De Qué Mueren Los Hombres Sanos

Un poco nostálgico, un poco triste, temeroso; no sabía realmente lo que sentía y tampoco lograba encasillar el sentimiento en alguno de los que hasta ahora conocía.

Eso, un sentimiento inefable era lo que había sentido al llegar al Hospital Municipal de ese pueblo que ya casi había olvidado, ese centro hospitalario donde había jurado jamás volver. Al verlo de frente, parado desde la antigua Tienda del Cachaco que aun se mantenía intacta como una fotografía, lo vio en toda su desolada y colonial extensión.

No podía creer tampoco que hubiera vuelto a la Tienda del Cachaco, donde todas las noches de turno iba a fumarse un cigarrillo y tomarse un “tintico”, un trago de aguardiente servido en un pocillo tintero que le devolvía el alma al cuerpo y le daba fuerzas para poder soportar el parsimonioso paso del tiempo. Hacía un poco menos de 60 años que esos dos sitios, la Tienda y el Hospital, fueron durante su año rural su única casa. Fue precisamente en ese año, cuando había cerrado los libros de medicina para finalmente practicarla, que enfrentó a la mortal epidemia de la pobreza y la corrupción. Ver cómo la gente moría en ese hospital olvidado por no haber siquiera una simple gasa con qué curar una herida. Desde entonces, había decidido no volver a practicar la medicina jamás.

Ahí estaba, frente a su Hospital y su Tienda 60 años después. Estaba seguro que ese rincón de malos recuerdos le aportaría uno más a la colección; pero qué más podía hacer, no estaba allí por gusto. Antes de entrar al Hospital decidió pasar por la Tienda del Cachaco para saludar y zamparse un “tintico”, que seguía cumpliendo su cometido.

Se dirigió directamente a la habitación donde estaba internado el único amigo que le quedaba, y cuya muerte realmente lamentaría con toda sus fuerzas. Cuando se llega a determinada edad, se empieza a ver de cerca la presencia de la muerte encarnada en cada entierro al que se asiste; el dolor que causa ver morir al amigo es transfigurado por puro y físico miedo. Miedo a ser el próximo de la fila.

Cuando llamaron a contarle que habían hospitalizado a Mardoqueo por una mudez repentina supo que la vaina era grave. Conociendo como conocía a su amigo, sabía que cuando éste callaba era para no gritar; lo había visto callado muy pocas veces y en muy lamentables situaciones. Ni siquiera cuando dormía se callaba, las peroratas que armaba dormido lo habían obligado a vivir solo, hasta el día de su matrimonio con Tranquilina, una linda morena banqueña de movimientos cadenciosos que sufría del mismo mal de hablar dormida.

Tranquilina, la esposa de Mardoqueo, al ver cómo su marido había dejado de hablar de un momento a otro, no dudó un segundo en llevarlo de urgencia al Hospital. Efectivamente, tal como lo sospechaba, el silencio en Mardoqueo era prueba fehaciente de que estaba muriendo. Tranquilina decidió llamar a los únicos dos amigos que le conocía a su marido luego de setenta y pico años de matrimonio. El médico que nunca ejerció, Pascual Ovalle, y el único arquitecto del pueblo, Gonzalo Heredia, quien de hecho jamás se había graduado como tal. Únicamente había hecho cuatro semestres de arquitectura en la Universidad Pública de Barranquilla.

Eran las cuatro de la tarde. La brisa fresca que bajaba de la Sierra no era suficiente para vencer el calor pegachento del sol de agosto, que hacía sudar a chorros. Pascual Ovalle, el médico que nunca ejerció, había llegado de último al hospital; ya estaban en la habitación marcada con el número uno, su amigo de infancia Gonzalo Heredia, Tranquilina y el mustio Mardoqueo. La pequeña habitación número uno, era la única en todo el hospital que tenía aire acondicionado. El cuartico estrecho estaba pintado de color verde pastel de la mitad para arriba, y de color gris de la mitad para abajo. Tenía una camilla reclinable, escoltada por el tubo que servía para sostener la bolsa de suero, un sofá de cuerina beige al lado derecho, un televisor al que solo le entraba un canal y el aire acondicionado que tronaba como un avión, lo cual obligaba a poner el televisor a todo volumen como estrategia para neutralizar el insoportable sonido del aire. Lo único con aspecto mas o menos moderno de aquel estrecho recinto, era la imagen hecha en yeso de la Virgen de la Milagrosa, que se erigía sobre el cabecero de la enclenque camilla.

Los recién llegados encontraron a Mardoqueo dormido de una manera tan profunda que ninguno pudo evitar visualizarse yaciendo en su respectivo lecho mortal de la misma manera. No quisieron despertarlo, y por el contrario aprovecharon el tiempo para que Tranquilina les echara el cuento de la tragedia.

Ella, con la misma pasividad con la que había oído a su marido los últimos 71 años de su vida, les dijo que a “Maqueco”, como cariñosamente le decía a su esposo, se le habían acabado las palabras. En ese momento les confesó sin una lágrima en sus ojos, que esa mudez no era sino el preludio de una muerte silenciosa. Los dos amigos al ver el ecuánime temperamento de la mujer que tenían en frente, ni siquiera se molestaron en refutar nada. Cuando llegué al hospital -continuó la esposa-, le hicieron todos los exámenes habidos y por haber. Un joven médico que esa tarde se encontraba de turno me dijo que Mardoqueo tenía cáncer, pero que ni siquiera me tomara la molestia de preocuparme, porque el cáncer de mi esposo ya había hecho metástasis y había invadido todo el cuerpo. Y así, sin más, el joven médico se retiró de la habitación luego de soltarme semejante bomba, con la tranquilidad que se siente luego de una explosión ensordecedora. El jovencito de bata blanca siguió su camino como un estafeta de la muerte.

Lo que no se lograba explicar Tranquilina, y así se lo expresó al joven médico, era por qué si su esposo tenía metástasis, jamás se quejó nunca de molestia alguna, y solo tres semanas atrás se le había manifestado a través de una repentina pérdida del habla. La respuesta del párvulo galeno fue directa y sin emoción de ningún tipo, “lo que pasa, señora, es que la metástasis de su marido, por alguna razón, no ha llegado al corazón; su marido, a pesar de su edad, tiene un corazón fuerte y vigoroso, como el de un adolescente. Mejor dicho, siguió el médico, es como si se estuviera muriendo estando en perfecto estado de salud. Su mudez, por otro lado, se debe a que el cáncer al parecer había comenzado en las cuerdas vocales, de las cuales ya nada queda, se han consumido.”

  • “Para lo único que le sirvió a Mardoqueo llevar una vida de ejercicio y comida sana, era para pelear con la muerte una batalla ya perdida”, sentenció Tranquilina.
  • “Cómo se muere la gente estando sana” dijo mirando para arriba tratando de buscar una respuesta mientras miraba a la réplica de la Virgen de la Milagrosa que le devolvía la mirada desde su pequeño altar.

En ese momento, Pascual Ovalle, el médico que nunca ejerció, se levantó del sofá de cuerina beige que estaba al costado derecho de la habitación. Se dirigió al lecho donde reposaba su amigo, encontrándose con una osamenta forrada en piel. Lentamente tomó la mano de su amigo moribundo apretándola fuertemente contra su boca. En ese instante, de manera lenta Mardoqueo abrió sus ojos, como si peleara contra alguna voluntad para salir de algún sueño en el que se encontraba sumergido. Al despertar, la realidad que lo había sorprendido le parecía su peor pesadilla.

Cuando tuvo conciencia de la persona que tenía cara a cara, no lo podía creer; apretó fuertemente la mano de su amigo que lo visitaba, y empujado por todo su ímpetu levantó medio cuerpo para abrazarlo con la escasa fuerza que le quedaba.

Volver a ver a su amigo, y en el estado en que lo encontraba, le trajo a Pascual, el médico que nunca ejerció, toda clase de recuerdos y de sentimientos. Caviló en lo que debía estar sintiendo su compañero al no poder hablarle, en lo que le estaría diciendo y en lo que estaría callando. Lo mismo pensó Mardoqueo, se imaginaba todas las cosas que Pascual le habría querido decir y no lo hacía para evitarle la molestia que le causaba el no poder contestarle. Agarrados de las manos permanecieron mucho tiempo. Por primera vez Tranquilina lloraba.

Ambos amigos tenían ganas de decirse tantas cosas, confesarse mutuamente, revelarse tantos secretos, hablar, hablar por horas y escucharse por última vez. Hacía mucho tiempo se habían alejado el uno del otro por alguna razón pendeja que ese día decidieron no recordar. Ese día se perdonaron, se abrazaron, se besaron, fueron los mismos amigos de siempre. Al tomarse de las manos y permanecer con la mirada puesta en los ojos del pasado, ambos se dieron cuenta de lo viejos que estaban, sus miradas eran frías y secas, como si se estuvieran mirando directo al alma desnuda. Sus miradas parecían trascender el mundo carnal, ya sus ojos no tenían el mismo color que ellos recordaban de cada cual, eran dos viejos amigos acabándose de conocer. Pensaron en las cosas que quisieron decirse y ya nunca se dirían.

En aquella habitación se libraba una terrible batalla entre el querer y el poder, ambos querían decirse todo aquello que habían guardado y que ese día, ni nunca más, podrían hacerlo. Los sentimientos deben brotar a la vida a través de la magia de las palabras en el mismo instante en que se sienten, porque de lo contrario, pasado aquel momento, nacen muertos. Siempre quisieron decirse lo que había significado el uno para el otro, pero en ese instante sólo hablaron las miradas y los recuerdos. A través de aquellas miradas conversaron, se agradecieron, se rieron y también lloraron. Tantas cosas quisieron decirse y nunca lo hicieron pensando que el futuro les concedería un mejor momento para hacerlo.

El paroxismo del momento fue interrumpido por una deliberada tos de Gonzalo de Heredia, el arquitecto del pueblo, quien no aguantó el peso del ambiente. La pesadez del momento era sobrecargada aun más por el estridente sonido del televisor que en ese momento el arquitecto decidió apagar. Nunca, en todos los años de amistad con Mardoqueo, Gonzalo le había fallado, siempre lo quiso como si fuera una parte de él, inclusive en ocasiones parecía quererlo más a él que a sí mismo. Aunque el amor fraternal que sentía Gonzalo, el arquitecto, era correspondido por su moribundo amigo, no había entre ellos la mística que existía entre Pascual, el médico que nunca ejerció, y Mardoqueo. Gonzalo quería y apreciaba enormemente a Pascual, pero no se resignaba a aceptar que Mardoqueo lo quisiera menos, ni antes, ni ahora, ni nunca.

Al ver a sus dos viejos amigos abrazados, Gonzalo:

  • Recordó.
  • Recordó su época de colegio.
  • Recordó cuánta rabia sentía al ver a Pascual y Mardoqueo gozar de una amistad tan profunda.
  • Recordó aquella época en la que movido por una extraña fuerza más fuerte que él, decidió sembrar la fértil semilla de la duda entre los alumnos del Liceo sobre la “extraña” relación que mantenían Pascual y Mardoqueo. El chisme llegó a tal punto que unos días después del nacimiento del falaz rumor, un amigo de su curso le dijo a Gonzalo: “ya supiste, tus dos amigotes son unas mariconas”.
  • En ese momento fue poseído por una rabia que nunca antes, ni después, sentiría y solo pudo responder la ignominia de su amigo con un puño en la nariz, que le costó varios días de suspensión. Después de esa ocasión, a punta de trompadas se encargó personalmente de que nadie jamás volviera siquiera a insinuar nada sobre la relación que mantenían sus amigos Pascual y Mardoqueo.

Mientras Gonzalo divagaba en sus recuerdos, Mardoqueo y Pascual seguían agarrados de las manos fuertemente.

Como si ambos se hubieran consumido mutuamente todas las energías de vida que les quedaban, Pascual, el médico que nunca ejerció, no aguantó más y cayó desgonzado sobre el pecho de su convaleciente amigo. Allí, sobre el pecho de la muerte, supo que moriría. No podía levantar su cabeza, ni su cuerpo le respondía por más que tratara de hacerlo reaccionar. La mirada se nubló y sintió un dolor punzante en su tórax, fue lo último que sintió en su vida.

Al ver a su amigo caer en su pecho despojado de su alma, el atlético corazón de Mardoqueo, acostumbrado a sobrellevar exitosamente las dolencias físicas, sucumbió ante las dolencias del alma, y sin más dejó de latir. No tuvo tiempo de sufrir, de llorar, de decir adiós ni gracias, solo murió. No quería dejar ir nuevamente a su amigo.

Gonzalo Heredia, el arquitecto del pueblo, se había convertido en el único amigo de Mardoqueo que quedaba vivo. El Arquitecto estaba visiblemente perturbado por las súbitas y patéticas muertes de Mardoqueo y Pascual; no podía creer que le hubieran hecho eso una vez más. Esa dramática forma que sus amigos siempre habían tenido para expresar su amor le produjo arcadas. Sintió la misma rabia que había sentido en aquella ocasión cuando golpeó a un compañero del colegio para salvar el honor de sus amigos Mardoqueo y Pascual. Sólo pudo levantarse del sofá y salir del cuarto que había servido de escenario al mortal acto de teatro, cerrando tras de sí violentamente la puerta de la habitación que resonó en el corredor varias veces con un eco interminable.

Era el final de la tarde y estaba oscureciendo, las ventanas del corredor que daban a la plaza del pueblo proyectaban cómo la última luz del día era arropada por la voraz noche. Gonzalo, caminando por el pasillo, no podía creer lo que había pasado.

Inconsolable, Tranquilina salió corriendo tras Gonzalo como una viuda, dos veces viuda, y le gritó buscando una respuesta: “Por qué, por qué carajo se mueren los hombres sanos”.

Cuando oyó lo que Tranquilina le reprochaba, se volteó, con la cara transfigurada de la rabia, le contestó: “Se mueren de impotencia, por maricas”.

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