Mes: diciembre 2014

Cuento corto y malo como la vida

Trotando sobre el hirsuto dorso de la tierra tropezóme la mariposa, meteórica de bellos colores, alas gemelas y antenas inquietas

                   Esa corta vida al vuelo se posó ante mí, chequeando y chequeando de un lado al otro

                                               El sumiso y cacofónico sonido del trote ambientaba el amorío entre la mariposa y yo

Ansioso esperaba el momento que cansada cayera en mi mano para recibir mi aliento

                      De alegre y ligero existir hacía gala mi amiga mientras desgastado corría y corría, yo, sobre el dorso de la tierra

                                               Por completo sin aliento me encontré pensando en el pronto abandono

 Al fin… la mariposa en mi mano se posó, y con ojos raros mirándome desfalleció

                       Su último suspiro ante mí dio

                                                                         antes de caer sin vida dejándome desesperanzado y solo

Sus alas gemelas cerradas estaban y con leve musito me dijeron

                                                             que los últimos minutos de la vida de un día de la mariposa, los pasó siguiendo mi paso

 Un desconocido que trotaba sobre el hirsuto dorso de la tierra

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De Qué Mueren Los Hombres Sanos

Un poco nostálgico, un poco triste, temeroso; no sabía realmente lo que sentía y tampoco lograba encasillar el sentimiento en alguno de los que hasta ahora conocía.

Eso, un sentimiento inefable era lo que había sentido al llegar al Hospital Municipal de ese pueblo que ya casi había olvidado, ese centro hospitalario donde había jurado jamás volver. Al verlo de frente, parado desde la antigua Tienda del Cachaco que aun se mantenía intacta como una fotografía, lo vio en toda su desolada y colonial extensión.

No podía creer tampoco que hubiera vuelto a la Tienda del Cachaco, donde todas las noches de turno iba a fumarse un cigarrillo y tomarse un “tintico”, un trago de aguardiente servido en un pocillo tintero que le devolvía el alma al cuerpo y le daba fuerzas para poder soportar el parsimonioso paso del tiempo. Hacía un poco menos de 60 años que esos dos sitios, la Tienda y el Hospital, fueron durante su año rural su única casa. Fue precisamente en ese año, cuando había cerrado los libros de medicina para finalmente practicarla, que enfrentó a la mortal epidemia de la pobreza y la corrupción. Ver cómo la gente moría en ese hospital olvidado por no haber siquiera una simple gasa con qué curar una herida. Desde entonces, había decidido no volver a practicar la medicina jamás.

Ahí estaba, frente a su Hospital y su Tienda 60 años después. Estaba seguro que ese rincón de malos recuerdos le aportaría uno más a la colección; pero qué más podía hacer, no estaba allí por gusto. Antes de entrar al Hospital decidió pasar por la Tienda del Cachaco para saludar y zamparse un “tintico”, que seguía cumpliendo su cometido.

Se dirigió directamente a la habitación donde estaba internado el único amigo que le quedaba, y cuya muerte realmente lamentaría con toda sus fuerzas. Cuando se llega a determinada edad, se empieza a ver de cerca la presencia de la muerte encarnada en cada entierro al que se asiste; el dolor que causa ver morir al amigo es transfigurado por puro y físico miedo. Miedo a ser el próximo de la fila.

Cuando llamaron a contarle que habían hospitalizado a Mardoqueo por una mudez repentina supo que la vaina era grave. Conociendo como conocía a su amigo, sabía que cuando éste callaba era para no gritar; lo había visto callado muy pocas veces y en muy lamentables situaciones. Ni siquiera cuando dormía se callaba, las peroratas que armaba dormido lo habían obligado a vivir solo, hasta el día de su matrimonio con Tranquilina, una linda morena banqueña de movimientos cadenciosos que sufría del mismo mal de hablar dormida.

Tranquilina, la esposa de Mardoqueo, al ver cómo su marido había dejado de hablar de un momento a otro, no dudó un segundo en llevarlo de urgencia al Hospital. Efectivamente, tal como lo sospechaba, el silencio en Mardoqueo era prueba fehaciente de que estaba muriendo. Tranquilina decidió llamar a los únicos dos amigos que le conocía a su marido luego de setenta y pico años de matrimonio. El médico que nunca ejerció, Pascual Ovalle, y el único arquitecto del pueblo, Gonzalo Heredia, quien de hecho jamás se había graduado como tal. Únicamente había hecho cuatro semestres de arquitectura en la Universidad Pública de Barranquilla.

Eran las cuatro de la tarde. La brisa fresca que bajaba de la Sierra no era suficiente para vencer el calor pegachento del sol de agosto, que hacía sudar a chorros. Pascual Ovalle, el médico que nunca ejerció, había llegado de último al hospital; ya estaban en la habitación marcada con el número uno, su amigo de infancia Gonzalo Heredia, Tranquilina y el mustio Mardoqueo. La pequeña habitación número uno, era la única en todo el hospital que tenía aire acondicionado. El cuartico estrecho estaba pintado de color verde pastel de la mitad para arriba, y de color gris de la mitad para abajo. Tenía una camilla reclinable, escoltada por el tubo que servía para sostener la bolsa de suero, un sofá de cuerina beige al lado derecho, un televisor al que solo le entraba un canal y el aire acondicionado que tronaba como un avión, lo cual obligaba a poner el televisor a todo volumen como estrategia para neutralizar el insoportable sonido del aire. Lo único con aspecto mas o menos moderno de aquel estrecho recinto, era la imagen hecha en yeso de la Virgen de la Milagrosa, que se erigía sobre el cabecero de la enclenque camilla.

Los recién llegados encontraron a Mardoqueo dormido de una manera tan profunda que ninguno pudo evitar visualizarse yaciendo en su respectivo lecho mortal de la misma manera. No quisieron despertarlo, y por el contrario aprovecharon el tiempo para que Tranquilina les echara el cuento de la tragedia.

Ella, con la misma pasividad con la que había oído a su marido los últimos 71 años de su vida, les dijo que a “Maqueco”, como cariñosamente le decía a su esposo, se le habían acabado las palabras. En ese momento les confesó sin una lágrima en sus ojos, que esa mudez no era sino el preludio de una muerte silenciosa. Los dos amigos al ver el ecuánime temperamento de la mujer que tenían en frente, ni siquiera se molestaron en refutar nada. Cuando llegué al hospital -continuó la esposa-, le hicieron todos los exámenes habidos y por haber. Un joven médico que esa tarde se encontraba de turno me dijo que Mardoqueo tenía cáncer, pero que ni siquiera me tomara la molestia de preocuparme, porque el cáncer de mi esposo ya había hecho metástasis y había invadido todo el cuerpo. Y así, sin más, el joven médico se retiró de la habitación luego de soltarme semejante bomba, con la tranquilidad que se siente luego de una explosión ensordecedora. El jovencito de bata blanca siguió su camino como un estafeta de la muerte.

Lo que no se lograba explicar Tranquilina, y así se lo expresó al joven médico, era por qué si su esposo tenía metástasis, jamás se quejó nunca de molestia alguna, y solo tres semanas atrás se le había manifestado a través de una repentina pérdida del habla. La respuesta del párvulo galeno fue directa y sin emoción de ningún tipo, “lo que pasa, señora, es que la metástasis de su marido, por alguna razón, no ha llegado al corazón; su marido, a pesar de su edad, tiene un corazón fuerte y vigoroso, como el de un adolescente. Mejor dicho, siguió el médico, es como si se estuviera muriendo estando en perfecto estado de salud. Su mudez, por otro lado, se debe a que el cáncer al parecer había comenzado en las cuerdas vocales, de las cuales ya nada queda, se han consumido.”

  • “Para lo único que le sirvió a Mardoqueo llevar una vida de ejercicio y comida sana, era para pelear con la muerte una batalla ya perdida”, sentenció Tranquilina.
  • “Cómo se muere la gente estando sana” dijo mirando para arriba tratando de buscar una respuesta mientras miraba a la réplica de la Virgen de la Milagrosa que le devolvía la mirada desde su pequeño altar.

En ese momento, Pascual Ovalle, el médico que nunca ejerció, se levantó del sofá de cuerina beige que estaba al costado derecho de la habitación. Se dirigió al lecho donde reposaba su amigo, encontrándose con una osamenta forrada en piel. Lentamente tomó la mano de su amigo moribundo apretándola fuertemente contra su boca. En ese instante, de manera lenta Mardoqueo abrió sus ojos, como si peleara contra alguna voluntad para salir de algún sueño en el que se encontraba sumergido. Al despertar, la realidad que lo había sorprendido le parecía su peor pesadilla.

Cuando tuvo conciencia de la persona que tenía cara a cara, no lo podía creer; apretó fuertemente la mano de su amigo que lo visitaba, y empujado por todo su ímpetu levantó medio cuerpo para abrazarlo con la escasa fuerza que le quedaba.

Volver a ver a su amigo, y en el estado en que lo encontraba, le trajo a Pascual, el médico que nunca ejerció, toda clase de recuerdos y de sentimientos. Caviló en lo que debía estar sintiendo su compañero al no poder hablarle, en lo que le estaría diciendo y en lo que estaría callando. Lo mismo pensó Mardoqueo, se imaginaba todas las cosas que Pascual le habría querido decir y no lo hacía para evitarle la molestia que le causaba el no poder contestarle. Agarrados de las manos permanecieron mucho tiempo. Por primera vez Tranquilina lloraba.

Ambos amigos tenían ganas de decirse tantas cosas, confesarse mutuamente, revelarse tantos secretos, hablar, hablar por horas y escucharse por última vez. Hacía mucho tiempo se habían alejado el uno del otro por alguna razón pendeja que ese día decidieron no recordar. Ese día se perdonaron, se abrazaron, se besaron, fueron los mismos amigos de siempre. Al tomarse de las manos y permanecer con la mirada puesta en los ojos del pasado, ambos se dieron cuenta de lo viejos que estaban, sus miradas eran frías y secas, como si se estuvieran mirando directo al alma desnuda. Sus miradas parecían trascender el mundo carnal, ya sus ojos no tenían el mismo color que ellos recordaban de cada cual, eran dos viejos amigos acabándose de conocer. Pensaron en las cosas que quisieron decirse y ya nunca se dirían.

En aquella habitación se libraba una terrible batalla entre el querer y el poder, ambos querían decirse todo aquello que habían guardado y que ese día, ni nunca más, podrían hacerlo. Los sentimientos deben brotar a la vida a través de la magia de las palabras en el mismo instante en que se sienten, porque de lo contrario, pasado aquel momento, nacen muertos. Siempre quisieron decirse lo que había significado el uno para el otro, pero en ese instante sólo hablaron las miradas y los recuerdos. A través de aquellas miradas conversaron, se agradecieron, se rieron y también lloraron. Tantas cosas quisieron decirse y nunca lo hicieron pensando que el futuro les concedería un mejor momento para hacerlo.

El paroxismo del momento fue interrumpido por una deliberada tos de Gonzalo de Heredia, el arquitecto del pueblo, quien no aguantó el peso del ambiente. La pesadez del momento era sobrecargada aun más por el estridente sonido del televisor que en ese momento el arquitecto decidió apagar. Nunca, en todos los años de amistad con Mardoqueo, Gonzalo le había fallado, siempre lo quiso como si fuera una parte de él, inclusive en ocasiones parecía quererlo más a él que a sí mismo. Aunque el amor fraternal que sentía Gonzalo, el arquitecto, era correspondido por su moribundo amigo, no había entre ellos la mística que existía entre Pascual, el médico que nunca ejerció, y Mardoqueo. Gonzalo quería y apreciaba enormemente a Pascual, pero no se resignaba a aceptar que Mardoqueo lo quisiera menos, ni antes, ni ahora, ni nunca.

Al ver a sus dos viejos amigos abrazados, Gonzalo:

  • Recordó.
  • Recordó su época de colegio.
  • Recordó cuánta rabia sentía al ver a Pascual y Mardoqueo gozar de una amistad tan profunda.
  • Recordó aquella época en la que movido por una extraña fuerza más fuerte que él, decidió sembrar la fértil semilla de la duda entre los alumnos del Liceo sobre la “extraña” relación que mantenían Pascual y Mardoqueo. El chisme llegó a tal punto que unos días después del nacimiento del falaz rumor, un amigo de su curso le dijo a Gonzalo: “ya supiste, tus dos amigotes son unas mariconas”.
  • En ese momento fue poseído por una rabia que nunca antes, ni después, sentiría y solo pudo responder la ignominia de su amigo con un puño en la nariz, que le costó varios días de suspensión. Después de esa ocasión, a punta de trompadas se encargó personalmente de que nadie jamás volviera siquiera a insinuar nada sobre la relación que mantenían sus amigos Pascual y Mardoqueo.

Mientras Gonzalo divagaba en sus recuerdos, Mardoqueo y Pascual seguían agarrados de las manos fuertemente.

Como si ambos se hubieran consumido mutuamente todas las energías de vida que les quedaban, Pascual, el médico que nunca ejerció, no aguantó más y cayó desgonzado sobre el pecho de su convaleciente amigo. Allí, sobre el pecho de la muerte, supo que moriría. No podía levantar su cabeza, ni su cuerpo le respondía por más que tratara de hacerlo reaccionar. La mirada se nubló y sintió un dolor punzante en su tórax, fue lo último que sintió en su vida.

Al ver a su amigo caer en su pecho despojado de su alma, el atlético corazón de Mardoqueo, acostumbrado a sobrellevar exitosamente las dolencias físicas, sucumbió ante las dolencias del alma, y sin más dejó de latir. No tuvo tiempo de sufrir, de llorar, de decir adiós ni gracias, solo murió. No quería dejar ir nuevamente a su amigo.

Gonzalo Heredia, el arquitecto del pueblo, se había convertido en el único amigo de Mardoqueo que quedaba vivo. El Arquitecto estaba visiblemente perturbado por las súbitas y patéticas muertes de Mardoqueo y Pascual; no podía creer que le hubieran hecho eso una vez más. Esa dramática forma que sus amigos siempre habían tenido para expresar su amor le produjo arcadas. Sintió la misma rabia que había sentido en aquella ocasión cuando golpeó a un compañero del colegio para salvar el honor de sus amigos Mardoqueo y Pascual. Sólo pudo levantarse del sofá y salir del cuarto que había servido de escenario al mortal acto de teatro, cerrando tras de sí violentamente la puerta de la habitación que resonó en el corredor varias veces con un eco interminable.

Era el final de la tarde y estaba oscureciendo, las ventanas del corredor que daban a la plaza del pueblo proyectaban cómo la última luz del día era arropada por la voraz noche. Gonzalo, caminando por el pasillo, no podía creer lo que había pasado.

Inconsolable, Tranquilina salió corriendo tras Gonzalo como una viuda, dos veces viuda, y le gritó buscando una respuesta: “Por qué, por qué carajo se mueren los hombres sanos”.

Cuando oyó lo que Tranquilina le reprochaba, se volteó, con la cara transfigurada de la rabia, le contestó: “Se mueren de impotencia, por maricas”.

Espejo Disonante

[Apostilla: Se recomienda leer oyendo https://www.youtube.com/watch?v=U-pVz2LTakM ]

Hoy cumplo 20 años de casado. Ya sabías, creo que eres el único que lo recuerda, también eres con el único que puedo hablar de ello. Ella sigue igual, trasfigurada, ida, con ganas de morir y con ganas de vivir, pero nunca quieta, constante, pacífica. Esta semana no ha querido hablarme, sólo me escribió una nota pidiéndome que le comprara 3 bufandas, 2 pares de tacones, 4 medias y 5 vestidos. No dijo el color, solo pidió que fueran de los años 20. Espero que tenga relación con nuestro vigésimo aniversario, tal vez lo recuerde.

Yo sigo desgastado, viviendo una vida en la casa y una vida afuera de ella. Una vida no es mejor que la otra; como un péndulo, cada una me ofrece momentos malos y me recompensa con momentos buenos, solo que no de manera simétrica o coordinada, sino caprichosa y antojadiza, como si fuera parte de un experimento. Como si ambas tuvieran voluntad y quisieran experimentar conmigo la cantidad de sufrimiento que puede tolerar un humano sin anestesia antes de morir. Soy la víctima del Dr. Mengele del régimen del tiempo. En este momento estoy siendo torturado por una racha de malos momentos en la vida de afuera y en la de adentro. En algún lugar alguien debe estarse riendo. No yo.

Su estado de ánimo es el termómetro del mío a pesar de que no me habla. Sus días se pasan mirando el espejo de mano que su abuela le regaló cuando era niña. Ayer lo vi sobre su mesa de noche. Del material de plata del que está hecho ya no queda nada, sobre éste se ha posado un tapete poroso de un color verdoso oscuro que le da un aspecto lúgubre. El mango de porcelana otrora color marfil se ha tornado opaco y amarillento, y el espejo ovalado refleja una realidad distorsionada, sus reflejos son desproporcionados y de color ocre con vetas anaranjadas que nublan toda su superficie.

Hoy hace quince años comencé a hablarte. Hace quince años comencé a hablar frente a un espejo atento y solitario como los locos; comencé a decirte lo que siento, pensando que tal vez podrías trasmitir el mensaje a través de la dimensión que hay detrás del reflejo. Tal vez esperando que mi reflejo tomara vida propia y me dijera que se encargaría de hacer llegar mi mensaje a través de sus medios, y yo simplemente beneficiarme de la seguridad y astucia que a mí me falta en este lado del reflejo. Cómo puedo ser sincero sin estropearlo todo. Cuando hay más de un sentimiento involucrado, la sinceridad es un privilegio que no siempre puede permitirse. Cómo podía decirle a mi esposa que cinco años después tenía dudas. Las dudas pueden ser todo o pueden ser nada. ¿Cómo saberlo?

Hace ya quince años, también, que llegué a casa después de trabajar y la encontré tirada en el suelo de la cocina, solo protegida por su bata de dormir manchada de café. Estaba en un estado de trance repitiendo un soliloquio indescifrable con voz baja y trémula, como si estuviera en su propio muro de las lamentaciones. Todo su cuerpo estaba tieso y sus ojos abiertos sin parpadear. Sus brazos, rígidos, en un ángulo de cuarenta y cinco grados, temblaban. En su mano derecha tenía todavía agarrada la vieja cafetera con el poco café que quedaba en la misma, y en el suelo, muy cerca de la izquierda, el espejo de mano que su abuela le había regalado. Todavía lucía elegante y hermoso, con el mango de porcelana color marfil y su estructura de plata labrada que parecía sacado de un cuento de hadas. No parecía encajar en la escena que estaba viendo. Mi esposa expósita y vulnerable, contrastaba con el espejo majestuoso y elegante.

Con quién se puede hablar de momentos como ese, reflexionar sobre los sentimientos que nacían luego de vivir lo que estaba viviendo. Sólo contigo. Hablarlo contigo era hablarlo conmigo. Ya habías oído mis dudas, ahora te sometería a oír todo lo que no podía decirle a nadie más. Me aproveché de tu mudez. Al principio me sentí extraño hablándote; el hecho de ver mi reflejo mientras hablo, sumado al hecho de saber que fuiste el reflejo de mis abuelos, me hizo sentir extraño. Pero qué alternativa tenía. Si no era capaz de hablarle a mi esposa de frente con sinceridad, no podía tampoco hacerlo con nadie más. Yo, a través de ti, sería mi interlocutor. Aun guardo la esperanza de que algún día alguien me conteste.

No quería que nadie me viera hablándole a un espejo en la mitad del corredor de una casa en penumbras a mitad de la noche, y menos ella. Debía esperar a que se quedara dormida para ir  a sentarme frente a ti. En ocasiones amanecía allí, dormido a tus pies en el sofá que fue de mis abuelos y que para ti son casi familia. Ella me veía dormido sin que jamás me hubiera dicho nada. La vi llorar en silencio. Pero ¿cómo podía explicarle la situación? Cómo explicar que me había quedado dormido hablándole a un espejo sobre lo que no era capaz de decirle a ella. Por qué. Por miedo, ¿miedo de qué?

Desde aquél momento todo cambió, y hoy, diez años después, sigue cambiando, pero negativamente, siempre negativamente. En aquél momento pensé que el problema de las dudas podría ser un tema simple, e igual de simple podía ser la solución. ¿Lo recuerdas? Pensé que la simpleza y contundencia del sexo podría arreglarlo. No le expliqué mi plan de tener sexo para asesinar las dudas, sólo fingí espontaneidad. Ella, consciente de todo sin hablarlo, accedió de manera autómata pero gentil. Todo empeoró, en ese momento la espontaneidad ausente activó mi perverso subconsciente que me hizo pensar en mi madre mientras estaba con ella, desdibujando de un tajo el propósito del ejercicio. No podía parar, ¿cómo explicarle a ella lo que me estaba pasando? Preferí continuar callado. Jamás pude volver a tocarla, ni tampoco pude volver a ver a mi madre. Solo pude contártelo a ti, cómo explicar esa situación.

Hablar contigo no mejoraba la situación, pero me permitía aligerar mi peso para poder continuar cargando con la pesadez de mi vida a la deriva. Mientras me hacía más ligero luego de mis sesiones ante el espejo, ella se hacía más pesada casi a punto de sucumbir. Ahora dormía con los ojos abiertos, lo cual además de reemplazar el blanco por el rojo de sus ojos, hacía imposible saber cuándo estaba despierta o cuando estaba dormida. Una noche habló; aunque tenía los ojos abiertos creo que estaba dormida. Dijo, sin esperar respuesta:

  • Las voces me atormentan
  • Las voces me consuelan
  • Las voces son mis amigas

¿Cuáles voces? Pregunté tratando de hablar en el mismo tono que ella lo había hecho, pensando que así podría meterme a través de alguna rendija de su inconsciente. No obtuve respuesta. Verla así me hacía preguntarme si hay algo más allá de esta realidad, tal vez ella estaría viviendo en sus sueños una vida detrás del reflejo de los espejos, una más feliz, sin dudas.

No era capaz de llamar a un médico, ni ella me lo pedía. ¿Cómo explicarle a un tercero lo que pasaba? Ni yo lo sabía. Durante los meses siguientes al fracasado experimento del sexo, comenzó a sufrir los efectos de las fases por las que atraviesan los drogadictos durante el proceso de desintoxicación, con la diferencia de que ella era un drogadicto que no quería recuperarse, que le huía a su sobriedad. Parecía disfrutar la sensación de abstinencia, los delírium trémens, los ahogos, como si se tratara de un acto sagrado de autoflagelación. Desde entonces mi apego a ti se hizo mayor. Cuando nos acostábamos, y sentía que su respiración se hacía más lenta y profunda, que parecía dormir, me levantaba y venía hasta acá, ante ti. Su pupila negra y dilatada a pesar de la oscuridad, arropada por el rojo de su ojo, se volvió mi nuevo mundo. Me sentía corriendo desesperado sobre sus escarpadas venas retinianas color vino tinto.

Años después pensé en matarla. Creo que ella lo habría querido. Sabíamos, mudamente, que era la única forma de despejar las dudas. El pacto sagrado y moral del matrimonio quedaría intacto, ya que sería la muerte la culpable de la separación; pero alguno de los dos, o tal vez ambos, quedaríamos viviendo bajo la sombrilla del pecado mortal, incluso si alguno de los dos por consideración o por la razón que fuese decidía suicidarse. Te lo conté. Expuse varios métodos, con sus pros y sus contras. También analicé cuál sería la mejor forma de que ella me matase a mí sin sentir remordimiento. No me creía capaz de hacerlo yo.

Todavía tenía esperanza. La esperanza, ese sentimiento, estado de ánimo, frustración, no sabría cómo denominarlo, ha sido el culpable de tantas frustraciones. Fuimos criados sobre los hombros de la esperanza, de un mundo mejor, más bello, más considerado, más, más… Esto simplemente nos ha vuelto incapaces de afrontar las cosas. Nuestra relación también fue parida por la esperanza. A pesar de que era perfecta, teníamos la “esperanza” puesta en un futuro mejor. Hoy esa esperanza me hace incapaz de hablar de las dudas, de la situación, de la realidad. Estoy seguro que ella, igual que yo, todavía guarda alguna esperanza de tener un futuro mejor. Maldita esperanza. Del otro lado del reflejo seguro no hay esperanza, hay realidades.

Increíble que hayan pasado quince años desde que empezamos nuestra amistad. El loco en el espejo. Hermosa manera de celebrar mi aniversario. Ya son las 4:06 AM, intentaré dormir.

  • Ya está acostado. Sigo sin dormir; hace diez años que no lo hago. Mis eternos ojos rojos sólo te miran. Te veo demacrado, espejo, igual que yo. No somos lo que éramos. Tu plata, marfil y nitidez se han ido, igual que yo. Sólo tengo su recuerdo, y la esperanza. La esperanza que es toda mi fuerza, lo único que me queda.
  • Cómo me acerco y le explico que lo oigo, que lo entiendo y que lo amo. Cómo le explico que lo veo todas las noches a través de tu reflejo, que  me veo más lejana, más ausente… No lo entendería.

Sweet Child of Mine

No importaba que estuviera en vacaciones; ese día, como todos, Celestén había despertado faltando cinco minutos para las cinco de la mañana. Luego de dedicarle los cinco minutos restantes a desperezarse, se dispuso, muy tieso y muy majo, a iniciar su impajaritable rutina matutina que parecía más una coreografía. El primer acto consistía en calentar el agua para el café que desde que tenia uso de razón tomaba cerrero y sin colar, y que constituía el único legado más o menos palpable de su abuela materna, al acto del agua le seguía la danza del baño, de la ropa, y la de la lectura del periódico… su vida era la coreografía de una vida que soñaba tener.

Como jamás tenía tiempo para nada, sus vacaciones consistían básicamente en viajar a un destino alejado de su realidad y ponerse al día con la lectura de todos los libros que por trabajo había dejado de leer durante todo el año. Con este, ya era el quinto año consecutivo que iba de vacaciones a ese pequeño y tranquilo hotel que le había recomendado un extraño que se había sentado en un asiento contiguo al suyo en un viaje de negocios. El edificio de tipo colonial donde funcionada el pequeño hotelito situado a las afueras de cualquier ciudad de la Costa, y que había sido el hospital general del pueblo durante años, estaba estratégicamente ubicado entre el mar y la desembocadura del río Calmo. La creencia popular era que los hospitales debían estar cerca del mar o de algún río, pues las enfermedades debían tener para dónde ir luego de salir del cuerpo de los enfermos, para el mar o para el río. Qué afortunadas eran las enfermedades antes, ¿no?

Celestén siempre se sentaba en la misma silla de madera con espaldar de tela de arabescos rojos y verdes cada vez más desteñida por el sol, situada bajo la palmera de la que habían dejado de brotar cocos hacía mucho tiempo, lo que le ofrecía el ambiente perfecto para el disfrute de una exquisita soledad acompañado del sol y ambientada por el golpeteo de las olas. Esa era su situación antes del repentino ataque de amabilidad de una precoz encuestadora.

-“Hola, Soy  Paula, ¿cómo te llamas?”

Solo después de tener la sensación de estar siendo observado por alguien, supo que había sido abordado por alguna entidad distinta de su pensamiento, y que la pregunta que en medio de su lectura había creído escuchar, lo tenía a él como destinatario. De no haber sentido el peso de una mirada sobre sí, hubiera ignorado aquel impertinente llamado que lo había sacado del estado de concentración en que se encontraba, y que le impedía continuar siendo testigo silente del amor contrariado entre Armando, un caballero germano y la linda Marta, doncella de ojos azules.

Al mirar por encima de sus anteojos de lectura a la autora de tan horrenda ignominia se encontró que la misma, no obstante ser sorprendida en flagrancia, no podía ser declarada culpable por tratarse de una menor de edad. Quedaría por ende exenta de purgar una condena bastante merecida. Debido al sopor que le producía el leer en otro idioma, no sabía con seguridad si lo que había pensado respecto a la pena lo había dicho en voz alta o habría sido una sugerencia personal. Lo que hubiese sido, no había sido ignorado por la joven a juzgar por la mueca en que se había transformado su rostro.

Al ver la determinación con que la joven lo miraba supo que no podría escaparse de responder la pregunta y pensó que lo mejor sería responderle con tono ramplón.

       –   Me llamo Celestén… dijo a secas.

Debido al encandilante reflejo del sol a espaldas de su nueva amiga, que le hacía fruncir el ceño, le resultaba imposible ver con claridad su cara. Su nueva amiga no parecía dispuesta aceptar respuestas monosílabas.

  • Celestén qué? Por qué ese nombre tan feo?, No te gustaría cambiártelo?

 La ráfaga de preguntas produjo en él una leve sonrisa que no había planeado; ante tanta insistencia resolvió darse por vencido y entregar las armas antes de empezar a pelear contra la vivaz curiosidad juvenil, siempre dispuesta a ensañarse con su presa hasta el último mordisco. Un poco frustrado y bastante derrotado cerró el libro que había planeado acabar ese día, se despojó de sus gafas de ver y se acomodó en su silla para brindarle a su cándida amiga toda su perturbada atención.

Antes de internarse en la inextricable selva en la que generalmente se torna una conversación con un menor, y viendo ahora con claridad el rostro de su vivaz amiga, tuvo la extraña sensación de estar siendo analizado por una persona distinta a la que tenía en frente, era como si alguien que conocía se hubiera disfrazado de niña para jugarle una extraña broma.

Aunque era una sensación extraña, tal vez por no haberla sentido antes, no era del todo desagradable. La presencia de la párvula le producía una sensación que todavía no se atrevía a llamar pasión. Cayendo en la cuenta de que todavía no había dado respuesta a las preguntas de la joven y con el ceño todavía fruncido esta vez no por el sol, sino para dar la impresión de estar molesto, respondió a su interlocutora con una respuesta:

  • Acaso no son los nombres reflejo de nuestra personalidad?
  • Tu personalidad es un poco rara entonces… disparó la niña.

El mordaz humor de la joven produjo en Celestén una nueva risa, esta vez de camaradería.

La tarde pasó entre risas, le impresionó que para su corta edad y para las trivialidades en que gastaba su tiempo, la niña reflexionara de cosas tan profundas. Mientras su nueva amiga hablaba, él se embelesaba descubriendo en ella movimientos involuntarios de su cara que hacían que le fuera imposible dejar de mirarla.

            -Son las cinco de la tarde. Interrumpió él.

        – Cómo es supiste si no tienes reloj y el más cercano está en el vestíbulo del hotel, repuso ella mirando instintivamente la desnuda muñeca de su mano izquierda.

 Se encogió de hombros y sonrió. No quiso decirle a su joven amiga que lo que le había servido para adivinar la hora era el olor dulzón de los heliotropos amarillos que soltaban su hipnotizante aroma a las cinco en punto, justo antes de la puesta del sol. Ese secreto era para Celestén uno de los tesoros mejor guardados y quería seguir siendo él su único y exclusivo guardián.

 Al darse cuenta la niña que la tarde se había pasado y que su permiso para estar afuera de la habitación ya casi expiraba, como cenicienta antes de las doce, salió volada para donde su madre que con toda seguridad ya debía estar buscándola. Con el ambiente todavía impregnado del olor de los heliotropos, Celestén,  nostálgico por la repentina huida de su amiga, resolvió tomar el libro, sus gafas de leer, su mochila y encaminarse a la habitación.

Para llegar a su habitación debía atravesar prácticamente todo el hotel, la puesta del sol había pintado de naranja todo el panorama, Celestén no sabía a ciencia cierta si era la belleza del astro lo que le causaba alegría, pero durante el camino a su aposento no había dejado de sonreír.

Tirado en la cama se sintió rejuvenecido, se sintió por un momento el hombre más feliz del mundo y lo mejor era que no sabía el porqué, decidió no pensar en la causa por miedo a que una vez descubierta perdiera la satisfacción que le daba lo desconocido. El paroxismo vivido lo llevó a recordar todos lo momentos felices que había vivido, con los ojos cerrados fue poseído por las diferentes sensaciones que le habían producido aquellos buenos momentos. Al volver en sí, pudo percatarse que su trance metafísico estuvo acompañado de un acto bastante primario y extremadamente físico. No podía creer que ese día, luego de mucho tiempo, había vuelto a masturbarse, se le había olvidado la sensación que otrora le producía tanto placer.

La satisfacción que le producía esa felicidad sin causa había sido reemplazada por sentimiento de culpa. No entendía cómo podía pasar del placer a la desdicha en unos minutos; de repente pensó que toda su felicidad, todo el placer que sentía y por supuesto toda la culpa tenían una misma causa: Paula. De repente su mente se había vuelto un campo donde medían fuerza los recuerdos de ella y los esfuerzos por no recordarla, no entendía por que pensaba en ella.

Envejecido por lo menos diez años, se levantó de la cama directo al baño para lavarse con agua caliente esos malos pensamientos que le carcomían por dentro. Encogido en el suelo de la ducha con el chorro de agua salada pegándole en el pecho se quedó dormido. Faltando cinco minutos para las cinco de la mañana, la sensación de ahogo que produce el agua en la cara lo despertó, se levantó con resaca y con el pensamiento bastante nublado, no recordaba con claridad lo que había sucedido la noche anterior.

Una vez se hubo reestablecido se sentó por cinco minutos en la punta de la cama, se levantó, calentó el agua para el tinto, se bañó, se cambió, leyó su periódico y emprendió camino a la silla bajo el cocotero dispuesto a terminar de una vez por todas el libro que estaba leyendo hacía un par de días.

Todavía con el pensamiento nublado y esforzándose por recordar lo que había sucedido la noche anterior, tomó asiento en su fiel silla de madera y tela. Justamente cuando se disponía a reanudar su lectura, sin proponérselo oyó detrás de él una voz tierna que decía:

-“Hola! soy Paula, tú cómo te llamas”…

De repente todo se le hizo claro, recordó todo, y sin pensarlo volteó aparatosamente buscando a la niña, sólo que esta vez la pegunta no le tenía a él como destinatario.