar una epidemia, o realizar una gran invención con potencialidad de cambiar la vida de toda la población. Como estaba seguro de que no estaba llamado a hacer parte de momento trascendental alguno, pensaba que era mejor no Molestarlo, y literalmente dejar los santos quietos.

El dolor continuaba, iba y volvía, intermitentemente. Pensó que comer algo le haría bien. No había pasado una hora desde que había despertado, y ya estaba bañado y cambiando. El único lugar donde podría desayunar a esa hora era el viejo café de la Calle Copenhague, en donde podría tomarse un café recién preparado y un pan de queso recalentado. Justo antes de salir de su casa, una casona blanca de estilo republicano ubicada en la Carrera 8 con Calle 45, vio a través de la ventana rectangular ubicada al lado derecho de la puerta, a un hombre agachado de espaldas acariciando a un perro que se había tumbado en el antiguo jardín, cuya raza no pudo divisar. No pudo ignorar el hecho de que el perro estaba echado en el preciso lugar donde su madre cultivaba las rosas blancas, que en sus últimos días de vida se habían convertido en su única preocupación.

Pensó que sería mejor esperar a que los visitantes se marcharan para salir y evitar así cualquier interacción no deseada, pero el dolor en su estómago le hizo recapacitar. La mezcla de hambre y dolor le ayudó a abrir la puerta grande y descolorida, y salir de la casona sin levantar siquiera la mirada, simulando no haberse percatado de que unos extraños habían invadido su propiedad. Mientras atravesaba el jardín con paso acelerado y la cabeza gacha, el viejo, dueño del perro, levantó la mirada y con una voz que le sonó familiar dijo algo que no pudo entender. Solo esperaba que al volver no estuvieran allí.

“El Checo”, como llamaban en el barrio al dueño del Café Copenhague, y quien lo conocía desde que era apenas un párvulo, le preparó un desayuno especial con café, huevos y pan recién preparado, que tuvo en él un efecto milagroso. El dolor se había esfumado.

No había notado cuán desgastada estaba su casa. Desde la esquina izquierda de la casona pudo advertir que su visitante se había marchado; frente a lo cual no pudo contener una sonrisa liberadora, que muy rápidamente desencadenó una carcajada idiota. Se sentía extraño riendo, pero no podía evitarlo. Al pasar la verja de la casa que daba paso al jardín, se topó de frente con el perro que había estado sentado sobre el recuerdo de su madre, y que ahora se había echado ante la puerta grande y descolorida.

Al verlo de frente pudo notar que no era un perro, no era tampoco un animal que hubiera visto antes. No tuvo que esperar mucho, sabía lo que era, o eso creía. Evocó aquellos libros antiguos con olor a rosas disecadas escritos en griego que su abuela Danae le regalaba cada año, y que tenía que leer con el diccionario griego-español que le había dado en su primer cumpleaños. Estaba seguro que se trataba de uno de esos personajes fabulosos que tanto lo fascinaron durante su niñez, y que de vez en cuando lo visitaban en sus sueños. ¿Estaría soñando?

Era el Can cerbero. Por alguna razón que no lograba entender, no estaba sorprendido de verlo tomar forma física. Ver ese ser mitológico enorme y soberbio con cuerpo de mástil, tres cabezas y cola de serpiente, estaba lejos de asustarlo. Por el contrario, la majestuosidad y el señorío con que movía cada centímetro de su organismo, le trasmitían un sentimiento de confianza y respeto, a la vez que una sensación de insignificancia y pequeñez. Qué pequeño soy, pensó.

De qué lado de la puerta estaría. Se preguntaba al ver de frente a ese ser que lo miraba con sus seis ojos que parecían cincuenta. Sin sentir miedo, experimentó un memento mori, que lo hizo visualizase en una pintura de Ensor, confrontando la muerte hecha hombre. Aun así no sentía miedo. El Can cerbero solo movía sus cabezas de manera circular sin hacer ningún sonido. Veía cómo los ojos de este ser hermoso se calvaban en él, y lo traspasaban, trasmitiendo por esa vía su mensaje. El dolor en la boca del estómago había vuelto.

No pudo evitar pensar en El Principito. Tal vez sería el mismo ser trasfigurado, y él, aquel piloto en el desierto. Igual de pequeño.

P.D. Les comparto la foto del Can Cerbero

Tomada desde la ventana de mi casa

Tomada desde la ventana de mi casa

… Pero antes una selfie

No hace falta explicar lo que significa la expresión “selfie”. Todos tenemos más que claro lo que significa e inclusive hemos sido protagonistas de unas cuantas. Las “selfies” están revolucionando el mundo, y claro, no faltan los “científicos” que nos inundan con sus análisis en relación con las personas que protagonizan este estilo de fotos. Valga la pena aclarar que me referiré a las “sefies” como si se tratara de una palabra de género femenino sólo por comodidad, ya que ni es palabra ni tiene género.

Volviendo al tema, decía que no son pocos los escritos que abordan el tema de las “selfies”, y en particular, los que hacen extensos análisis psiquiátricos, sociológicos, psicológicos, etc., sobre las personas que se toman “selfies”. Los análisis que se hacen por supuesto no son nada halagadores, al parecer detrás de una inocente “selfie” hay trastornos de la personalidad, complejo de inferioridad, escasez de seguridad, y el que no podía faltar, el análisis freudiano que ve en estas personas alguna expresión de perversión sexual.

Es posible que todos tengan un poco de razón, y que detrás de una foto se pueda advertir un asomo de todo eso que dicen, pero aun así las “selfies” siguen inundando el mundo. Y seamos sinceros, nos gustan, las “selfies” nos gustan. Acéptenlo. Mujeres, ahora que nadie las está viendo pueden sincerarse con ustedes mismas (tú puedes), y confirmarnos si es o no cierto que cuando están a solas con ese teléfono la mano se calienta, les vibra, el  lente las llama, los colores se acentúan, la ropa se encoje y por detrás suena ese perreo intenso que saca esa loba que llevan dentro, y sin más espera click click click y otra más click, tome su “selfie” carajo. Así, como por arte de magia nacen a la vida esas mágicas fotos de las mujeres y sus bocas como si estuvieran aullando a la luna (algunas lo están), o con esos pelos “espontáneamente” desordenados en la cara, o con esas miradas matadoras, o, las que más me gustan, con esos yines apretados que hacen juego con esas camisas escasas.

Es cierto que los hombres también lo hacemos, lo acepto, pero nunca con esa gracia, con ese garbo, con ese estilacho tex-mex de las mujeres. Las “selfies” de los hombres son más tranquilas, más adustas, más áridas si se me permite la expresión. Más aburridas. Claro que hay hombres que nos hacen quedar mal, y pido perdón en nombre de ellos. Perdón por las “selfies” musculosas, por las demasiado “delicadas”, o por aquellas de amor excesivo, perdón, en serio.

Psicológicamente está demostrado que las “selfies” nos ayudan a conectarnos con nosotros mismos, con ese yo interno, esa voz que en las mañanas nos habla y nos dice que tenemos que informarle al mundo que ha llegado un nuevo día, que nos hemos levantado, esa vocecilla que nos obliga a tomarnos una foto con la pijama transparente y el ombligo afuera. Bendecidos y bendecidas.

Las “selfies” tienen un gran poder, una energía liberadora, y por eso están revolucionando el mundo. Las “selfies” tienen, dicen los expertos, tres efectos: el primero, y alrededor del cual giran los otros dos, consistente en hacer que las personas se sientan más altas, más fuertes, más guapas, con un je ne se quoi como dirían los franceses. El segundo efecto, muy relacionado con el primero repito, es el de la generosidad, hace que aquel que se tome una “selfie” sienta la imperiosa necesidad de compartirla con todo el mundo y publicarla en cuanta red social exista. Es por eso que muchas veces vemos la misma foto de nuestra amiga (todos tenemos esa amiga) en Instagram, Facebook, Twitter, Snapchat, y claro, en el perfil del Whatsaap. El tercer y último efecto, con un alto grado de mística, consiste en un profundo sentimiento de gratitud que embarga al que se toma una foto de este tipo. Aquel que se toma una “selfie” es poseído por una gratitud infinita, gratitud con Dios, con el mundo, con la vida, y claro esto hace que todos esos protagonistas de “selfies” se declaren “bendecidos” y/o “bendecidas”; es curioso, pero liberador, de verdad, háganlo y verán.

En fin, está comprobado que son más las cosas buenas que trae consigo las “selfies” que las malas. Cuál es el problema si con ellas delatamos algún desquicio menor, o algún alter ego reggeatonero; no pasa nada, no hay problema. Lo realmente importante, y por eso las “selfies” están revolucionando el mundo, es que una simple foto hace que las personas se sientan un poco más felices con un simple click. Eso, eso sí es revolucionario, y por eso el mundo seguirá inundándose de “selfies”… y con ellas, de bendecidos y bendecidas.

Tu Hijo, el Héroe de Guerra

Stalingrado 8 de noviembre 1942

Querida madre

No hallo manera distinta de empezar esta carta sino yendo directo al grano. La suerte de Alemania, la tuya y la mía están echadas y decididas. Temo lo peor. En el este las cosas no marchan bien, el invierno se acerca y los suministros escasean. La toma de Stalingrado es una quimera, los soviéticos han iniciado una ofensiva por el noroeste y oeste de la ciudad, donde dependemos de los italianos y rumanos. Unas sabandijas sin voluntad. En el Norte de África el octavo ejército de las fuerzas aliadas comandadas por Montgomery avanza sin que Rommel pueda hacer mayor cosa, y el desembarco aliado en Argel y Orán ha tomado por sorpresa al alto mando alemán, quienes impotentes no pueden más que lamentarse. El panorama no es nada halagüeño.

Qué será de mí madre ahora que todo está perdido, que el tiempo se agota, que las oportunidades se acaban. Que será de mí madre. Y de ti. No me malentiendas madre, no hablo de mí como ente físico, tangible, espacial; NO, me refiero a mí desde un punto de vista metafísico, a mí como depositario de un propósito más noble, más grande, más sublime que el de disparar un fusil o escapar de una muerte que hoy se antoja caprichosa. No temo mi muerte madre, a veces la ansío; no temo la prisión, temo sí morir por dentro, aunque ya poco queda de mí. Recuerdas madre, cómo inició mi vida como soldado. ¿Lo recuerdas? Lo hice para complacerte, aunque tal decisión no era contraria a mi voluntad entonces. ¿Por qué no? parecía la decisión correcta. Tú podrías tener tu héroe de guerra familiar y yo podría encontrar un destino, una finalidad, y de paso, de pronto, ser feliz. ¿Por qué no? Vaya tarea madre, tu felicidad y la mía sobre mis hombros.

La guerra pronto acabará madre y he fracasado como héroe de guerra y como buscador de felicidad. Un fracaso más madre. Dos fracasos perdón, perdón madre. No me sorprende mi fracaso, mis fracasos; a ti tampoco. Lo sabes. Desde el inicio sabía que la única manera de convertirme en héroe en esta guerra era morir en ella. Y estaba dispuesto a hacerlo, aun lo estoy. Al menos tú serías feliz, tendrías tu héroe de guerra. Te dolería mi muerte madre, claro que te dolería, pero la imagen de tu heroico hijo te consolaría, te gustaría, terminarías amándola, amándome, amándote.

No morí madre, aunque lo intenté. Lo juro madre, lo intenté. No podía suicidarme, no hay héroes suicidas, a menos que se inmolen en aras de un propósito mayor, más grande, más sublime. Mi causa, tu felicidad, sólo sería sublime para mí, ni siquiera para ti; aun así no cumpliría mi finalidad.

He pensado madre que podría hacerme pasar por un compañero muerto en combate, de esa manera tú tendrías tu héroe y yo tendría más tiempo para encontrar mi felicidad; pero qué haríamos entonces con la familia del difunto redivivo, él sería yo y yo sería él. Tu hijo habrá muerto en combate como un héroe de guerra, y aquella madre estaría feliz de saber que la guerra ha terminado sin que le notificaran la muerte de su hijo, pero dónde está su hijo. Sería yo madre, tu hijo, quien por hacerte feliz a ti y por ganar tiempo para buscar mi felicidad, sacrificaría la de una madre que tal vez no quiera un héroe de guerra, sino a su hijo de vuelta a casa.

No lo sé madre, tal vez podría ir hasta donde la madre de mi compañero y hacerme pasar por él. Tal vez el deseo de creer que su hijo ha vuelto de una guerra tan cruenta para el cuerpo y para el alma sea mayor que la idea de tener un hijo muerto, e ignore el hecho de que no soy él. Tal vez madre pueda ser mejor hijo con esa madre que lo fui contigo. Y tal vez madre, solo tal vez, pueda yo ser feliz.

Espero no tener que mandar esta carta madre. Espero mejor, morir como un héroe de guerra.

Tu hijo