El señor de Fátima

Entre los años 1916 y 1917, mientras Europa servía de escenario a la Gran Guerra, en un pequeño pueblo de Portugal llamado Fátima, tres niños pastores experimentaron una serie de extrañas apariciones de un ángel denominado el Ángel de la Paz, y de la Virgen María; la más célebre de ellas ocurrida el 13 de mayo de 1917. Casi 100 años después, en el año 2014, me encontraba yo en el mismísimo lugar en el que la Virgen y el Ángel de la Paz habían visitado a los tres pastorcitos. En Cova de Iria, sí, como la canción.

Debo confesar que el primer sorprendido de estar en esas fui yo. Quien visita el pueblo de Fátima lo hace con la única y exclusiva intención de adorar a la Virgen María. Aunque hoy puedo afirmar que me alegró haber ido, no es normal en mí programar viajes a sitios de culto. Lo digo sin ánimo de ofender, y aunque me considero “creyente”, seamos sinceros, la mayoría de las personas (me incluyo) que visitan lugares religiosos lo hacen porque éstos tienen –además del atractivo religioso- algún otro atractivo adicional como el artístico, gastronómico, arquitectónico o histórico. Nadie (o casi nadie) visita algún sitio en particular con la única y exclusiva intención de elevar una plegaria desde allí.

En fin, por cosas de la vida terminé yo planillado en un viaje al pueblo de Fátima con el único objetivo de visitar los lugares donde la Virgen María había hecho su aparición, y elevar una plegaria desde allí. Como el viaje estaba programado con una anticipación razonable, me dio tiempo para averiguar si aquél pequeño pueblo tenía atracciones distintas a las religiosas que me permitieran ampliar el espectro de mi visita. Mi pequeña indagación ratificó lo que ya intuía, no había nada adicional para ver, comer o hacer en el pueblo de Fátima. Sin embargo, de la investigación había algo que había llamado mi atención desde un punto de vista, digamos, “narrativo” más que religioso: la historia de los niños pastores.

Tres niñitos, Lucía, Jacinta y Francisco, afirmaron haber sido visitados en reiteradas ocasiones por dos entidades que resultaron siendo, según ellos mismos alegaron, nada más y nada menos que un ángel autodenominado el Ángel de la Paz y la Virgen María. Si no fuera por el hecho de que el mayor de los niños tenía 10 años para entonces, uno podría pensar que todo se trataba de una farsa bien estructurada por alguien mayor. Las visitas divinas no estuvieron exentas de drama e intriga pues el 13 de mayo de 1917, día en que se produjo la última visita de la Virgen, más de 70.000 personas (en su mayoría no religiosas) vieron “el sol bailar” en lo que después se denominaría como el “milagro del sol”. Adicionalmente, los niños pastores afirmaron que la Virgen había enviado a través de ellos una serie de mensajes al mundo, y también que les había confiado un “secreto” que años después revelaría Lucía al Papa Juan Pablo II. Entre las cosas que la Virgen les reveló a los pastorcitos, estuvo el vaticinio de la temprana muerte de dos de ellos (Jacinta y Francisco), quienes, en efecto, murieron menos de tres años después de la aparición.

El hecho de visitar el lugar donde había ocurrido esta apasionante historia, que tiene todos los elementos de un thriller hollywoodense me hicieron sentir como si estuviera viviendo en carne propia un capítulo de algún libro de Dan Brown.

Al llegar a Fátima, un poco nervioso por causa de mi entusiasmo, me dirigí a los lugares en los cuales los pastorcitos afirmaron haber sido visitados por el Ángel de la Paz y la Virgen María, para luego visitar sus casas y conocer así un poco más de la intrigante historia. Tengo que confesar que si bien desde el punto de vista religioso me sentía satisfecho para entonces, desde el punto de vista “narrativo” me sentía un poco frustrado pues no me había encontrado hasta el momento nada “raro” que me aportara elementos de juicio adicionales para alimentar más la historia de los pastorcitos de la que había leído.

Con la pesadez de la frustración sobre mis hombros, decidí apartarme del grupo con el que estaba y dirigirme a una casa cercana, diagonal a la casa de Francisco (uno de los pastorcitos), la cual tenía la puerta abierta y dejaba ver que la habían adecuado como un café. Luego de saludar a la dueña, ordené un café negro y sin azúcar, como el que usualmente me tomo. Con el vaso casero lleno de café caliente en la mano, me senté en la única mesa exterior que tenía la casa-café, ubicada en plena acera peatonal. Me senté en una de las dos sillas que acompañaban la mesa; la otra silla era ocupada por un señor mayor.

El señor estaba bien vestido aunque no se veía elegante o pretencioso. Vestía un pantalón oscuro entre gris y azul, una camisa blanca con delgadas líneas verticales, un saco de lana color vino tinto y una chaqueta de un color gris más claro que el pantalón. Tenía un bastón y unos anteojos con marco café que sostenían un par de lentes gruesos que daban un efecto de desproporción a sus ojos cuando miraba de frente. Aunque tenía cara amable, no respondió a mi saludo cuando me senté a su lado. Parecía ignorar el mundo exterior y solo atender al mundo de su cabeza. Miraba pausada pero constantemente a cada lado, como si esperara a alguien. Luego de unos minutos de estar allí, sentado a su lado, el señor volteó, me miró de pies a cabeza y me preguntó sin casi moverse si era mi primera vez en Fátima, a lo que respondí con un “sí señor, es mi primera vez”. En ese momento pensaba que probablemente sería también mi última, pero no dije nada más.

Dijo a continuación que él, en cambio, tenía 66 años de estar visitando el pueblo de Fátima. Aunque hablaba claro, no pude adivinar de dónde era su acento. Siguió hablando sin esperar mis respuestas en una especie de monólogo. El señor mencionó que no visitaba Fátima para adorar a la Virgen, a pesar de que creía en ella. Dijo, sin que yo le preguntara, que lo que le fascinaba de ese pueblo era el poder de atracción que tenía. Se preguntó en voz alta si es la fe de las personas la que reviste de poderes a una persona, lugar o algún objeto, o es la persona, el lugar o el objeto el que por sus poderes hace nacer la fe en las personas. Cualquiera que sea la forma como funcione, este lugar tiene algo de mágico, concluyó.

Mientras lo oía, en mi cabeza repasaba con cuidado cada una de sus palabras tratando de descifrar para dónde iba con toda esa argumentación. No me quedaba claro si el señor creía en Dios o no. No pude aguantar más y le pregunté: “¿Ese poder que menciona usted es Dios?”. Me miró con esos ojos engrandecidos por el aumento de los lentes y sonrió. ¿Cuál es la diferencia? dijo. Y siguió, piensa en las sensaciones que despierta en las personas el poder del arte. Acaso ¿es más poderosa la sensación que produce una pintura figurativa que aquella producida por una pintura abstracta? O Acaso, ¿son distintas?, ¿una más fuerte que la otra? No creo.

Lo que importa es la fe, o para nuestro ejemplo la emoción que despierta la obra, bien sea abstracta o figurativa. ¿Entiendes? Me preguntó. Aunque no estaba seguro de haber entendido entonces, respondí que sí. Estaba seguro que si hubiera respondido negativamente lo habría desincentivado, y simplemente me hubiera perdido su argumentación que empezaba a entretenerme. La fe es el efecto de una obra indescifrable, una obra entre abstracta y figurativa, como las obras que tú debes conocer como expresionismo. Como las obras de aquellos artistas que buscan ilustrar la música o los sentimientos, dijo.

Para ese momento, ya había olvidado a los pastorcitos y me sentía viviendo mi propia aparición, sólo que el protagonista de la misma no era un ser etéreo, sino de carne y hueso, viejo, sí, pero vivo. El señor no estaba dispuesto a callarse y yo no estaba dispuesto a dejarlo de escuchar, así que sin interrumpirlo me levanté rápidamente para ir a llenar mi vaso con más café. Mientras la agraciada dueña del local llenaba mi vaso, le pregunté si el señor estaba acompañado o estaba solo, pues yo estaría más que dispuesto a acompañarlo hasta donde estuviera quedándose. Con una sonrisa en sus labios, como si supiera algo que yo desconociera, y con una ternura en su mirada me dijo: ¿“cuál señor”?

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