Mes: noviembre 2014

Un día Extraño

Ayer fue un día extraño, o tal vez el extraño era yo.

Desde que abrí el ojo a primera hora de la mañana, tuve la sospecha de que sería uno de esos días extraños. Si no hubiera sido porque me estaba despertando, no hubiera sido capaz de decir con exactitud si era la hora del alba o la hora del  ocaso. El trasfondo de la ciudad que se asomaba por mi ventana tenía un color pálido entre blanco, negro y azul que no daba pista alguna de la hora que era, y el rocío sedoso imperceptible pero pesado tampoco colaboraba. Tuve la sensación de que ese día ni el sol ni la luna trabajarían en aras de la humanidad, tan insignificante para ellos.

A pesar de que el sol había decidido no trabajar, yo sí tenía que levantarme e ir a la universidad. No soy tan afortunado como los astros. El color del día había permanecido igual hora tras hora, e incluso los gallos no habían parado de cacarear. El rocío también permanecía intacto, imperceptible, pero tal vez más pesado a medida que las horas pasaban. Las clases y los profesores se sucedían unos a otros. Afuera del salón de clases me sentía viviendo en una fotografía, estática, y adentro, mi vida era lo más parecido a una película con una única escena que se repetía y se repetía.

Después de estar metido casi todo el día en un salón de clases, pensé que me caería bien pasar por un café y tomarme algo antes de ir a mi casa. Era el mismo día que había sido a las 6 de la mañana, ni más claro ni más oscuro, el sol y la luna seguían ausentes. No recordaba si en el camino entre la universidad y mi casa había algún café en el cual podría sentarme un rato a esperar a que el día finalmente se diera por vencido y cediera su paso ante la oscuridad de la noche. Por lo menos así tendría la certeza de que no me encontraba viviendo en un mundo en el que alguien hubiera olvidado girar la perilla del tiempo.

Luego de unos minutos de estar caminando, vi un local que parecía ser un café, o eso creía yo. Era un local común y corriente frente a una avenida principal en la que no pasaban carros, a pesar de que era, supuestamente, hora pico. Llamó mi atención que, el local, visto desde afuera parecía estar en una hora distinta a la que era afuera, pues tenía todas las luces encendidas a pesar de que no era de noche… ni de día. El pesado y denso rocío seguía ambientando la escena, era insoportable.

No dudé más y entré. Ya adentro, noté que la decoración era simple y anacrónica, el local estaba cubierto con pósteres de distintas épocas y de distintos colores; algunos me eran conocidos, otros no. Los espacios de pared que no estaban cubiertos se veían desgastados, aunque de forma deliberada pues hacían juego con el resto de la decoración del lugar. El espacio era cuadrado; a lo largo de las paredes y ventanas del lugar había una tabla de madera a la altura del pecho que hacía las veces de mesa, sobre la cual los asistentes apoyaban sus vasos, platos, abrigos, sombreros, o simplemente la usaban para apoyarse mientras hablaban en pequeños grupos. Todos tenían en su mano una copa con lo que parecía ser champán, aunque no estaba seguro.

El ambiente era fraternal. Si bien daba la impresión de que muchos de los asistentes se habían conocido apenas unas horas antes, parecían una cofradía adherida por el cariño que se siente por los amigos con quienes se ha bebido toda una vida. Yo me sentía como un fantasma en el sueño de otra persona. No tenía idea cómo había logrado entrar allí, tal vez alguien había dejado alguna puerta mal cerrada. Era consciente de que no debía estar en ese lugar, sin embargo, no quería llamar la atención ya que no estaba seguro de cuáles serían las consecuencias de mi impertinencia. Preferí no tomar nada y simplemente procedí a sentarme en un sillón de cuero verde oliva oscuro en una de las esquinas del lugar, en el que nadie parecía estar interesado.

Sentía que el tiempo corría más rápido que de costumbre, y mientras tanto yo seguía sentado en el sofá verde oliva. Era una posición privilegiada ahora que lo pienso, pues podía ver todo lo que pasaba en el lugar, mientras que nadie miraba mi esquina. Allí sentado vi debates, vi peleas, vi lo que parecía ser el amanecer de un amor, también vi cómo algunas parejas discutían entre ellas con gestos de una última pelea, vi a los cófrades tomar, comer, perder, ganar. Todo parecía pasar en esas cuatro paredes.

En la esquina contraria a la que yo estaba, justo frente a mí, había dos sillones iguales al mío, en los que estaban sentadas dos personas, un hombre en el de la derecha y una mujer en el de la izquierda. No me había percatado de su presencia, pues era casi imposible verlos a través de todas las personas que estaban en la mitad. Sin embargo, presentía que ellos sí habían notado que yo estaba allí, en su espacio, sobrando. El hombre me miraba fijamente sin siquiera pestañear, tenía la cara sobria aunque sus ojos se notaban un poco cansados. Pasaron unos minutos, o algunas horas, y el seguía imperturbable. La mujer se había cambiado de sillón; ahora estaba sentada sobre las piernas de su pareja, y su boca besaba su cuello.

Embebida, como en éxtasis, empezó a devorar a su pareja, como la madre que devora a su cría enferma porque sabe de antemano que su enfermedad le traerá padecimientos mayores. Él, igual de digno y con la mirada puesta sobre mí, no se movía mientras su pareja acababa con su existencia a mordiscos. Parecía ser consciente de que se trataba de un mal necesario. La escena no era vulgar o asquerosa, ella consumía a su pareja de una forma respetuosa y elegante, pero incisiva y constante. Sólo descansaba unos segundos para limpiarse los labios con un pañuelo de seda morado que tenía en su mano derecha. Los asistentes veían la escena sin intervenir, ellos también parecían estar conscientes de que era lo que debía suceder. A medida que ella avanzaba en su empresa, los asistentes fueron terminando sus bebidas y empezaban a alistarse para salir del lugar, como si los anfitriones de la fiesta hubieran decidido irse a dormir, y era hora de que los invitados se marcharan.

Poco antes de que terminara aquel ritual, del que por error había sido testigo, decidí salir tan rápido como pude del local. No quería saber qué pasaría después. Afuera, la oscuridad de la noche había caído más negra que de costumbre, y los carros en la avenida principal atormentaban mi existencia con sus luces y sus bocinas. No había una estrella en el firmamento.

Me fui caminando para mi casa pensando que había sido un día extraño, o tal vez el extraño era yo.

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Un Jueves Cualquiera

Mientras trabajaba tranquilamente el día de hoy, como otro jueves cualquiera, recibí un correo electrónico que anunciaba el acaecimiento de un terremoto en la ciudad. Me llamó la atención la capacidad predictiva del remitente, pues de los desastres naturales tal vez el menos predecible es el terremoto. Noté que el remitente del correo había incluido como destinatarios a una cantidad importante de personas, quienes muy seguramente se encontraban, como yo, trabajando tranquilamente un jueves cualquiera.

Me llamó la atención, además, el hecho de que el correo incluía la hora exacta en que habría de ocurrir la sacudida, 11:00 AM. Aunque de golpe no le di mayor importancia al mensaje, preferí leerlo completo; debo confesar que de un tiempo acá he despertado un sospechoso interés en los anuncios proféticos, en particular aquellos que vaticinan el fin del mundo. En fin, ahí estaba yo un jueves cualquiera leyendo el augurio sobre la ocurrencia de un temblor en la ciudad.

Interesado en el correo, lo leí completo. Al terminar de leerlo, entendí que aquel pronóstico que se presentaba en principio como inexorable, se trataba realmente de un simple anuncio de un simulacro de terremoto, el cual buscaba evaluar el nivel de preparación de los habitantes de la ciudad ante una situación de emergencia, de las que nadie se salva. Pese a lo anterior, no pude dejar de pensar en la ficticia invasión alienígena de Orson Welles que el 30 de octubre de 1938 mantuvo en pánico a los habitantes de Nueva York.

La idea de estar en la mitad de un gran terremoto me hizo visualizar en diversos escenarios, todos trágicos, lejos del espacio físico en el que realmente me encontraba ese jueves cualquiera. Mientras mi imaginación me revolcaba en olas asesinas, me tostaba en incendios implacables, me hacía volar en el ojo de un huracán mitológico, una estridente alarma me jaló a la realidad. Ese sonido indicaba que el simulacro había empezado. La profecía se estaba cumpliendo.

Todos nos levantamos de nuestros puestos, apagamos los computadores, cogimos nuestros abrigos y empezamos a salir parsimoniosamente de las respectivas oficinas. Cuando estábamos a punto de echar llave a la puerta principal, una de las compañeras gritó que no la cerraran. Debe ser que las recomendaciones obligan a no cerrar las puertas con seguro en situaciones de emergencia, pensé.

¡No! – dijo- se nos está olvidando apagar la greca del café y apagar todas las luces.

Mientras bajaba las escaleras del edificio, oí a una señora diciéndole a otra con voz trémula que desde que supo que el jueves habría un simulacro de terremoto había tenido el presentimiento de que algo malo pasaría. Enseguida se me vino a la mente, como señal de un mal presagio, uno de los cuentos peregrinos de García Márquez que cuenta la historia de un pueblo que resulta devastado por un incendio provocado por el descuido de sus habitantes, quienes el mal presentimiento de una vieja del pueblo los hizo entrar en pánico.

Al parecer el mal presagio es amigo de la mala hora, pues la señora no había terminado de contarle a su amiga su extraño presentimiento cuando resbaló por las escaleras golpeándose repetidas veces la cabeza con los escalones que le hacían falta para llegar al primer piso. El estrecho espacio de las escaleras se hacía más angosto a medida que ríos de personas bajaban impotentes, sin poder ayudar a la señora, mientras eran arroyadas por la corriente humana. Las personas sólo alcanzaban a ver la cara inconsciente de la señora, con su cabeza maltrecha y bañada de sangre. Su amiga, todavía en shock por la fatídica coincidencia, hiperventilaba mientras trataba de revivir a su compañera a punta de golpes incoherentes en el pecho.

Cuando pensé que el panorama no podía ser más caótico de lo que era, un pelirrojo que trabaja en el quinto piso bajaba las escaleras afanosamente tropezando a todo aquel que interrumpiera su paso. El bermejo iba gritando y sudando como si estuviera sufriendo de un delirium tremens. Algo me impedía moverme, estaba como clavado al piso. Sin embargo, de un momento a otro tuve la sensación de estar levitando en una dimensión distinta a la de los demás, a quienes podía ver pero no escuchar.

De repente sentí cómo de un golpe volví a la realidad. Estela, mi compañera de escritorio me sacudía gentilmente para sacarme del ensimismamiento en el que me encontraba. Con su voz ronca pero austera me decía que saliera rápido que el simulacro había comenzado, todos estaban en la puerta y ella se había devuelto para apagar la greca del café y asegurarse de que todas las luces estuvieran apagadas.

Había comenzado el simulacro un jueves cualquiera.

Medias Negras

2 de enero de 1993

Igual que todos los dos de enero de todos los años de los que tenga conciencia, éste no es la excepción… la misma disyuntiva de todos los principios de año, los mismos propósitos, las mismas promesas, la misma resaca, la misma insoportable pensadera. De nada valió mi intención de cambiarlo todo y comenzar de nuevo del año anterior; por una extraña fuerza superior a mí, volví a encausarme en el mismo arroyo ineluctable de todos los años que me arrastra con su corriente y me vomita siempre en el mismo lugar en el que comencé.

Ayer, 1 de enero a las 11:45 de la mañana, estaba yo todavía con la intención de cambiarlo todo. Todavía con los efectos de la fiesta de fin de año, a la altura de la Carrera Primera con Sociedad Portuaria tuve una revelación, me había buscado y yo la había encontrado, estaba vestida con medias negras, bufanda de cuadros y mini falda azul. Con su pequeña carterita color dorado intentaba infructuosamente parar un bus que la llevara a cualquier lado lejos de allí. De repente volteó y me encontró, como si me conociera de toda la vida se me abalanzó y me dijo “¿tienes fuego?”.

Mientras prendía su cigarrillo cruzamos dos, tres, cuatro, no sé cuantas palabras, y en algún momento de la conversación disparó sin que lo viera venir “y si me invitaras a cenar”. ¿A “cenar”? pero si apenas era mediodía. Esa expresión, junto con un acento que no parecía extranjero pero tampoco local, me hizo sospechar que mi extraña amiga no era de estos parajes. Sin embargo no dije nada. Además, ya conocía yo más de una local radicada en Taganga en busca de marido extranjero que gracias a sus andanzas, hoy en día hablaban fluido el inglés, francés e italiano, algunas tanto que mientras esperaban la venida de su mister azul, se ganaban la vida enseñando idiomas en los colegios cercanos.

Como en aras de cambiarlo todo estaba, y todo se había desarrollado de manera tan fluida, decidí dejarme llevar por el capricho de un destino aburrido, y a su sugerencia de ir a “cenar”, contesté: “A dónde vamos rubia”.

 “A donde tú me lleves” replicó.

Así que fuimos caminando hasta mi casa, un pequeño apartamentito cerca de donde estábamos. Mientras caminábamos, entre pregunta y pregunta nos fuimos conociendo, y poco a poco me daba cuenta de que por fin había comenzado a cambiarlo todo; hasta el camino más largo se empieza con un simple paso pensé. Llegamos, y sin nada de vergüenza le dije que no había nada especial que comer. Con una sonrisa ramplona, como tratándome de decir sin decirlo que comía para no morir de hambre, se encogió de hombros y dijo que cualquier cosa estaría perfecto. Entonces, seguro de no decepcionarla con una mala comida, recalenté una sopa, vino tinto, pan y salchichón. Comimos como si fuera todo un manjar.

A la segunda copa me preguntó, sin rubor en sus mejillas y sin mácula en su conciencia, “qué hacemos con la ropa”. Me preguntó que qué hacíamos con la ropa, a mí que tenía horas sin una sola prenda de ropa encima, a mí que no tengo más religión que un cuerpo de mujer, a mí, a mí, a mí, por Dios. Nos olvidamos de todo y al cuello de una nube nos colgamos. Colgados duramos todo el resto de ese día, y yo sentía que mi vida había empezado a cambiar, había logrado llevar a cabo lo que tenia planeando hacía tantos años, increíble pero cierto. Mi año había comenzado como lo había planeado. Había llegado la hora de cumplir mis propósitos trasnochados.

Todo había cambiado, este idilio era inconcebible sin la intervención de alguna fuerza superior a nuestras débiles voluntades. Estaba en mi cama con los ojos abiertos, no podía creer lo que había vivido, todavía no estaba del todo convencido de la buena fortuna que había traído consigo el año 93. Qué gran año será éste.

Decidí no pensar más en eso, mal que bien, había empezado a cambiarlo todo. Sólo tenía que disfrutarlo. Desde el año pasado no dormía, así que, pensado en mi futuro con una sonrisa morada pintada en los labios gracias al vino tinto, quedé profundo.

Era 2 de enero, el sol me había despertado. Me encontré abrazando la ausencia de su cuerpo en mi colchón. No podía creerlo, tenía que ser un juego. Debía haber ido por cigarrillos, o por más vino. Sí, más vino. Me levanté de mi cama sabiendo claramente lo que pasaba, pero quería hacerme el guevón hasta el último momento. Se había ido, sin rastro, aunque no sola, se había llevado consigo mi billetera y mi computador… y claro, mi corazón.

Todo había vuelto a ser como antes, todo cambió y todo volvió a ser como antes. Me dejó con la misma disyuntiva, los mismos propósitos, las mismas promesas, la misma resaca y las mismas ganas, de todos los principios de año, de cambiarlo todo.

P.D. Este breve cuento está inspirado y basado en la canción Medias Negras del gran artista español Joaquín Sabina.

 “Estas vísperas son las de después” J.S.

La Felicidad Paralela

Nunca había sido capaz de hablar de su felicidad con nadie en sus cuarenta y dos años de vida, y no esperaba comenzar a hacerlo ahora. Si bien era propensa a compartir su vida con las amigas y amigos que consideraba cercanos, sus confidencias nunca giraron alrededor de temas relacionados con las dudas o decisiones que tuvieran que ver con su felicidad.

Para ella, sus confidencias en relación con la felicidad se reducían a dudas, qué más sino eso, dudas.

Desde su niñez había tenido una idea bastante bien formada respecto de que su finalidad en la vida era ser feliz; sin embargo, a medida que crecía, el concepto de felicidad iba tomando distintos matices y dimensiones, al igual que las dudas alrededor del mismo. Así, mientras en su adolescencia su felicidad y las confidencias alrededor de ésta giraban en torno a situaciones menos trascendentales como por ejemplo su relación con el novio de turno, en su vida adulta las inquietudes en relación con su felicidad tenían que ver con qué tipo de persona quería ser el resto de su vida.

Cuando decidía compartir alguna confidencia con sus amigos era porque tenía una opinión previamente formada y la decisión ya tomada. En relación con ese tipo de confidencias, sus amigos cumplían la función de termómetro de las consecuencias que tal o cual decisión traería consigo. Se había convertido ella misma en juez y parte para este tipo de confidencias, pero jamás le tembló la mano para condenarse cuando se hallaba culpable.


La Madre

Una vez se escoge el rumbo que se desea, lo que sigue a continuación son un conjunto de decisiones sistemáticas en aras de conseguirlo. No podía recordar exactamente cuándo tomó la decisión sobre el rumbo de su felicidad, pero allí estaba viviendo lo que soñó.

Y se preguntó nuevamente, ¿soy feliz? Tengo un hogar, tengo un esposo, amo a mis hijos, pero ¿soy feliz? No se atrevía a preguntárselo tan decididamente pues no quería sentir desagradecimiento con la vida, ya realmente había obtenido todo lo que había soñado. Sin embargo, la rigurosidad propia le exigía preguntárselo. ¿Esto es la felicidad? ¿Acaso ya la encontré? Se sentía al interior de una paradoja, ¿Estaré atrapada en mi felicidad y condenada a ella?

En ese momento le volvieron las dudas que había tenido durante la época en la que decidió el rumbo que tomaría su vida en aras de su felicidad, y que nunca compartió con sus amigos. Se recordaba más inteligente de lo que se había recordado siempre, con más iniciativa, más diligente, se recordaba mejor de lo que se sentía. Se consideraba capaz de cualquier cosa que se propusiera. Se visionó siendo la física química exitosa que quiso ser algún día, y que cedió su paso a la madre que hoy era. También exitosa, pero no era suficiente. Quería más.


La Profesional  

Lo había logrado. Era la profesional que siempre había soñado y por lo cual había sacrificado cosas que tenía y otras que nunca llegaría a tener. Sin embargo, esa fue la decisión que tomó, la felicidad que buscó y encontró.

¿Era feliz?

Su felicidad se ha convertido en su desdicha, pues no reemplazaba la voz que en ocasiones la visitaba y le recordaba que había otro camino. ¿Qué había en aquel camino? ¿Habría encontrado allí una fuente capaz de quitarle la sed de la duda que hoy la estaba ahogando? Jamás lo sabría, o ¿tal vez sí? Podría renunciar a su felicidad.

Pese a ser un científico, los rezagos de la crianza católica cobraban sus réditos. Cada vez que pensaba en el otro camino, se sentía despreciando su felicidad actual, y la atacaba el sentimiento de culpa tan católico tan católico.

¿Sería buena madre? ¿Sería buena esposa? Manejaría su casa con el mismo rigor el que maneja su carrera, y la haría igual de feliz. Sería feliz… ¿Más de lo que era ahora?

Había comprobado su capacidad desde el punto de vista académico y profesional, pero ¿qué tal madre sería? Estaba segura que para ser madre no requiere la misma inteligencia que se necesita para estudiar física, se necesita otro tipo de inteligencia, una menos obvia. Tendría ella la inteligencia que las madres necesitan. Quería creer que sí. Quería más.


La duda siguió sonando cada vez más duro y con más eco dentro de su cabeza, y sin poder confiarla a sus amigos. Ya estaba muy vieja para eso.

Pensaba que la física algún día comprobaría la existencia de otra dimensión en la que existamos, y estaremos nosotros viviendo nuestra vida, pero caminando el camino que alguna vez desechamos… El otro camino.