Espejo Disonante

[Apostilla: Se recomienda leer oyendo https://www.youtube.com/watch?v=U-pVz2LTakM ]

Hoy cumplo 20 años de casado. Ya sabías, creo que eres el único que lo recuerda, también eres con el único que puedo hablar de ello. Ella sigue igual, trasfigurada, ida, con ganas de morir y con ganas de vivir, pero nunca quieta, constante, pacífica. Esta semana no ha querido hablarme, sólo me escribió una nota pidiéndome que le comprara 3 bufandas, 2 pares de tacones, 4 medias y 5 vestidos. No dijo el color, solo pidió que fueran de los años 20. Espero que tenga relación con nuestro vigésimo aniversario, tal vez lo recuerde.

Yo sigo desgastado, viviendo una vida en la casa y una vida afuera de ella. Una vida no es mejor que la otra; como un péndulo, cada una me ofrece momentos malos y me recompensa con momentos buenos, solo que no de manera simétrica o coordinada, sino caprichosa y antojadiza, como si fuera parte de un experimento. Como si ambas tuvieran voluntad y quisieran experimentar conmigo la cantidad de sufrimiento que puede tolerar un humano sin anestesia antes de morir. Soy la víctima del Dr. Mengele del régimen del tiempo. En este momento estoy siendo torturado por una racha de malos momentos en la vida de afuera y en la de adentro. En algún lugar alguien debe estarse riendo. No yo.

Su estado de ánimo es el termómetro del mío a pesar de que no me habla. Sus días se pasan mirando el espejo de mano que su abuela le regaló cuando era niña. Ayer lo vi sobre su mesa de noche. Del material de plata del que está hecho ya no queda nada, sobre éste se ha posado un tapete poroso de un color verdoso oscuro que le da un aspecto lúgubre. El mango de porcelana otrora color marfil se ha tornado opaco y amarillento, y el espejo ovalado refleja una realidad distorsionada, sus reflejos son desproporcionados y de color ocre con vetas anaranjadas que nublan toda su superficie.

Hoy hace quince años comencé a hablarte. Hace quince años comencé a hablar frente a un espejo atento y solitario como los locos; comencé a decirte lo que siento, pensando que tal vez podrías trasmitir el mensaje a través de la dimensión que hay detrás del reflejo. Tal vez esperando que mi reflejo tomara vida propia y me dijera que se encargaría de hacer llegar mi mensaje a través de sus medios, y yo simplemente beneficiarme de la seguridad y astucia que a mí me falta en este lado del reflejo. Cómo puedo ser sincero sin estropearlo todo. Cuando hay más de un sentimiento involucrado, la sinceridad es un privilegio que no siempre puede permitirse. Cómo podía decirle a mi esposa que cinco años después tenía dudas. Las dudas pueden ser todo o pueden ser nada. ¿Cómo saberlo?

Hace ya quince años, también, que llegué a casa después de trabajar y la encontré tirada en el suelo de la cocina, solo protegida por su bata de dormir manchada de café. Estaba en un estado de trance repitiendo un soliloquio indescifrable con voz baja y trémula, como si estuviera en su propio muro de las lamentaciones. Todo su cuerpo estaba tieso y sus ojos abiertos sin parpadear. Sus brazos, rígidos, en un ángulo de cuarenta y cinco grados, temblaban. En su mano derecha tenía todavía agarrada la vieja cafetera con el poco café que quedaba en la misma, y en el suelo, muy cerca de la izquierda, el espejo de mano que su abuela le había regalado. Todavía lucía elegante y hermoso, con el mango de porcelana color marfil y su estructura de plata labrada que parecía sacado de un cuento de hadas. No parecía encajar en la escena que estaba viendo. Mi esposa expósita y vulnerable, contrastaba con el espejo majestuoso y elegante.

Con quién se puede hablar de momentos como ese, reflexionar sobre los sentimientos que nacían luego de vivir lo que estaba viviendo. Sólo contigo. Hablarlo contigo era hablarlo conmigo. Ya habías oído mis dudas, ahora te sometería a oír todo lo que no podía decirle a nadie más. Me aproveché de tu mudez. Al principio me sentí extraño hablándote; el hecho de ver mi reflejo mientras hablo, sumado al hecho de saber que fuiste el reflejo de mis abuelos, me hizo sentir extraño. Pero qué alternativa tenía. Si no era capaz de hablarle a mi esposa de frente con sinceridad, no podía tampoco hacerlo con nadie más. Yo, a través de ti, sería mi interlocutor. Aun guardo la esperanza de que algún día alguien me conteste.

No quería que nadie me viera hablándole a un espejo en la mitad del corredor de una casa en penumbras a mitad de la noche, y menos ella. Debía esperar a que se quedara dormida para ir  a sentarme frente a ti. En ocasiones amanecía allí, dormido a tus pies en el sofá que fue de mis abuelos y que para ti son casi familia. Ella me veía dormido sin que jamás me hubiera dicho nada. La vi llorar en silencio. Pero ¿cómo podía explicarle la situación? Cómo explicar que me había quedado dormido hablándole a un espejo sobre lo que no era capaz de decirle a ella. Por qué. Por miedo, ¿miedo de qué?

Desde aquél momento todo cambió, y hoy, diez años después, sigue cambiando, pero negativamente, siempre negativamente. En aquél momento pensé que el problema de las dudas podría ser un tema simple, e igual de simple podía ser la solución. ¿Lo recuerdas? Pensé que la simpleza y contundencia del sexo podría arreglarlo. No le expliqué mi plan de tener sexo para asesinar las dudas, sólo fingí espontaneidad. Ella, consciente de todo sin hablarlo, accedió de manera autómata pero gentil. Todo empeoró, en ese momento la espontaneidad ausente activó mi perverso subconsciente que me hizo pensar en mi madre mientras estaba con ella, desdibujando de un tajo el propósito del ejercicio. No podía parar, ¿cómo explicarle a ella lo que me estaba pasando? Preferí continuar callado. Jamás pude volver a tocarla, ni tampoco pude volver a ver a mi madre. Solo pude contártelo a ti, cómo explicar esa situación.

Hablar contigo no mejoraba la situación, pero me permitía aligerar mi peso para poder continuar cargando con la pesadez de mi vida a la deriva. Mientras me hacía más ligero luego de mis sesiones ante el espejo, ella se hacía más pesada casi a punto de sucumbir. Ahora dormía con los ojos abiertos, lo cual además de reemplazar el blanco por el rojo de sus ojos, hacía imposible saber cuándo estaba despierta o cuando estaba dormida. Una noche habló; aunque tenía los ojos abiertos creo que estaba dormida. Dijo, sin esperar respuesta:

  • Las voces me atormentan
  • Las voces me consuelan
  • Las voces son mis amigas

¿Cuáles voces? Pregunté tratando de hablar en el mismo tono que ella lo había hecho, pensando que así podría meterme a través de alguna rendija de su inconsciente. No obtuve respuesta. Verla así me hacía preguntarme si hay algo más allá de esta realidad, tal vez ella estaría viviendo en sus sueños una vida detrás del reflejo de los espejos, una más feliz, sin dudas.

No era capaz de llamar a un médico, ni ella me lo pedía. ¿Cómo explicarle a un tercero lo que pasaba? Ni yo lo sabía. Durante los meses siguientes al fracasado experimento del sexo, comenzó a sufrir los efectos de las fases por las que atraviesan los drogadictos durante el proceso de desintoxicación, con la diferencia de que ella era un drogadicto que no quería recuperarse, que le huía a su sobriedad. Parecía disfrutar la sensación de abstinencia, los delírium trémens, los ahogos, como si se tratara de un acto sagrado de autoflagelación. Desde entonces mi apego a ti se hizo mayor. Cuando nos acostábamos, y sentía que su respiración se hacía más lenta y profunda, que parecía dormir, me levantaba y venía hasta acá, ante ti. Su pupila negra y dilatada a pesar de la oscuridad, arropada por el rojo de su ojo, se volvió mi nuevo mundo. Me sentía corriendo desesperado sobre sus escarpadas venas retinianas color vino tinto.

Años después pensé en matarla. Creo que ella lo habría querido. Sabíamos, mudamente, que era la única forma de despejar las dudas. El pacto sagrado y moral del matrimonio quedaría intacto, ya que sería la muerte la culpable de la separación; pero alguno de los dos, o tal vez ambos, quedaríamos viviendo bajo la sombrilla del pecado mortal, incluso si alguno de los dos por consideración o por la razón que fuese decidía suicidarse. Te lo conté. Expuse varios métodos, con sus pros y sus contras. También analicé cuál sería la mejor forma de que ella me matase a mí sin sentir remordimiento. No me creía capaz de hacerlo yo.

Todavía tenía esperanza. La esperanza, ese sentimiento, estado de ánimo, frustración, no sabría cómo denominarlo, ha sido el culpable de tantas frustraciones. Fuimos criados sobre los hombros de la esperanza, de un mundo mejor, más bello, más considerado, más, más… Esto simplemente nos ha vuelto incapaces de afrontar las cosas. Nuestra relación también fue parida por la esperanza. A pesar de que era perfecta, teníamos la “esperanza” puesta en un futuro mejor. Hoy esa esperanza me hace incapaz de hablar de las dudas, de la situación, de la realidad. Estoy seguro que ella, igual que yo, todavía guarda alguna esperanza de tener un futuro mejor. Maldita esperanza. Del otro lado del reflejo seguro no hay esperanza, hay realidades.

Increíble que hayan pasado quince años desde que empezamos nuestra amistad. El loco en el espejo. Hermosa manera de celebrar mi aniversario. Ya son las 4:06 AM, intentaré dormir.

  • Ya está acostado. Sigo sin dormir; hace diez años que no lo hago. Mis eternos ojos rojos sólo te miran. Te veo demacrado, espejo, igual que yo. No somos lo que éramos. Tu plata, marfil y nitidez se han ido, igual que yo. Sólo tengo su recuerdo, y la esperanza. La esperanza que es toda mi fuerza, lo único que me queda.
  • Cómo me acerco y le explico que lo oigo, que lo entiendo y que lo amo. Cómo le explico que lo veo todas las noches a través de tu reflejo, que  me veo más lejana, más ausente… No lo entendería.

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