Mes: diciembre 2014

Cuento corto y malo como la vida

Trotando sobre el hirsuto dorso de la tierra tropezóme la mariposa, meteórica de bellos colores, alas gemelas y antenas inquietas

                   Esa corta vida al vuelo se posó ante mí, chequeando y chequeando de un lado al otro

                                               El sumiso y cacofónico sonido del trote ambientaba el amorío entre la mariposa y yo

Ansioso esperaba el momento que cansada cayera en mi mano para recibir mi aliento

                      De alegre y ligero existir hacía gala mi amiga mientras desgastado corría y corría, yo, sobre el dorso de la tierra

                                               Por completo sin aliento me encontré pensando en el pronto abandono

 Al fin… la mariposa en mi mano se posó, y con ojos raros mirándome desfalleció

                       Su último suspiro ante mí dio

                                                                         antes de caer sin vida dejándome desesperanzado y solo

Sus alas gemelas cerradas estaban y con leve musito me dijeron

                                                             que los últimos minutos de la vida de un día de la mariposa, los pasó siguiendo mi paso

 Un desconocido que trotaba sobre el hirsuto dorso de la tierra

Espejo Disonante

[Apostilla: Se recomienda leer oyendo https://www.youtube.com/watch?v=U-pVz2LTakM ]

Hoy cumplo 20 años de casado. Ya sabías, creo que eres el único que lo recuerda, también eres con el único que puedo hablar de ello. Ella sigue igual, trasfigurada, ida, con ganas de morir y con ganas de vivir, pero nunca quieta, constante, pacífica. Esta semana no ha querido hablarme, sólo me escribió una nota pidiéndome que le comprara 3 bufandas, 2 pares de tacones, 4 medias y 5 vestidos. No dijo el color, solo pidió que fueran de los años 20. Espero que tenga relación con nuestro vigésimo aniversario, tal vez lo recuerde.

Yo sigo desgastado, viviendo una vida en la casa y una vida afuera de ella. Una vida no es mejor que la otra; como un péndulo, cada una me ofrece momentos malos y me recompensa con momentos buenos, solo que no de manera simétrica o coordinada, sino caprichosa y antojadiza, como si fuera parte de un experimento. Como si ambas tuvieran voluntad y quisieran experimentar conmigo la cantidad de sufrimiento que puede tolerar un humano sin anestesia antes de morir. Soy la víctima del Dr. Mengele del régimen del tiempo. En este momento estoy siendo torturado por una racha de malos momentos en la vida de afuera y en la de adentro. En algún lugar alguien debe estarse riendo. No yo.

Su estado de ánimo es el termómetro del mío a pesar de que no me habla. Sus días se pasan mirando el espejo de mano que su abuela le regaló cuando era niña. Ayer lo vi sobre su mesa de noche. Del material de plata del que está hecho ya no queda nada, sobre éste se ha posado un tapete poroso de un color verdoso oscuro que le da un aspecto lúgubre. El mango de porcelana otrora color marfil se ha tornado opaco y amarillento, y el espejo ovalado refleja una realidad distorsionada, sus reflejos son desproporcionados y de color ocre con vetas anaranjadas que nublan toda su superficie.

Hoy hace quince años comencé a hablarte. Hace quince años comencé a hablar frente a un espejo atento y solitario como los locos; comencé a decirte lo que siento, pensando que tal vez podrías trasmitir el mensaje a través de la dimensión que hay detrás del reflejo. Tal vez esperando que mi reflejo tomara vida propia y me dijera que se encargaría de hacer llegar mi mensaje a través de sus medios, y yo simplemente beneficiarme de la seguridad y astucia que a mí me falta en este lado del reflejo. Cómo puedo ser sincero sin estropearlo todo. Cuando hay más de un sentimiento involucrado, la sinceridad es un privilegio que no siempre puede permitirse. Cómo podía decirle a mi esposa que cinco años después tenía dudas. Las dudas pueden ser todo o pueden ser nada. ¿Cómo saberlo?

Hace ya quince años, también, que llegué a casa después de trabajar y la encontré tirada en el suelo de la cocina, solo protegida por su bata de dormir manchada de café. Estaba en un estado de trance repitiendo un soliloquio indescifrable con voz baja y trémula, como si estuviera en su propio muro de las lamentaciones. Todo su cuerpo estaba tieso y sus ojos abiertos sin parpadear. Sus brazos, rígidos, en un ángulo de cuarenta y cinco grados, temblaban. En su mano derecha tenía todavía agarrada la vieja cafetera con el poco café que quedaba en la misma, y en el suelo, muy cerca de la izquierda, el espejo de mano que su abuela le había regalado. Todavía lucía elegante y hermoso, con el mango de porcelana color marfil y su estructura de plata labrada que parecía sacado de un cuento de hadas. No parecía encajar en la escena que estaba viendo. Mi esposa expósita y vulnerable, contrastaba con el espejo majestuoso y elegante.

Con quién se puede hablar de momentos como ese, reflexionar sobre los sentimientos que nacían luego de vivir lo que estaba viviendo. Sólo contigo. Hablarlo contigo era hablarlo conmigo. Ya habías oído mis dudas, ahora te sometería a oír todo lo que no podía decirle a nadie más. Me aproveché de tu mudez. Al principio me sentí extraño hablándote; el hecho de ver mi reflejo mientras hablo, sumado al hecho de saber que fuiste el reflejo de mis abuelos, me hizo sentir extraño. Pero qué alternativa tenía. Si no era capaz de hablarle a mi esposa de frente con sinceridad, no podía tampoco hacerlo con nadie más. Yo, a través de ti, sería mi interlocutor. Aun guardo la esperanza de que algún día alguien me conteste.

No quería que nadie me viera hablándole a un espejo en la mitad del corredor de una casa en penumbras a mitad de la noche, y menos ella. Debía esperar a que se quedara dormida para ir  a sentarme frente a ti. En ocasiones amanecía allí, dormido a tus pies en el sofá que fue de mis abuelos y que para ti son casi familia. Ella me veía dormido sin que jamás me hubiera dicho nada. La vi llorar en silencio. Pero ¿cómo podía explicarle la situación? Cómo explicar que me había quedado dormido hablándole a un espejo sobre lo que no era capaz de decirle a ella. Por qué. Por miedo, ¿miedo de qué?

Desde aquél momento todo cambió, y hoy, diez años después, sigue cambiando, pero negativamente, siempre negativamente. En aquél momento pensé que el problema de las dudas podría ser un tema simple, e igual de simple podía ser la solución. ¿Lo recuerdas? Pensé que la simpleza y contundencia del sexo podría arreglarlo. No le expliqué mi plan de tener sexo para asesinar las dudas, sólo fingí espontaneidad. Ella, consciente de todo sin hablarlo, accedió de manera autómata pero gentil. Todo empeoró, en ese momento la espontaneidad ausente activó mi perverso subconsciente que me hizo pensar en mi madre mientras estaba con ella, desdibujando de un tajo el propósito del ejercicio. No podía parar, ¿cómo explicarle a ella lo que me estaba pasando? Preferí continuar callado. Jamás pude volver a tocarla, ni tampoco pude volver a ver a mi madre. Solo pude contártelo a ti, cómo explicar esa situación.

Hablar contigo no mejoraba la situación, pero me permitía aligerar mi peso para poder continuar cargando con la pesadez de mi vida a la deriva. Mientras me hacía más ligero luego de mis sesiones ante el espejo, ella se hacía más pesada casi a punto de sucumbir. Ahora dormía con los ojos abiertos, lo cual además de reemplazar el blanco por el rojo de sus ojos, hacía imposible saber cuándo estaba despierta o cuando estaba dormida. Una noche habló; aunque tenía los ojos abiertos creo que estaba dormida. Dijo, sin esperar respuesta:

  • Las voces me atormentan
  • Las voces me consuelan
  • Las voces son mis amigas

¿Cuáles voces? Pregunté tratando de hablar en el mismo tono que ella lo había hecho, pensando que así podría meterme a través de alguna rendija de su inconsciente. No obtuve respuesta. Verla así me hacía preguntarme si hay algo más allá de esta realidad, tal vez ella estaría viviendo en sus sueños una vida detrás del reflejo de los espejos, una más feliz, sin dudas.

No era capaz de llamar a un médico, ni ella me lo pedía. ¿Cómo explicarle a un tercero lo que pasaba? Ni yo lo sabía. Durante los meses siguientes al fracasado experimento del sexo, comenzó a sufrir los efectos de las fases por las que atraviesan los drogadictos durante el proceso de desintoxicación, con la diferencia de que ella era un drogadicto que no quería recuperarse, que le huía a su sobriedad. Parecía disfrutar la sensación de abstinencia, los delírium trémens, los ahogos, como si se tratara de un acto sagrado de autoflagelación. Desde entonces mi apego a ti se hizo mayor. Cuando nos acostábamos, y sentía que su respiración se hacía más lenta y profunda, que parecía dormir, me levantaba y venía hasta acá, ante ti. Su pupila negra y dilatada a pesar de la oscuridad, arropada por el rojo de su ojo, se volvió mi nuevo mundo. Me sentía corriendo desesperado sobre sus escarpadas venas retinianas color vino tinto.

Años después pensé en matarla. Creo que ella lo habría querido. Sabíamos, mudamente, que era la única forma de despejar las dudas. El pacto sagrado y moral del matrimonio quedaría intacto, ya que sería la muerte la culpable de la separación; pero alguno de los dos, o tal vez ambos, quedaríamos viviendo bajo la sombrilla del pecado mortal, incluso si alguno de los dos por consideración o por la razón que fuese decidía suicidarse. Te lo conté. Expuse varios métodos, con sus pros y sus contras. También analicé cuál sería la mejor forma de que ella me matase a mí sin sentir remordimiento. No me creía capaz de hacerlo yo.

Todavía tenía esperanza. La esperanza, ese sentimiento, estado de ánimo, frustración, no sabría cómo denominarlo, ha sido el culpable de tantas frustraciones. Fuimos criados sobre los hombros de la esperanza, de un mundo mejor, más bello, más considerado, más, más… Esto simplemente nos ha vuelto incapaces de afrontar las cosas. Nuestra relación también fue parida por la esperanza. A pesar de que era perfecta, teníamos la “esperanza” puesta en un futuro mejor. Hoy esa esperanza me hace incapaz de hablar de las dudas, de la situación, de la realidad. Estoy seguro que ella, igual que yo, todavía guarda alguna esperanza de tener un futuro mejor. Maldita esperanza. Del otro lado del reflejo seguro no hay esperanza, hay realidades.

Increíble que hayan pasado quince años desde que empezamos nuestra amistad. El loco en el espejo. Hermosa manera de celebrar mi aniversario. Ya son las 4:06 AM, intentaré dormir.

  • Ya está acostado. Sigo sin dormir; hace diez años que no lo hago. Mis eternos ojos rojos sólo te miran. Te veo demacrado, espejo, igual que yo. No somos lo que éramos. Tu plata, marfil y nitidez se han ido, igual que yo. Sólo tengo su recuerdo, y la esperanza. La esperanza que es toda mi fuerza, lo único que me queda.
  • Cómo me acerco y le explico que lo oigo, que lo entiendo y que lo amo. Cómo le explico que lo veo todas las noches a través de tu reflejo, que  me veo más lejana, más ausente… No lo entendería.

Sweet Child of Mine

No importaba que estuviera en vacaciones; ese día, como todos, Celestén había despertado faltando cinco minutos para las cinco de la mañana. Luego de dedicarle los cinco minutos restantes a desperezarse, se dispuso, muy tieso y muy majo, a iniciar su impajaritable rutina matutina que parecía más una coreografía. El primer acto consistía en calentar el agua para el café que desde que tenia uso de razón tomaba cerrero y sin colar, y que constituía el único legado más o menos palpable de su abuela materna, al acto del agua le seguía la danza del baño, de la ropa, y la de la lectura del periódico… su vida era la coreografía de una vida que soñaba tener.

Como jamás tenía tiempo para nada, sus vacaciones consistían básicamente en viajar a un destino alejado de su realidad y ponerse al día con la lectura de todos los libros que por trabajo había dejado de leer durante todo el año. Con este, ya era el quinto año consecutivo que iba de vacaciones a ese pequeño y tranquilo hotel que le había recomendado un extraño que se había sentado en un asiento contiguo al suyo en un viaje de negocios. El edificio de tipo colonial donde funcionada el pequeño hotelito situado a las afueras de cualquier ciudad de la Costa, y que había sido el hospital general del pueblo durante años, estaba estratégicamente ubicado entre el mar y la desembocadura del río Calmo. La creencia popular era que los hospitales debían estar cerca del mar o de algún río, pues las enfermedades debían tener para dónde ir luego de salir del cuerpo de los enfermos, para el mar o para el río. Qué afortunadas eran las enfermedades antes, ¿no?

Celestén siempre se sentaba en la misma silla de madera con espaldar de tela de arabescos rojos y verdes cada vez más desteñida por el sol, situada bajo la palmera de la que habían dejado de brotar cocos hacía mucho tiempo, lo que le ofrecía el ambiente perfecto para el disfrute de una exquisita soledad acompañado del sol y ambientada por el golpeteo de las olas. Esa era su situación antes del repentino ataque de amabilidad de una precoz encuestadora.

-“Hola, Soy  Paula, ¿cómo te llamas?”

Solo después de tener la sensación de estar siendo observado por alguien, supo que había sido abordado por alguna entidad distinta de su pensamiento, y que la pregunta que en medio de su lectura había creído escuchar, lo tenía a él como destinatario. De no haber sentido el peso de una mirada sobre sí, hubiera ignorado aquel impertinente llamado que lo había sacado del estado de concentración en que se encontraba, y que le impedía continuar siendo testigo silente del amor contrariado entre Armando, un caballero germano y la linda Marta, doncella de ojos azules.

Al mirar por encima de sus anteojos de lectura a la autora de tan horrenda ignominia se encontró que la misma, no obstante ser sorprendida en flagrancia, no podía ser declarada culpable por tratarse de una menor de edad. Quedaría por ende exenta de purgar una condena bastante merecida. Debido al sopor que le producía el leer en otro idioma, no sabía con seguridad si lo que había pensado respecto a la pena lo había dicho en voz alta o habría sido una sugerencia personal. Lo que hubiese sido, no había sido ignorado por la joven a juzgar por la mueca en que se había transformado su rostro.

Al ver la determinación con que la joven lo miraba supo que no podría escaparse de responder la pregunta y pensó que lo mejor sería responderle con tono ramplón.

       –   Me llamo Celestén… dijo a secas.

Debido al encandilante reflejo del sol a espaldas de su nueva amiga, que le hacía fruncir el ceño, le resultaba imposible ver con claridad su cara. Su nueva amiga no parecía dispuesta aceptar respuestas monosílabas.

  • Celestén qué? Por qué ese nombre tan feo?, No te gustaría cambiártelo?

 La ráfaga de preguntas produjo en él una leve sonrisa que no había planeado; ante tanta insistencia resolvió darse por vencido y entregar las armas antes de empezar a pelear contra la vivaz curiosidad juvenil, siempre dispuesta a ensañarse con su presa hasta el último mordisco. Un poco frustrado y bastante derrotado cerró el libro que había planeado acabar ese día, se despojó de sus gafas de ver y se acomodó en su silla para brindarle a su cándida amiga toda su perturbada atención.

Antes de internarse en la inextricable selva en la que generalmente se torna una conversación con un menor, y viendo ahora con claridad el rostro de su vivaz amiga, tuvo la extraña sensación de estar siendo analizado por una persona distinta a la que tenía en frente, era como si alguien que conocía se hubiera disfrazado de niña para jugarle una extraña broma.

Aunque era una sensación extraña, tal vez por no haberla sentido antes, no era del todo desagradable. La presencia de la párvula le producía una sensación que todavía no se atrevía a llamar pasión. Cayendo en la cuenta de que todavía no había dado respuesta a las preguntas de la joven y con el ceño todavía fruncido esta vez no por el sol, sino para dar la impresión de estar molesto, respondió a su interlocutora con una respuesta:

  • Acaso no son los nombres reflejo de nuestra personalidad?
  • Tu personalidad es un poco rara entonces… disparó la niña.

El mordaz humor de la joven produjo en Celestén una nueva risa, esta vez de camaradería.

La tarde pasó entre risas, le impresionó que para su corta edad y para las trivialidades en que gastaba su tiempo, la niña reflexionara de cosas tan profundas. Mientras su nueva amiga hablaba, él se embelesaba descubriendo en ella movimientos involuntarios de su cara que hacían que le fuera imposible dejar de mirarla.

            -Son las cinco de la tarde. Interrumpió él.

        – Cómo es supiste si no tienes reloj y el más cercano está en el vestíbulo del hotel, repuso ella mirando instintivamente la desnuda muñeca de su mano izquierda.

 Se encogió de hombros y sonrió. No quiso decirle a su joven amiga que lo que le había servido para adivinar la hora era el olor dulzón de los heliotropos amarillos que soltaban su hipnotizante aroma a las cinco en punto, justo antes de la puesta del sol. Ese secreto era para Celestén uno de los tesoros mejor guardados y quería seguir siendo él su único y exclusivo guardián.

 Al darse cuenta la niña que la tarde se había pasado y que su permiso para estar afuera de la habitación ya casi expiraba, como cenicienta antes de las doce, salió volada para donde su madre que con toda seguridad ya debía estar buscándola. Con el ambiente todavía impregnado del olor de los heliotropos, Celestén,  nostálgico por la repentina huida de su amiga, resolvió tomar el libro, sus gafas de leer, su mochila y encaminarse a la habitación.

Para llegar a su habitación debía atravesar prácticamente todo el hotel, la puesta del sol había pintado de naranja todo el panorama, Celestén no sabía a ciencia cierta si era la belleza del astro lo que le causaba alegría, pero durante el camino a su aposento no había dejado de sonreír.

Tirado en la cama se sintió rejuvenecido, se sintió por un momento el hombre más feliz del mundo y lo mejor era que no sabía el porqué, decidió no pensar en la causa por miedo a que una vez descubierta perdiera la satisfacción que le daba lo desconocido. El paroxismo vivido lo llevó a recordar todos lo momentos felices que había vivido, con los ojos cerrados fue poseído por las diferentes sensaciones que le habían producido aquellos buenos momentos. Al volver en sí, pudo percatarse que su trance metafísico estuvo acompañado de un acto bastante primario y extremadamente físico. No podía creer que ese día, luego de mucho tiempo, había vuelto a masturbarse, se le había olvidado la sensación que otrora le producía tanto placer.

La satisfacción que le producía esa felicidad sin causa había sido reemplazada por sentimiento de culpa. No entendía cómo podía pasar del placer a la desdicha en unos minutos; de repente pensó que toda su felicidad, todo el placer que sentía y por supuesto toda la culpa tenían una misma causa: Paula. De repente su mente se había vuelto un campo donde medían fuerza los recuerdos de ella y los esfuerzos por no recordarla, no entendía por que pensaba en ella.

Envejecido por lo menos diez años, se levantó de la cama directo al baño para lavarse con agua caliente esos malos pensamientos que le carcomían por dentro. Encogido en el suelo de la ducha con el chorro de agua salada pegándole en el pecho se quedó dormido. Faltando cinco minutos para las cinco de la mañana, la sensación de ahogo que produce el agua en la cara lo despertó, se levantó con resaca y con el pensamiento bastante nublado, no recordaba con claridad lo que había sucedido la noche anterior.

Una vez se hubo reestablecido se sentó por cinco minutos en la punta de la cama, se levantó, calentó el agua para el tinto, se bañó, se cambió, leyó su periódico y emprendió camino a la silla bajo el cocotero dispuesto a terminar de una vez por todas el libro que estaba leyendo hacía un par de días.

Todavía con el pensamiento nublado y esforzándose por recordar lo que había sucedido la noche anterior, tomó asiento en su fiel silla de madera y tela. Justamente cuando se disponía a reanudar su lectura, sin proponérselo oyó detrás de él una voz tierna que decía:

-“Hola! soy Paula, tú cómo te llamas”…

De repente todo se le hizo claro, recordó todo, y sin pensarlo volteó aparatosamente buscando a la niña, sólo que esta vez la pegunta no le tenía a él como destinatario.