Autor: Caimancienaguero

El tren, un sueño samario

En la segunda mitad del sigo XIX, las ciudades puerto de la Costa Atlántica: Cartagena, Santa Marta y un poco mas tarde Barranquilla, iniciaron una carrera decidida por alcanzar la rápida corriente del Río Magdalena, sobre la cual cabalgaba la esperanza de estas ciudades de posicionarse como el principal centro de negocios de Colombia, Estados Unidos de Colombia a la postre. Ante la ausencia de carreteras, el asfalto líquido del Río Magdalena ofrecía las condiciones propicias para transportar por vía fluvial los insumos necesarios para apalancar el crecimiento de las ciudades del centro del país, los cuales eran importados a través de los puertos del Caribe.

Los habitantes de dichas ciudades veían pender la competitividad de sus urbes en efervescencia, en la concreción del romance entre el Mar Caribe y el Río Magdalena. Mientras Cartagena buscaba esta unión mediante un camino por Malambo y tiempo después por el Canal del Dique, Santa Marta serpenteaba la Ciénaga Grande y los caños de Salamanca a través de transporte por barcazas y canoas.

Para entonces, el mundo veía en el transporte ferroviario la alternativa más rápida eficiente y segura para la interconexión de dos puntos separados por la distancia. En la carrera de las ciudades puerto de la Costa Atlántica para alcanzar el Río Magdalena, la ventaja la tomó Barranquilla iniciando en el año 1869 la construcción de una conexión ferroviaria entre Barranquilla y Puerto Colombia.

El antecedente anterior exacerbó los ánimos de un grupo de comerciantes samarios asentados en Bogotá, autodenominados “Sociedad Patriótica del Magdalena”, quienes en el año 1872 emprendieron la empresa de conectar la ciudad de Santa Marta con el Río Magdalena a través de una nueva línea ferroviaria. Los esfuerzos coordinados de los samarios lograron motivar al Congreso de los Estados Unidos de Colombia para que en el año 1876 expidiera una ley que garantizaba recursos por cinco años para la construcción del Ferrocarril de Santa Marta.

El reto apenas comenzaba y Santa Marta estaba decidida a servir de celestina a los amores contrariados entre el Mar y el Río.

A pesar del ímpetu con el que se emprendió la empresa de asegurar la unión entre el Mar Caribe y el Río Magdalena vía la ciudad de Santa Marta, el objetivo solo fue conseguido más de 50 años mas tarde, luego de superar importantes adversidades que llevaron a múltiples cambios de propiedad de las empresas a cargo de la construcción y operación del ferrocarril en el departamento del Magdalena. Tarde se logró el objetivo, por supuesto. Para entonces, Santa Marta había perdido la posibilidad de conservar su posición como el puerto más importante de la Costa Atlántica, y las ciudades puerto de Cartagena y Barranquilla le habían tomado ventaja en términos de posicionamiento y competitividad.

Pese al tiempo que llevó concretar la conexión definitiva con el Río Magdalena, el tramo de línea férrea contribuyó a la consolidación de la industria bananera, la cual transportaba por vía ferroviaria la fruta desde las plantaciones de banano que se extendían en la llanura de la Zona Bananera hasta lo que es hoy el Puerto de Santa Marta. El transporte ferroviario contribuyó al crecimiento de la región y a la generación de empleo. Para hacernos una idea, en 1921 se transportaron por los tramos disponibles 6.188.782 racimos de banano, 357.404 pasajeros y 53.892 toneladas de otros productos. La empresa encargada del transporte ferroviario (la Santa Marta Railway Company) empleó a 998 trabajadores.

Consecuente con el deseo de proyectar a Colombia como un país de avanzada, durante la primera mitad del siglo XX el Estado colombiano continuó destinando importantes recursos para la construcción de ferrocarriles a lo largo de su geografía; de hecho, gran parte de los recursos recibidos por Colombia por la indemnización pagada por los Estados Unidos de América por Panamá (65%), fueron destinados para la construcción de infraestructura ferroviaria. Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XX se malograron todos los esfuerzos que por más de un siglo se hicieron para que el país contara con un eficiente y adecuado transporte ferroviario.

El sueño samario de aquel grupo de emprendedores que a finales del siglo XIX soñaron con asegurar el amorío entre el Mar Caribe y el Río Magdelena a través de un lazo ferroviario se había frustrado poco después de haberse consumado.

La decadencia del transporte ferroviario en Colombia fue paralela con la decadencia del transporte fluvial por el Río Magdalena. La inmensa y constante autopista fluvial sobre la cual se había apoyado el desarrollo de nuestro país había quedado inutilizada, al igual que el otrora novedoso ferrocarril que se había proyectado como símbolo de progreso y modernidad. El enfoque estatal en la construcción de carreteras como nuevo medio de transporte mandó a la banca hasta nueva orden al transporte fluvial y ferroviario. Las ciudades puerto no se enfocaban ya en contar con ferrovías que las conectaran con el Río y de éste a las ciudades del centro del país, sino en la construcción de rígidos pavimentos y dovelas que soportaran el trajín de los camiones que se dirigían directo a los distintos centros de acopio. Tristemente el país le había apostado al unimodalismo.

Hoy, casi dos siglos después, los samarios seguimos soñando con el romance aquel entre el Mar Caribe y el Río Magdalena, y ha nacido una iniciativa que le debe su contundencia a la simpleza de la misma: reactivar el transporte ferroviario.

El anhelo de la reactivación del transporte ferroviario se une a la iniciativa de devolver al Río Magdalena su navegabilidad; sin embargo, a diferencia de la segunda, para el cual el Gobierno ha apropiado recursos por más de 2 billones de pesos, para la reactivación del transporte ferroviario el esfuerzo ha provenido del sector privado quien ve en la multimodalidad la clave esencial de la competitividad del país.

Esta nueva fase por la búsqueda de interconexión ferroviario se presenta como un reto importante; mucho más importante incluso que el reto que se trazaron y lograron aquellos soñadores samarios siglo y medio atrás. Esta vez el reto no se agota con el encuentro con el esquivo Río Magdalena; esta vez, el sueño de los samarios y del resto de colombianos que creemos en la multimodalidad del transporte es llevar el encanto del Mar Caribe a todo nuestro país ávido de progreso, paz y equidad.

Café Revelado

Resulta apenas creíble que uno pueda experimentar revelaciones místicas a través de una taza de café.  Aclaro, no me refiero al tipo de revelaciones que los comerciales de marcas de café instantáneo sugieren, los cuales invitan a sus espectadores a sumergirse en un universo de sensaciones más terrenales y carnales que metafísicas. Al tipo de revelaciones a las que hago referencia son más simples, pero más reales. Como explicaré a continuación, y tal como me sucedió a mí, una simple taza de café puede revelar cosas tan impredecibles, como el motivo de esa amargura siempre presente en nuestra personalidad.

El café de la mañana se ha vuelto, tal vez gracias a esos comerciales sugestivos de las marcas de café instantáneo que se han logrado incrustar en nuestra psique, un mal necesario para poder iniciar la jornada diaria en condiciones de mediana consciencia. Igual que sucede con el gusto por el arte, y en general con el gusto por cualquier cosa, cada persona le gusta tomarse el café de distinta forma; hay personas que prefieren el café negro, otros aguado, otros con leche, otros con ron, y otros descafeinados. Lo cierto es que el café bueno es el que a uno le guste. Punto. Así sea instantáneo.

Es tal el gusto que uno logra desarrollar por el café que a uno le gusta, que cualquier otro que sepa distinto, por bueno que sea, no resulta tan bueno. No debe darnos pena decir que el Sello Rojo de la casa sabe mejor que el de Starbucks, frescos… saque ese atorado y sea feliz. No nos dejemos persuadir por esos individuos “cool” que quieren estar de manera permanente tratando de decirle a uno que el café debe tomarse de esta o de aquella otra manera. Cada quien disfruta su café como quiera.

A mí por ejemplo me gusta el café que se prepara en mi casa. Me sabe bien, me sabe rico, me gusta el aroma, el sabor, me dan ganas de repetir, es rico, sabroso, me provee felicidad. Debo confesar que con el tiempo he ido desarrollando una especie de gusto por el café que se prepara en mi trabajo. Es aguado, ligero, desabrido, multicolor, de aroma escaso, lo preparan en una máquina que le deja un extraño sabor al papel que le sirve de filtro … en fin. Reúne todas las características para ser un café despreciable, pero debo confesar que tiene su gracia. Igual que la gordita buena gente y bailadora del curso. Tiene su gracia. Esos dos son los cafés que, además de energías, me dan algún grado de felicidad en las mañanas.

Quiero volver al tema de las revelaciones que pueden surgir del café. Como decía, no me refiero a ese tipo de revelaciones como las que experimentan las clarividentes que tienen la facultad de leer el futuro a través de los residuos que quedan en el fondo de una taza de café sin colar. La revelación que yo experimenté fue la explicación del motivo de mi amargura. Esta mañana, de sábado, tuve que asistir –en contra de mi voluntad por supuesto- a una reunión con personas que realmente no tenían nada más que hacer, sino amargarme la vida. En razón a ello, tuve que salir de mi casa sin tomarme siquiera un sorbo de ese café hogareño que tanta felicidad mi provee. Por alguna razón no podía dejar de pensar en que no pude tomarme mi acostumbrada taza de café. Esta idea –en principio tonta y pretenciosa- no dejaba de dar vueltas en mi cabeza. Mientras bajaba en el ascensor pensaba en el café, mientras manejaba pensaba en el café, mientras paqueaba, mientras llegaba a la reunión, y mientras le veía la cara a esos personajes también… el caso es que experimenté un breve episodio de esquizofrenia. Es probable que los mensajes subliminales de los comerciales de café instantáneo estuvieran surtiendo su efecto.

Ya en la reunión, deambulaba en esos caminos mentales que en ocasiones conducen a calles sin salida, cuando noté que venía una señora muy bien vestida y llevando con cadencioso garbo una bandeja repleta de pocillos con café. Si bien es cierto no cualquier café me genera la misma sensación de satisfacción que me genera el de mi casa, el delirum tremens en el que me encontraba me hizo elucubrar el siguiente raciocinio en apariencia irrefutable: si había sido yo capaz de desarrollar una especie de gusto por el café que preparan en mi trabajo, era posible encontrar alguna propiedad positiva en cualquier café que se me atravesase. Ante la imposibilidad de encontrar algún argumento que le hiciera contrapeso a la anterior resolución, me dispuse a pegarle el primer sorbo al café que de muy buena gana me había servido la señora. Valga la pena añadir que el aroma y aspecto del café que tenía ante mis ojos sugería que el mismo era mejor que el café de mi trabajo.

Alto, me dije. Un momento. Por qué razón tenía que resignarme yo a tomarme un café distinto a aquel que yo quería saborear; ese que, de manera impajaritable, me habría de suministrar la dosis exacta de felicidad que mi cuerpo, mi mente y mi gana quería. Era cierto que el café que tenía en mis narices no era despreciable, pero no era el mío. No era el que me gusta, el de todas las mañanas, el que me satisface, el que me dan ganas de repetir, el que yo considero “bueno”, muy a pesar de la opinión de mis amigos conocedores de café.

Ya había cedido mucho yo el día de hoy con ir a verle la cara un sábado a quien no quería vérsela, como para ir a ceder ahora en relación con el café que quería tomarme. No quería sentir la sensación de felicidad que puede proveerme un café extraño servido por una dulce señora cuyos pensamientos desconozco, y quien seguramente –como yo- tampoco quería estar allí hoy sábado. Lo que yo quería era suministrarme esa perfecta dosis de felicidad atrapada en los contornos de los pocillos de mi casa, cuyas paredes son inundadas por el café –también- de mi casa, y cuyas profundidades me son familiares. Esas profundidades que ya he navegado y que me dan una sensación de libertad y felicidad infinita, que aveces me invitan a ahogarme en ellas.

La revelación estaba allí. El motivo de mi amargura, que ya había tomado contornos de demencia, era mi escasa disposición a ceder en lo fundamental, en lo que me provee felicidad. Es entonces –pensé- la ausencia de felicidad, o la dificultad para conseguirla, lo que da vida a la amargura, no es amargura per sé la que me acompaña, como mi madre decía, es amargura con razón. No era yo un rebelde sin causa, era la falta de causa lo que me volvía rebelde. Que grande agitación. Tremenda revelación y yo con el café ajeno en la mano. Parecía un episodio de un comercial de café instantáneo… pero no lo era. Era una revelación y era real.

La apoteosis de haber descubierto el motivo de la permanente compañía de mi amargura me generó satisfacción, una felicidad que fue ocupando de manera vertiginosa todos los espacios que antes ocupaba esa amargura con causa, la cual había sido desencadenada esta mañana por el hecho de no haber podido tomarme el café de mi casa. Mi cuerpo, mi mente y mi voluntad eran gobernadas ya por una felicidad inefable que me tenía al borde de la euforia. Era una felicidad superior a la felicidad que sentía todas las mañana luego de que todas las células de mi cuerpo recibían esa dosis exacta de cafeína que el café de mi casa me sabe prodigar.

Con esa felicidad que no me cabía en la ropa, y seguía yo allí, inmóvil en la misma reunión con la misma gente que no quería ver ni escuchar… y no hacía nada. Con una disposición similar que a la que genera la adrenalina, me disponía yo a abandonar el recinto con la única intención de continuar siendo feliz luego de mi revelación, cuando al pararme de la silla caí en la cuenta de que el pocillo que tenía en mi mano, que antes rebosaba de café, de ese café extraño, ya no albergaba líquido alguno.

Durante mis divagaciones me había tomado el café sin siquiera notarlo.

Había sido la cafeína de ese café ajeno, y no la del café de mi casa, la que me había generado esa sensación de éxtasis que se había apoderado de mí, no la falsa creencia de haber encontrado la verdad revelada. Allí supe que esa revelación, esa creencia de haber encontrado el camino hacia la felicidad era falsa, se trataba del mero efecto de la cafeína.

Estaba devastado. De no haber tenido tanta felicidad en el cuerpo, habría sucumbido con seguridad absoluta. Solo pude acomodarme en la silla, y quedar inmóvil el resto de la reunión, esperando que me abandonara poco a poco el efecto de la cafeína, y con él, el sentimiento de felicidad que había invadido mi existencia por poquísimos minutos.

P.D. Antes de partir del lugar quise indagar por la marca de café que me había tomado, tal vez pensando en que pudiera serme útil en el futuro ante un probable síndrome de abstinencia similar al que había experimentando hoy. Me acerqué lenta y disimuladamente hacia la señora que me había servido el café buscando saciar esa duda agria, de la misma manera como se acercan los gatos callejeros a los desprevenidos transeúntes que se aventuran a acariciarlos. La señora, consciente del efecto que su café había tenido en mí, me esperaba en su lugar con la sonrisa del deber cumplido. Intenté sin éxito iniciar la pregunta del millón en varias ocasiones. Segundos después, decidí dar vuelta y emprender mi camino.

No pude al final preguntarle a la señora qué tipo de café me había servido. En el fondo no quería enterarme que el café que me había tomado, y que me había guiado con exquisito éxito hacia revelaciones extraordinarias, se trataba de un café instantáneo… como el de los comerciales.

Escribo esto con la misma intención con la que se cuentan los malos sueños, para que nunca jamás ocurran… o vuelva a ocurrir en mi caso.

La Curiosidad de la Hormiga

El hecho de ser una hormiga no debe impedirme escribir lo que siento, lo que pienso.

Si antes me sentía minúscula en un mundo de gigantes, ahora me siento realmente pequeña, fugaz, casi inexistente… pero feliz.

Las hormigas somos muchas cosas a la vez. Somos buenas compañeras, comprometidas y  trabajadoras sin importar el género. En este mundo cuasi subterráneo no tenemos las prevenciones del mundo de la superficie, del mundo superficial. También somos familiares, valoramos el trabajo en grupo y nos sentimos cómodas con las reglas que hemos, o que nos han sido implantadas genéticamente (es raro utilizar el verbo im-plantar cuando eres una hormiga. Disculpen, es un chiste interno).

Como les decía, las hormigas somos muchas cosas. No somos de todo, por supuesto; también NO somos muchas otras cosas más. Yo pertenezco a una especie de hormiga considerada por los especialistas en catalogar, como de estructura permanente. Para ponerlo en lenguaje superficial (otro chiste interno), no soy del tipo de especie de hormigas consideradas nómadas. Nosotras, una vez encontramos un espacio acorde con nuestras necesidades, establecemos allí nuestra colonia, nuestro hormiguero. Vale anotar que a pesar de pasar gran parte del tiempo en la superficie, realmente vivimos debajo de ella; no podríamos catalogarnos como superficiales, por lo menos no todo el tiempo (…).

Esta predisposición genética que acompaña a las hormigas de mi género, nos hace NO ser, entre otras cosas, curiosas. Curiosas por saber qué hay más allá de nuestras antenas. Cuando salimos de nuestro hormiguero, lo hacemos con un fin específico. Salimos para buscar comida, para buscar herramientas con las cuales podamos mejorar las condiciones de nuestras no superficiales vidas, o bien cuando necesitamos defendernos de alguna amenaza. No nos dejamos matar por la simple curiosidad, que alguna vez mató a un gato; es algo que sencillamente no está en nuestro áspero ADN. Sin ella, sin la curiosidad, hemos vivido y sin ella moriremos. Al fin y al cabo no la necesitamos para ser felices. Acá en la colonia tenemos todo lo que podríamos llegar a querer. Y algo que no queremos, es ser curiosos. Al menos eso creía yo.

Saber que hemos nacido, viviremos y habremos de morir en un mismo lugar nos vuelve en ocasiones un poco soberbias. Esa soberbia se explica por el hecho de saberlo todo. O creer saberlo todo. Me explico… hormigas como yo sabemos de dónde vinimos, dónde estamos y también sabemos para dónde vamos; así sepamos de antemano que no vamos para lado alguno… físicamente por lo menos. Conocemos los límites de nuestra colonia, las familias que la habitan, conocemos las reglas que la gobiernan, sabemos cuándo nos establecimos en este preciso lugar, y también podemos llegar a saber hasta cuándo estaremos acá. El conocimiento está al alcance de nuestras antenas.

Antes de tomar la decisión sobre qué tipo de hormiga queremos ser, nos enseñan los diferentes tipos de oficios disponibles en la colonia. Nos enseñan la mística de las hormigas trabajadoras, la pasión y compromiso de las guerreras, la paciencia de las hormigas reinas, entre otros más oficios disponibles. En el proceso de explorar el menú de opciones de vida que se nos ofrece, nos hacen visualizarnos realizando cada uno de ellos, todos muy importantes y sin los cuales nuestra colonia no permanecería en pie. Aunque estemos debajo de la tierra.

A pesar de existir diferentes “alternativas” de vida disponibles para una hormiga, sabemos de antemano cuál será el fin de la historia, independientemente de nuestra elección. La historia se repite una y otra vez, de generación en generación. Esa certeza de saber de antemano el final de la historia, de toparse de frente con la luz al final del túnel, nos vuelve soberbias. El hecho de saber que sabemos todo, incluso nuestro futuro, nos llena todos los espacios de nuestro endeble cuerpo de soberbia.

Luego de haber deducido esto que les acabo de escribir, concluí que la humildad no existe, lo que existe es la ausencia de soberbia. Cuando sabemos que no lo sabemos todo, nos volvemos humildes; la humildad no es un sentimiento natural, es impuesto por el hecho de tomar consciencia de que otros saben lo que yo desconozco, de que existen cosas que superan mi limitado conocimiento. Cuando esto ocurre, la soberbia, tan natural de nosotros las hormigas, es asfixiada por la humildad.

Ese raciocinio, real o no para ustedes los humanos, pero bastante real para una hormiga como yo, me hizo considerar la curiosidad como un medio para huir de las garras de la soberbia. La curiosidad será el medio mediante el cual lograré tener la certeza de no saber nada, me dije; al ser consciente de mi ignorancia, la soberbia me abandonará, y habré entonces abonado el terreno para que la humildad me posea. Esa búsqueda de la humildad se tornó desde entonces en mi profesión, en mi fin, en mi razón de existir.

Sabía que la curiosidad era el medio para conseguirla. Pero cómo despertar una curiosidad tan ajena a las hormigas, y por ende a mí. Ser una hormiga trabajadora, guerrera, reproductora o de cualquier otro tipo demanda sacrificio, tiempo y compromiso. Por qué no habría de requerir sacrificio, tiempo y compromiso llegar a ser una hormiga humilde. La decisión estaba tomada. Me volvería una hormiga curiosa en busca de una humildad que me era extraña.

Tomar consciencia de la decisión que había tomado, me hizo sentir como Bilbo Bolsón, cuando resolvió emprender su aventura en búsqueda del tesoro robado por Smaug, el dragón. O como El Principito cuando decidió abandonar su pequeño planeta para visitar otros, aprovechando la migración de una bandada de pájaros silvestres. Estarán preguntándose como una hormiga como yo, que vive en un mundo cuasi subterráneo, conoce las historias de Bilbo Bolsón y El Principito, tan propias del mundo de la superficie, del mundo superficial. Pues sepan que acá abajo se escucha todo lo que se habla allá arriba, así que sólo me bastó agudizar mis antenas para escuchar la voz de un pequeño humano que solía recostarse sobre el árbol de los tallos grandes todas las tardes, mientras leía todo tipos de libros que relataban historias de humanos.

La curiosidad me llevó a salir de la colonia, la que conocía y en la que vivía. Contarles por escrito mi experiencia en la superficie, implicaría volverme una hormiga escritora, y esa no es una alternativa posible en un mundo como el mío.

Lo que sí puedo tratar de explicar es el resultado.

Allá, en la superficie, tomé consciencia sobre el hecho de que el hormiguero en el que vivo, es un hormiguero más; que nosotras, las hormigas de estructura permanente, somos unas hormigas más; que estamos en medio de un gran bosque, dentro del cual hay millones de árboles, millones de piedras, y millones de colonias de hormigas. Y aun así, este gran bosque es un bosque más. Nuestros grandes problemas, aquellos que nos atormentan el alma de hormigas, se desvanecen ante los grandes problemas de los demás, y todos, lo nuestros y los de los otros, pasan a ser un problema más. Cada segundo, nace y muere algún ser viviente, cada segundo se olvida el nombre de una gran hormiga, de un gran venado, de un gran tigre. Todos pasan a ser uno más.

Puedes hacer algo que nunca nadie haya hecho, pero debes tener la certeza que lo hecho será superado por alguien más, quien entonces habrá conseguido lo que nadie nunca había logrado, ni tú, quien para entonces probablemente estarás viviendo debajo de la superficie, no como una hormiga como yo, sino como parte de la tierra misma. Así como otros más lo han hecho, y otros muchos también lo harán.

¡Claro que cabalgué sobre el lomo de la curiosidad! Y claro que encontré la certeza que buscaba. La certeza de no saber nada. La certeza de ser aún más minúscula de lo que pensaba, en un mundo de gigantes; de ser más fugaz, casi inexistente… pero feliz.

Luego de haber encontrado la certeza que buscaba, volví al hormiguero con la humildad de no saber nada.

La Revolución de la Crispeta

Finalmente pude arrancar a escribir este año. Fue un comienzo lento, lo acepto, pero prometo mejorar. Parezco político excusándome y prometiendo, debe ser porque es año electoral. En fin… Hoy escribiré sobre películas.

La ceremonia de entrega de los premios Óscar, que se realiza anualmente en el mes de febrero, me ha servido en los últimos años como excusa perfecta para dedicar un par de semanas a ver las películas catalogadas por los “científicos” de la Academia como las mejores producciones del año anterior. Algunas las encuentro divertidas, otras no tanto, y otras ni siquiera logro entender. Aunque no he logrado ver todas las películas nominadas para este año, a juzgar por las que he visto, no hay ninguna que me haya parecido extraordinaria. Sin embargo, no todo es malo.

A continuación les comparto mi opinión sobre algunas de las películas nominadas, que he tenido la oportunidad de ver. La opinión, aclaro, está exenta de conocimientos científicos y reflexiones profundas, se trata del punto de vista de alguien que va a cine a divertirse un rato y por supuesto a comer crispeta.

Quiero arrancar por American Sniper (2014), del director Clint Eastwood. Les confieso que esta película por alguna razón me genera cierto escozor que no he podido explicar hasta ahora, pero trataré de dar una opinión más o menos objetiva, aunque estoy seguro que es imposible. Bueno, la película tiene 6 nominaciones de la Academia, de las cuales no se merece al menos 3. No se merece la nominación a mejor película, ni a  la mejor actuación masculina ni tampoco al mejor guion adaptado. Pero… ¿qué sabemos nosotros, los ciudadanos del común, de películas? Los científicos están de acuerdo en que se trata de una súper producción. Si esta película hubiera sido estrenada en los años 50´s o 60´s podría jurar sin temor a equivocarme que se trataba de una producción financiada por la CIA. Tal vez se trate simplemente de un gesto de amistad y respeto de los miembros de la Academia con el octogenario Clint Eastwood. Allá también funcionan las palancas, y más si es camuflada.

Sé que prometí dar una opinión objetiva, lo siento. Otra promesa incumplida.

Ahí voy de nuevo…

American Sniper cuenta la historia de un francotirador de las fuerzas especiales (SEAL) estadounidenses que en el medio militar es reconocido como una leyenda, por su “eficacia” (en un sentido platónico de la palabra) al matar “enemigos”. Chris Kyle, interpretado por Bradley Cooper, atraviesa un debate interno al considerarse a sí mismo, por un lado, pieza imprescindible para la victoria americana de la guerra, y por el otro, incapaz de encajar en su rol de esposo y padre fuera del campo de batalla. Si me tocara describir en una sola palabra esta película, la palabra “floja” le haría justicia. Una trama trasnochada, americanizada, manejada pobremente y por ratos aburridora. Está lejos de ser una buena película, y mucho menos de merecerse una nominación como mejor película del año. La Academia le hizo un favor a Cooper, también, al nominarlo como mejor actor del año; su actuación fue igual de buena a la que hizo en The Hangover (2009).

Lo único rescatable de la película es Sienna Miller, y me da pena pero acá sí rompo deliberadamente las barreras de la objetividad y cualquier promesa. Cómo hago para ver a Sienna Miller y no recordar el papel de Nikki que hizo en Alfie (2004), simplemente no puedo. Ella es lo único rescatable de American Sniper; si van a cine a verla, aprovechen a Sienna, que además hace un buen papel.

Sigo con Boyhood (2014), nominada a 6 premios de la Academia. Esta película narra la historia de una familia americana a lo largo de 13 años, durante los cuales enfrentan situaciones con fuertes cargas emocionales, tales como divorcios, matrimonios, niñez, adolescencia, entre otros. Hasta aquí, nada raro. Lo curioso de la película es que la misma fue grabada durante 13 años de manera intermitente, lo cual permite a quien la ve ser testigo silente del crecimiento físico de los actores, quienes envejecen ante sus ojos. Acá puede uno percibir la huella de su director y guionista Richard Stuart, quien ya en el pasado había hecho, con éxito, experimentos semejantes. La historia es narrada a través de los ojos de Mason, el hijo varón de la familia, quien al inicio del rodaje tenía 5 años, y quien a lo largo de la historia va tomando más fuerza y energía convirtiéndose finalmente en el eje de la trama.

No fui a cine a verme esta película; la vi por error durante un vuelo, lo cual me da –digamos- cierta objetividad “adicional”. Me pareció interesante y bien dirigida, aunque por ratos lenta y aburridora. Si bien me vi la película completa, debo confesar que me dormí en algunas partes, lo cual me obligó a retrocederla en un par de ocasiones.

La película tiene buenas actuaciones. Son mejores las actuaciones que la trama. De hecho, si hubiera un premio por la escogencia del casting creo que esta película se lo ganaría. Todos los actores estuvieron muy bien escogidos. Ethan Hawke y Patricia Arquette, ambos, realizaron muy buen trabajo, y ambos están nominados por sus actuaciones. La pinta natural de rock stars olvidados de ambos actores, Hawke y Arquette, compaginó muy bien con el papel que estaban interpretando. Me disfruté mucho la actuación de Ethan Hawke, quien logró armonizar la constancia de la personalidad del personaje, con los cambios que durante trece años se van introduciendo en la misma a causa de las experiencias personales. No es mi película favorita, pero sí se merece las nominaciones que tiene.

The Theory of Everything (2014), nominada a 5 premios Óscar. Tenía todas mis esperanzas en esta película, y… ya les cuento. La película cuenta la historia de la relación entre Stephen Hawking y su esposa, Jane Hawking, interpretados por Eddie Redmayne y Felicity Jones, respectivamente. Mis expectativas eran bastante altas ya que soy un profundo admirador de Stephen Hawking, he leídos sus libros y por supuesto vi su documental sobre el breve espacio del tiempo. Para los que no tienen claro quién es Stephen Hawking, es un científico (este sí de verdad verdad) obsesionado con explicar el inicio y fin del universo. Lo especial de Hawking, entre muchas más cosas, es que ha logrado salir adelante (más adelante que todos nosotros) desde el punto de vista personal y profesional a pesar de que padece la enfermedad por la cual hace unos meses todo el mundo se bañaba en agua helada, llamada esclerosis lateral amiotrófica. Esta enfermedad lo tiene completamente paralizado. Solo puede mover levemente una de sus mejillas, lo cual le sirve para comunicarse (y escribir libros) a través de una máquina especial de la cual brota una voz robótica con acento americano que simula ser su voz. Me interesaba e intrigaba mucho ver cómo una película de dos horas contaría la historia de este personaje, cuya vida y obra dan para escribir una enciclopedia con tomos infinitos, como el universo.

En fin, fui a cine con mis expectativas altas, por supuesto, y salí de cine derrotado, por supuesto. Algo que sabía de antemano pero no quería aceptar. Como era previsible, el experimento fracasó. Una sola película no podía hacerle justicia a Hawkings. Sin embargo, derrotado como estaba decidí ir a tomar una cerveza con una amiga italiana, quien sí sabe de cine. Ella me explicó que el problema no era la película sino yo, lo cual hacía sentido. Me explicó que, en efecto, una película jamás podrá hacerle justicia a Hawking. Por esa razón The Theory of Everything no es una película sobre Hawking, sino sobre su esposa Jane, casi olvidada, y de su vida al lado del profesor Hawking (de hecho ella es una de las guionistas). Así suene simple, esta explicación cambió completamente mi opinión sobre la película. Sentí lo mismo que se siente cuando uno está mirando un cuadro en el cual su autor juega con los colores de tal forma que de un momento a otro, por un efecto óptico, uno empieza a ver figuras y colores que a primera vista no ve. Bueno así. Vista así, la película es muy buena y recomendada.

Debo hacer una mención especial sobre Eddie Redmayne, el actor que interpretó a Stephen Hawking, quien se jaló un papelazo y quien, por supuesto, está nominado como mejor actor principal masculino. Todavía no me decidido si es mi favorito para ganar el Óscar este año, pero si se lo gana (que tiene muchas posibilidades) sería un premio merecido. Creo que Hawking se emocionaría mucho.

Quiero terminar con Interstellar (2014), la cual está nominada a 5 premios Óscar, pero debió estar nominada a más. Las tres nominaciones que le regalaron a American Sniper (ver arriba) se las quitaron a Interstellar, con la aclaración adicional que Christopher Nolan, su director, debió estar nominado. Pero, oh sorpresa, no estuvo. Por alguna razón los científicos de la Academia se han negado sistemáticamente aceptar a Nolan como un director digno de una nominación, y por qué no, de un premio. Interstellar ofrece una visión apocalíptica del planeta tierra, según cual, la vida humana no es sostenible por mucho tiempo. Esta situación obliga a la NASA a explorar, utilizando agujeros negros, nuevos planetas en el universo con las condiciones propicias para albergar a la raza humana. El protagonista, Cooper, es interpretado por Matthew McConaughey, quien realiza un muy buen papel, por el cual no fue nominado. En honor a la verdad, creo que si fuera mi decisión tampoco lo hubiera nominado a pesar de la buena actuación que realizó. Debe ser porque todavía tengo el recuerdo del papelazo que se jaló el año antepasado en Dallas Buyers Club (2013) por el cual se ganó el Óscar a mejor actor principal.

Esta película es, hasta el momento, mi favorita, y considero que las nominaciones que tiene (en su mayoría técnicas) no le hacen justicia. Desde que inició la película estuve totalmente conectado y cautivado; la película es innovadora, tentadora y muy entretenida. Al final del día, a eso va uno a cine, o ¿no? Temas científicamente complejos los presenta de manera simple, como si se tratara de una amena explicación de Hawking. Se siente uno caminando a través del laberinto mental creado por Nolan (el mismo director de Inception 2010), en el cual uno va encontrando poco a poco la salida, la cual tiene una luz que se va haciendo más fuerte en la medida en que uno se va acercando. Si deciden verla, traten de ir a cine, pues los efectos especiales son excelentes. Los científicos de la Academia están de acuerdo con esto, y de hecho la nominaron por sus efectos visuales y sonoros. Para las (o los) que le guste las películas “rosa”, Interstellar podría gustarles ya que tiene también su toque amoroso. Muy recomendada.

Bueno, si por alguna razón van a cine a ver algunas de éstas películas traten de comprarse su bolsa grande de crispeta. Puede que no les guste la película, o no estar de acuerdo con mis comentarios, pero al menos comieron crispeta, y con la crispeta uno siempre va a la fija. Lo prometo.

Les comparto los enlaces de los tráilers de las películas mencionadas:

https://m.youtube.com/watch?v=7_M1lbjlv-o 
https://m.youtube.com/watch?v=fPCzKI8W5P8
https://m.youtube.com/watch?v=pOsMMutM8C0
https://m.youtube.com/watch?v=hhCtMhk8eHo

Cuento corto y malo como la vida

Trotando sobre el hirsuto dorso de la tierra tropezóme la mariposa, meteórica de bellos colores, alas gemelas y antenas inquietas

                   Esa corta vida al vuelo se posó ante mí, chequeando y chequeando de un lado al otro

                                               El sumiso y cacofónico sonido del trote ambientaba el amorío entre la mariposa y yo

Ansioso esperaba el momento que cansada cayera en mi mano para recibir mi aliento

                      De alegre y ligero existir hacía gala mi amiga mientras desgastado corría y corría, yo, sobre el dorso de la tierra

                                               Por completo sin aliento me encontré pensando en el pronto abandono

 Al fin… la mariposa en mi mano se posó, y con ojos raros mirándome desfalleció

                       Su último suspiro ante mí dio

                                                                         antes de caer sin vida dejándome desesperanzado y solo

Sus alas gemelas cerradas estaban y con leve musito me dijeron

                                                             que los últimos minutos de la vida de un día de la mariposa, los pasó siguiendo mi paso

 Un desconocido que trotaba sobre el hirsuto dorso de la tierra

De Qué Mueren Los Hombres Sanos

Un poco nostálgico, un poco triste, temeroso; no sabía realmente lo que sentía y tampoco lograba encasillar el sentimiento en alguno de los que hasta ahora conocía.

Eso, un sentimiento inefable era lo que había sentido al llegar al Hospital Municipal de ese pueblo que ya casi había olvidado, ese centro hospitalario donde había jurado jamás volver. Al verlo de frente, parado desde la antigua Tienda del Cachaco que aun se mantenía intacta como una fotografía, lo vio en toda su desolada y colonial extensión.

No podía creer tampoco que hubiera vuelto a la Tienda del Cachaco, donde todas las noches de turno iba a fumarse un cigarrillo y tomarse un “tintico”, un trago de aguardiente servido en un pocillo tintero que le devolvía el alma al cuerpo y le daba fuerzas para poder soportar el parsimonioso paso del tiempo. Hacía un poco menos de 60 años que esos dos sitios, la Tienda y el Hospital, fueron durante su año rural su única casa. Fue precisamente en ese año, cuando había cerrado los libros de medicina para finalmente practicarla, que enfrentó a la mortal epidemia de la pobreza y la corrupción. Ver cómo la gente moría en ese hospital olvidado por no haber siquiera una simple gasa con qué curar una herida. Desde entonces, había decidido no volver a practicar la medicina jamás.

Ahí estaba, frente a su Hospital y su Tienda 60 años después. Estaba seguro que ese rincón de malos recuerdos le aportaría uno más a la colección; pero qué más podía hacer, no estaba allí por gusto. Antes de entrar al Hospital decidió pasar por la Tienda del Cachaco para saludar y zamparse un “tintico”, que seguía cumpliendo su cometido.

Se dirigió directamente a la habitación donde estaba internado el único amigo que le quedaba, y cuya muerte realmente lamentaría con toda sus fuerzas. Cuando se llega a determinada edad, se empieza a ver de cerca la presencia de la muerte encarnada en cada entierro al que se asiste; el dolor que causa ver morir al amigo es transfigurado por puro y físico miedo. Miedo a ser el próximo de la fila.

Cuando llamaron a contarle que habían hospitalizado a Mardoqueo por una mudez repentina supo que la vaina era grave. Conociendo como conocía a su amigo, sabía que cuando éste callaba era para no gritar; lo había visto callado muy pocas veces y en muy lamentables situaciones. Ni siquiera cuando dormía se callaba, las peroratas que armaba dormido lo habían obligado a vivir solo, hasta el día de su matrimonio con Tranquilina, una linda morena banqueña de movimientos cadenciosos que sufría del mismo mal de hablar dormida.

Tranquilina, la esposa de Mardoqueo, al ver cómo su marido había dejado de hablar de un momento a otro, no dudó un segundo en llevarlo de urgencia al Hospital. Efectivamente, tal como lo sospechaba, el silencio en Mardoqueo era prueba fehaciente de que estaba muriendo. Tranquilina decidió llamar a los únicos dos amigos que le conocía a su marido luego de setenta y pico años de matrimonio. El médico que nunca ejerció, Pascual Ovalle, y el único arquitecto del pueblo, Gonzalo Heredia, quien de hecho jamás se había graduado como tal. Únicamente había hecho cuatro semestres de arquitectura en la Universidad Pública de Barranquilla.

Eran las cuatro de la tarde. La brisa fresca que bajaba de la Sierra no era suficiente para vencer el calor pegachento del sol de agosto, que hacía sudar a chorros. Pascual Ovalle, el médico que nunca ejerció, había llegado de último al hospital; ya estaban en la habitación marcada con el número uno, su amigo de infancia Gonzalo Heredia, Tranquilina y el mustio Mardoqueo. La pequeña habitación número uno, era la única en todo el hospital que tenía aire acondicionado. El cuartico estrecho estaba pintado de color verde pastel de la mitad para arriba, y de color gris de la mitad para abajo. Tenía una camilla reclinable, escoltada por el tubo que servía para sostener la bolsa de suero, un sofá de cuerina beige al lado derecho, un televisor al que solo le entraba un canal y el aire acondicionado que tronaba como un avión, lo cual obligaba a poner el televisor a todo volumen como estrategia para neutralizar el insoportable sonido del aire. Lo único con aspecto mas o menos moderno de aquel estrecho recinto, era la imagen hecha en yeso de la Virgen de la Milagrosa, que se erigía sobre el cabecero de la enclenque camilla.

Los recién llegados encontraron a Mardoqueo dormido de una manera tan profunda que ninguno pudo evitar visualizarse yaciendo en su respectivo lecho mortal de la misma manera. No quisieron despertarlo, y por el contrario aprovecharon el tiempo para que Tranquilina les echara el cuento de la tragedia.

Ella, con la misma pasividad con la que había oído a su marido los últimos 71 años de su vida, les dijo que a “Maqueco”, como cariñosamente le decía a su esposo, se le habían acabado las palabras. En ese momento les confesó sin una lágrima en sus ojos, que esa mudez no era sino el preludio de una muerte silenciosa. Los dos amigos al ver el ecuánime temperamento de la mujer que tenían en frente, ni siquiera se molestaron en refutar nada. Cuando llegué al hospital -continuó la esposa-, le hicieron todos los exámenes habidos y por haber. Un joven médico que esa tarde se encontraba de turno me dijo que Mardoqueo tenía cáncer, pero que ni siquiera me tomara la molestia de preocuparme, porque el cáncer de mi esposo ya había hecho metástasis y había invadido todo el cuerpo. Y así, sin más, el joven médico se retiró de la habitación luego de soltarme semejante bomba, con la tranquilidad que se siente luego de una explosión ensordecedora. El jovencito de bata blanca siguió su camino como un estafeta de la muerte.

Lo que no se lograba explicar Tranquilina, y así se lo expresó al joven médico, era por qué si su esposo tenía metástasis, jamás se quejó nunca de molestia alguna, y solo tres semanas atrás se le había manifestado a través de una repentina pérdida del habla. La respuesta del párvulo galeno fue directa y sin emoción de ningún tipo, “lo que pasa, señora, es que la metástasis de su marido, por alguna razón, no ha llegado al corazón; su marido, a pesar de su edad, tiene un corazón fuerte y vigoroso, como el de un adolescente. Mejor dicho, siguió el médico, es como si se estuviera muriendo estando en perfecto estado de salud. Su mudez, por otro lado, se debe a que el cáncer al parecer había comenzado en las cuerdas vocales, de las cuales ya nada queda, se han consumido.”

  • “Para lo único que le sirvió a Mardoqueo llevar una vida de ejercicio y comida sana, era para pelear con la muerte una batalla ya perdida”, sentenció Tranquilina.
  • “Cómo se muere la gente estando sana” dijo mirando para arriba tratando de buscar una respuesta mientras miraba a la réplica de la Virgen de la Milagrosa que le devolvía la mirada desde su pequeño altar.

En ese momento, Pascual Ovalle, el médico que nunca ejerció, se levantó del sofá de cuerina beige que estaba al costado derecho de la habitación. Se dirigió al lecho donde reposaba su amigo, encontrándose con una osamenta forrada en piel. Lentamente tomó la mano de su amigo moribundo apretándola fuertemente contra su boca. En ese instante, de manera lenta Mardoqueo abrió sus ojos, como si peleara contra alguna voluntad para salir de algún sueño en el que se encontraba sumergido. Al despertar, la realidad que lo había sorprendido le parecía su peor pesadilla.

Cuando tuvo conciencia de la persona que tenía cara a cara, no lo podía creer; apretó fuertemente la mano de su amigo que lo visitaba, y empujado por todo su ímpetu levantó medio cuerpo para abrazarlo con la escasa fuerza que le quedaba.

Volver a ver a su amigo, y en el estado en que lo encontraba, le trajo a Pascual, el médico que nunca ejerció, toda clase de recuerdos y de sentimientos. Caviló en lo que debía estar sintiendo su compañero al no poder hablarle, en lo que le estaría diciendo y en lo que estaría callando. Lo mismo pensó Mardoqueo, se imaginaba todas las cosas que Pascual le habría querido decir y no lo hacía para evitarle la molestia que le causaba el no poder contestarle. Agarrados de las manos permanecieron mucho tiempo. Por primera vez Tranquilina lloraba.

Ambos amigos tenían ganas de decirse tantas cosas, confesarse mutuamente, revelarse tantos secretos, hablar, hablar por horas y escucharse por última vez. Hacía mucho tiempo se habían alejado el uno del otro por alguna razón pendeja que ese día decidieron no recordar. Ese día se perdonaron, se abrazaron, se besaron, fueron los mismos amigos de siempre. Al tomarse de las manos y permanecer con la mirada puesta en los ojos del pasado, ambos se dieron cuenta de lo viejos que estaban, sus miradas eran frías y secas, como si se estuvieran mirando directo al alma desnuda. Sus miradas parecían trascender el mundo carnal, ya sus ojos no tenían el mismo color que ellos recordaban de cada cual, eran dos viejos amigos acabándose de conocer. Pensaron en las cosas que quisieron decirse y ya nunca se dirían.

En aquella habitación se libraba una terrible batalla entre el querer y el poder, ambos querían decirse todo aquello que habían guardado y que ese día, ni nunca más, podrían hacerlo. Los sentimientos deben brotar a la vida a través de la magia de las palabras en el mismo instante en que se sienten, porque de lo contrario, pasado aquel momento, nacen muertos. Siempre quisieron decirse lo que había significado el uno para el otro, pero en ese instante sólo hablaron las miradas y los recuerdos. A través de aquellas miradas conversaron, se agradecieron, se rieron y también lloraron. Tantas cosas quisieron decirse y nunca lo hicieron pensando que el futuro les concedería un mejor momento para hacerlo.

El paroxismo del momento fue interrumpido por una deliberada tos de Gonzalo de Heredia, el arquitecto del pueblo, quien no aguantó el peso del ambiente. La pesadez del momento era sobrecargada aun más por el estridente sonido del televisor que en ese momento el arquitecto decidió apagar. Nunca, en todos los años de amistad con Mardoqueo, Gonzalo le había fallado, siempre lo quiso como si fuera una parte de él, inclusive en ocasiones parecía quererlo más a él que a sí mismo. Aunque el amor fraternal que sentía Gonzalo, el arquitecto, era correspondido por su moribundo amigo, no había entre ellos la mística que existía entre Pascual, el médico que nunca ejerció, y Mardoqueo. Gonzalo quería y apreciaba enormemente a Pascual, pero no se resignaba a aceptar que Mardoqueo lo quisiera menos, ni antes, ni ahora, ni nunca.

Al ver a sus dos viejos amigos abrazados, Gonzalo:

  • Recordó.
  • Recordó su época de colegio.
  • Recordó cuánta rabia sentía al ver a Pascual y Mardoqueo gozar de una amistad tan profunda.
  • Recordó aquella época en la que movido por una extraña fuerza más fuerte que él, decidió sembrar la fértil semilla de la duda entre los alumnos del Liceo sobre la “extraña” relación que mantenían Pascual y Mardoqueo. El chisme llegó a tal punto que unos días después del nacimiento del falaz rumor, un amigo de su curso le dijo a Gonzalo: “ya supiste, tus dos amigotes son unas mariconas”.
  • En ese momento fue poseído por una rabia que nunca antes, ni después, sentiría y solo pudo responder la ignominia de su amigo con un puño en la nariz, que le costó varios días de suspensión. Después de esa ocasión, a punta de trompadas se encargó personalmente de que nadie jamás volviera siquiera a insinuar nada sobre la relación que mantenían sus amigos Pascual y Mardoqueo.

Mientras Gonzalo divagaba en sus recuerdos, Mardoqueo y Pascual seguían agarrados de las manos fuertemente.

Como si ambos se hubieran consumido mutuamente todas las energías de vida que les quedaban, Pascual, el médico que nunca ejerció, no aguantó más y cayó desgonzado sobre el pecho de su convaleciente amigo. Allí, sobre el pecho de la muerte, supo que moriría. No podía levantar su cabeza, ni su cuerpo le respondía por más que tratara de hacerlo reaccionar. La mirada se nubló y sintió un dolor punzante en su tórax, fue lo último que sintió en su vida.

Al ver a su amigo caer en su pecho despojado de su alma, el atlético corazón de Mardoqueo, acostumbrado a sobrellevar exitosamente las dolencias físicas, sucumbió ante las dolencias del alma, y sin más dejó de latir. No tuvo tiempo de sufrir, de llorar, de decir adiós ni gracias, solo murió. No quería dejar ir nuevamente a su amigo.

Gonzalo Heredia, el arquitecto del pueblo, se había convertido en el único amigo de Mardoqueo que quedaba vivo. El Arquitecto estaba visiblemente perturbado por las súbitas y patéticas muertes de Mardoqueo y Pascual; no podía creer que le hubieran hecho eso una vez más. Esa dramática forma que sus amigos siempre habían tenido para expresar su amor le produjo arcadas. Sintió la misma rabia que había sentido en aquella ocasión cuando golpeó a un compañero del colegio para salvar el honor de sus amigos Mardoqueo y Pascual. Sólo pudo levantarse del sofá y salir del cuarto que había servido de escenario al mortal acto de teatro, cerrando tras de sí violentamente la puerta de la habitación que resonó en el corredor varias veces con un eco interminable.

Era el final de la tarde y estaba oscureciendo, las ventanas del corredor que daban a la plaza del pueblo proyectaban cómo la última luz del día era arropada por la voraz noche. Gonzalo, caminando por el pasillo, no podía creer lo que había pasado.

Inconsolable, Tranquilina salió corriendo tras Gonzalo como una viuda, dos veces viuda, y le gritó buscando una respuesta: “Por qué, por qué carajo se mueren los hombres sanos”.

Cuando oyó lo que Tranquilina le reprochaba, se volteó, con la cara transfigurada de la rabia, le contestó: “Se mueren de impotencia, por maricas”.

Espejo Disonante

[Apostilla: Se recomienda leer oyendo https://www.youtube.com/watch?v=U-pVz2LTakM ]

Hoy cumplo 20 años de casado. Ya sabías, creo que eres el único que lo recuerda, también eres con el único que puedo hablar de ello. Ella sigue igual, trasfigurada, ida, con ganas de morir y con ganas de vivir, pero nunca quieta, constante, pacífica. Esta semana no ha querido hablarme, sólo me escribió una nota pidiéndome que le comprara 3 bufandas, 2 pares de tacones, 4 medias y 5 vestidos. No dijo el color, solo pidió que fueran de los años 20. Espero que tenga relación con nuestro vigésimo aniversario, tal vez lo recuerde.

Yo sigo desgastado, viviendo una vida en la casa y una vida afuera de ella. Una vida no es mejor que la otra; como un péndulo, cada una me ofrece momentos malos y me recompensa con momentos buenos, solo que no de manera simétrica o coordinada, sino caprichosa y antojadiza, como si fuera parte de un experimento. Como si ambas tuvieran voluntad y quisieran experimentar conmigo la cantidad de sufrimiento que puede tolerar un humano sin anestesia antes de morir. Soy la víctima del Dr. Mengele del régimen del tiempo. En este momento estoy siendo torturado por una racha de malos momentos en la vida de afuera y en la de adentro. En algún lugar alguien debe estarse riendo. No yo.

Su estado de ánimo es el termómetro del mío a pesar de que no me habla. Sus días se pasan mirando el espejo de mano que su abuela le regaló cuando era niña. Ayer lo vi sobre su mesa de noche. Del material de plata del que está hecho ya no queda nada, sobre éste se ha posado un tapete poroso de un color verdoso oscuro que le da un aspecto lúgubre. El mango de porcelana otrora color marfil se ha tornado opaco y amarillento, y el espejo ovalado refleja una realidad distorsionada, sus reflejos son desproporcionados y de color ocre con vetas anaranjadas que nublan toda su superficie.

Hoy hace quince años comencé a hablarte. Hace quince años comencé a hablar frente a un espejo atento y solitario como los locos; comencé a decirte lo que siento, pensando que tal vez podrías trasmitir el mensaje a través de la dimensión que hay detrás del reflejo. Tal vez esperando que mi reflejo tomara vida propia y me dijera que se encargaría de hacer llegar mi mensaje a través de sus medios, y yo simplemente beneficiarme de la seguridad y astucia que a mí me falta en este lado del reflejo. Cómo puedo ser sincero sin estropearlo todo. Cuando hay más de un sentimiento involucrado, la sinceridad es un privilegio que no siempre puede permitirse. Cómo podía decirle a mi esposa que cinco años después tenía dudas. Las dudas pueden ser todo o pueden ser nada. ¿Cómo saberlo?

Hace ya quince años, también, que llegué a casa después de trabajar y la encontré tirada en el suelo de la cocina, solo protegida por su bata de dormir manchada de café. Estaba en un estado de trance repitiendo un soliloquio indescifrable con voz baja y trémula, como si estuviera en su propio muro de las lamentaciones. Todo su cuerpo estaba tieso y sus ojos abiertos sin parpadear. Sus brazos, rígidos, en un ángulo de cuarenta y cinco grados, temblaban. En su mano derecha tenía todavía agarrada la vieja cafetera con el poco café que quedaba en la misma, y en el suelo, muy cerca de la izquierda, el espejo de mano que su abuela le había regalado. Todavía lucía elegante y hermoso, con el mango de porcelana color marfil y su estructura de plata labrada que parecía sacado de un cuento de hadas. No parecía encajar en la escena que estaba viendo. Mi esposa expósita y vulnerable, contrastaba con el espejo majestuoso y elegante.

Con quién se puede hablar de momentos como ese, reflexionar sobre los sentimientos que nacían luego de vivir lo que estaba viviendo. Sólo contigo. Hablarlo contigo era hablarlo conmigo. Ya habías oído mis dudas, ahora te sometería a oír todo lo que no podía decirle a nadie más. Me aproveché de tu mudez. Al principio me sentí extraño hablándote; el hecho de ver mi reflejo mientras hablo, sumado al hecho de saber que fuiste el reflejo de mis abuelos, me hizo sentir extraño. Pero qué alternativa tenía. Si no era capaz de hablarle a mi esposa de frente con sinceridad, no podía tampoco hacerlo con nadie más. Yo, a través de ti, sería mi interlocutor. Aun guardo la esperanza de que algún día alguien me conteste.

No quería que nadie me viera hablándole a un espejo en la mitad del corredor de una casa en penumbras a mitad de la noche, y menos ella. Debía esperar a que se quedara dormida para ir  a sentarme frente a ti. En ocasiones amanecía allí, dormido a tus pies en el sofá que fue de mis abuelos y que para ti son casi familia. Ella me veía dormido sin que jamás me hubiera dicho nada. La vi llorar en silencio. Pero ¿cómo podía explicarle la situación? Cómo explicar que me había quedado dormido hablándole a un espejo sobre lo que no era capaz de decirle a ella. Por qué. Por miedo, ¿miedo de qué?

Desde aquél momento todo cambió, y hoy, diez años después, sigue cambiando, pero negativamente, siempre negativamente. En aquél momento pensé que el problema de las dudas podría ser un tema simple, e igual de simple podía ser la solución. ¿Lo recuerdas? Pensé que la simpleza y contundencia del sexo podría arreglarlo. No le expliqué mi plan de tener sexo para asesinar las dudas, sólo fingí espontaneidad. Ella, consciente de todo sin hablarlo, accedió de manera autómata pero gentil. Todo empeoró, en ese momento la espontaneidad ausente activó mi perverso subconsciente que me hizo pensar en mi madre mientras estaba con ella, desdibujando de un tajo el propósito del ejercicio. No podía parar, ¿cómo explicarle a ella lo que me estaba pasando? Preferí continuar callado. Jamás pude volver a tocarla, ni tampoco pude volver a ver a mi madre. Solo pude contártelo a ti, cómo explicar esa situación.

Hablar contigo no mejoraba la situación, pero me permitía aligerar mi peso para poder continuar cargando con la pesadez de mi vida a la deriva. Mientras me hacía más ligero luego de mis sesiones ante el espejo, ella se hacía más pesada casi a punto de sucumbir. Ahora dormía con los ojos abiertos, lo cual además de reemplazar el blanco por el rojo de sus ojos, hacía imposible saber cuándo estaba despierta o cuando estaba dormida. Una noche habló; aunque tenía los ojos abiertos creo que estaba dormida. Dijo, sin esperar respuesta:

  • Las voces me atormentan
  • Las voces me consuelan
  • Las voces son mis amigas

¿Cuáles voces? Pregunté tratando de hablar en el mismo tono que ella lo había hecho, pensando que así podría meterme a través de alguna rendija de su inconsciente. No obtuve respuesta. Verla así me hacía preguntarme si hay algo más allá de esta realidad, tal vez ella estaría viviendo en sus sueños una vida detrás del reflejo de los espejos, una más feliz, sin dudas.

No era capaz de llamar a un médico, ni ella me lo pedía. ¿Cómo explicarle a un tercero lo que pasaba? Ni yo lo sabía. Durante los meses siguientes al fracasado experimento del sexo, comenzó a sufrir los efectos de las fases por las que atraviesan los drogadictos durante el proceso de desintoxicación, con la diferencia de que ella era un drogadicto que no quería recuperarse, que le huía a su sobriedad. Parecía disfrutar la sensación de abstinencia, los delírium trémens, los ahogos, como si se tratara de un acto sagrado de autoflagelación. Desde entonces mi apego a ti se hizo mayor. Cuando nos acostábamos, y sentía que su respiración se hacía más lenta y profunda, que parecía dormir, me levantaba y venía hasta acá, ante ti. Su pupila negra y dilatada a pesar de la oscuridad, arropada por el rojo de su ojo, se volvió mi nuevo mundo. Me sentía corriendo desesperado sobre sus escarpadas venas retinianas color vino tinto.

Años después pensé en matarla. Creo que ella lo habría querido. Sabíamos, mudamente, que era la única forma de despejar las dudas. El pacto sagrado y moral del matrimonio quedaría intacto, ya que sería la muerte la culpable de la separación; pero alguno de los dos, o tal vez ambos, quedaríamos viviendo bajo la sombrilla del pecado mortal, incluso si alguno de los dos por consideración o por la razón que fuese decidía suicidarse. Te lo conté. Expuse varios métodos, con sus pros y sus contras. También analicé cuál sería la mejor forma de que ella me matase a mí sin sentir remordimiento. No me creía capaz de hacerlo yo.

Todavía tenía esperanza. La esperanza, ese sentimiento, estado de ánimo, frustración, no sabría cómo denominarlo, ha sido el culpable de tantas frustraciones. Fuimos criados sobre los hombros de la esperanza, de un mundo mejor, más bello, más considerado, más, más… Esto simplemente nos ha vuelto incapaces de afrontar las cosas. Nuestra relación también fue parida por la esperanza. A pesar de que era perfecta, teníamos la “esperanza” puesta en un futuro mejor. Hoy esa esperanza me hace incapaz de hablar de las dudas, de la situación, de la realidad. Estoy seguro que ella, igual que yo, todavía guarda alguna esperanza de tener un futuro mejor. Maldita esperanza. Del otro lado del reflejo seguro no hay esperanza, hay realidades.

Increíble que hayan pasado quince años desde que empezamos nuestra amistad. El loco en el espejo. Hermosa manera de celebrar mi aniversario. Ya son las 4:06 AM, intentaré dormir.

  • Ya está acostado. Sigo sin dormir; hace diez años que no lo hago. Mis eternos ojos rojos sólo te miran. Te veo demacrado, espejo, igual que yo. No somos lo que éramos. Tu plata, marfil y nitidez se han ido, igual que yo. Sólo tengo su recuerdo, y la esperanza. La esperanza que es toda mi fuerza, lo único que me queda.
  • Cómo me acerco y le explico que lo oigo, que lo entiendo y que lo amo. Cómo le explico que lo veo todas las noches a través de tu reflejo, que  me veo más lejana, más ausente… No lo entendería.

Sweet Child of Mine

No importaba que estuviera en vacaciones; ese día, como todos, Celestén había despertado faltando cinco minutos para las cinco de la mañana. Luego de dedicarle los cinco minutos restantes a desperezarse, se dispuso, muy tieso y muy majo, a iniciar su impajaritable rutina matutina que parecía más una coreografía. El primer acto consistía en calentar el agua para el café que desde que tenia uso de razón tomaba cerrero y sin colar, y que constituía el único legado más o menos palpable de su abuela materna, al acto del agua le seguía la danza del baño, de la ropa, y la de la lectura del periódico… su vida era la coreografía de una vida que soñaba tener.

Como jamás tenía tiempo para nada, sus vacaciones consistían básicamente en viajar a un destino alejado de su realidad y ponerse al día con la lectura de todos los libros que por trabajo había dejado de leer durante todo el año. Con este, ya era el quinto año consecutivo que iba de vacaciones a ese pequeño y tranquilo hotel que le había recomendado un extraño que se había sentado en un asiento contiguo al suyo en un viaje de negocios. El edificio de tipo colonial donde funcionada el pequeño hotelito situado a las afueras de cualquier ciudad de la Costa, y que había sido el hospital general del pueblo durante años, estaba estratégicamente ubicado entre el mar y la desembocadura del río Calmo. La creencia popular era que los hospitales debían estar cerca del mar o de algún río, pues las enfermedades debían tener para dónde ir luego de salir del cuerpo de los enfermos, para el mar o para el río. Qué afortunadas eran las enfermedades antes, ¿no?

Celestén siempre se sentaba en la misma silla de madera con espaldar de tela de arabescos rojos y verdes cada vez más desteñida por el sol, situada bajo la palmera de la que habían dejado de brotar cocos hacía mucho tiempo, lo que le ofrecía el ambiente perfecto para el disfrute de una exquisita soledad acompañado del sol y ambientada por el golpeteo de las olas. Esa era su situación antes del repentino ataque de amabilidad de una precoz encuestadora.

-“Hola, Soy  Paula, ¿cómo te llamas?”

Solo después de tener la sensación de estar siendo observado por alguien, supo que había sido abordado por alguna entidad distinta de su pensamiento, y que la pregunta que en medio de su lectura había creído escuchar, lo tenía a él como destinatario. De no haber sentido el peso de una mirada sobre sí, hubiera ignorado aquel impertinente llamado que lo había sacado del estado de concentración en que se encontraba, y que le impedía continuar siendo testigo silente del amor contrariado entre Armando, un caballero germano y la linda Marta, doncella de ojos azules.

Al mirar por encima de sus anteojos de lectura a la autora de tan horrenda ignominia se encontró que la misma, no obstante ser sorprendida en flagrancia, no podía ser declarada culpable por tratarse de una menor de edad. Quedaría por ende exenta de purgar una condena bastante merecida. Debido al sopor que le producía el leer en otro idioma, no sabía con seguridad si lo que había pensado respecto a la pena lo había dicho en voz alta o habría sido una sugerencia personal. Lo que hubiese sido, no había sido ignorado por la joven a juzgar por la mueca en que se había transformado su rostro.

Al ver la determinación con que la joven lo miraba supo que no podría escaparse de responder la pregunta y pensó que lo mejor sería responderle con tono ramplón.

       –   Me llamo Celestén… dijo a secas.

Debido al encandilante reflejo del sol a espaldas de su nueva amiga, que le hacía fruncir el ceño, le resultaba imposible ver con claridad su cara. Su nueva amiga no parecía dispuesta aceptar respuestas monosílabas.

  • Celestén qué? Por qué ese nombre tan feo?, No te gustaría cambiártelo?

 La ráfaga de preguntas produjo en él una leve sonrisa que no había planeado; ante tanta insistencia resolvió darse por vencido y entregar las armas antes de empezar a pelear contra la vivaz curiosidad juvenil, siempre dispuesta a ensañarse con su presa hasta el último mordisco. Un poco frustrado y bastante derrotado cerró el libro que había planeado acabar ese día, se despojó de sus gafas de ver y se acomodó en su silla para brindarle a su cándida amiga toda su perturbada atención.

Antes de internarse en la inextricable selva en la que generalmente se torna una conversación con un menor, y viendo ahora con claridad el rostro de su vivaz amiga, tuvo la extraña sensación de estar siendo analizado por una persona distinta a la que tenía en frente, era como si alguien que conocía se hubiera disfrazado de niña para jugarle una extraña broma.

Aunque era una sensación extraña, tal vez por no haberla sentido antes, no era del todo desagradable. La presencia de la párvula le producía una sensación que todavía no se atrevía a llamar pasión. Cayendo en la cuenta de que todavía no había dado respuesta a las preguntas de la joven y con el ceño todavía fruncido esta vez no por el sol, sino para dar la impresión de estar molesto, respondió a su interlocutora con una respuesta:

  • Acaso no son los nombres reflejo de nuestra personalidad?
  • Tu personalidad es un poco rara entonces… disparó la niña.

El mordaz humor de la joven produjo en Celestén una nueva risa, esta vez de camaradería.

La tarde pasó entre risas, le impresionó que para su corta edad y para las trivialidades en que gastaba su tiempo, la niña reflexionara de cosas tan profundas. Mientras su nueva amiga hablaba, él se embelesaba descubriendo en ella movimientos involuntarios de su cara que hacían que le fuera imposible dejar de mirarla.

            -Son las cinco de la tarde. Interrumpió él.

        – Cómo es supiste si no tienes reloj y el más cercano está en el vestíbulo del hotel, repuso ella mirando instintivamente la desnuda muñeca de su mano izquierda.

 Se encogió de hombros y sonrió. No quiso decirle a su joven amiga que lo que le había servido para adivinar la hora era el olor dulzón de los heliotropos amarillos que soltaban su hipnotizante aroma a las cinco en punto, justo antes de la puesta del sol. Ese secreto era para Celestén uno de los tesoros mejor guardados y quería seguir siendo él su único y exclusivo guardián.

 Al darse cuenta la niña que la tarde se había pasado y que su permiso para estar afuera de la habitación ya casi expiraba, como cenicienta antes de las doce, salió volada para donde su madre que con toda seguridad ya debía estar buscándola. Con el ambiente todavía impregnado del olor de los heliotropos, Celestén,  nostálgico por la repentina huida de su amiga, resolvió tomar el libro, sus gafas de leer, su mochila y encaminarse a la habitación.

Para llegar a su habitación debía atravesar prácticamente todo el hotel, la puesta del sol había pintado de naranja todo el panorama, Celestén no sabía a ciencia cierta si era la belleza del astro lo que le causaba alegría, pero durante el camino a su aposento no había dejado de sonreír.

Tirado en la cama se sintió rejuvenecido, se sintió por un momento el hombre más feliz del mundo y lo mejor era que no sabía el porqué, decidió no pensar en la causa por miedo a que una vez descubierta perdiera la satisfacción que le daba lo desconocido. El paroxismo vivido lo llevó a recordar todos lo momentos felices que había vivido, con los ojos cerrados fue poseído por las diferentes sensaciones que le habían producido aquellos buenos momentos. Al volver en sí, pudo percatarse que su trance metafísico estuvo acompañado de un acto bastante primario y extremadamente físico. No podía creer que ese día, luego de mucho tiempo, había vuelto a masturbarse, se le había olvidado la sensación que otrora le producía tanto placer.

La satisfacción que le producía esa felicidad sin causa había sido reemplazada por sentimiento de culpa. No entendía cómo podía pasar del placer a la desdicha en unos minutos; de repente pensó que toda su felicidad, todo el placer que sentía y por supuesto toda la culpa tenían una misma causa: Paula. De repente su mente se había vuelto un campo donde medían fuerza los recuerdos de ella y los esfuerzos por no recordarla, no entendía por que pensaba en ella.

Envejecido por lo menos diez años, se levantó de la cama directo al baño para lavarse con agua caliente esos malos pensamientos que le carcomían por dentro. Encogido en el suelo de la ducha con el chorro de agua salada pegándole en el pecho se quedó dormido. Faltando cinco minutos para las cinco de la mañana, la sensación de ahogo que produce el agua en la cara lo despertó, se levantó con resaca y con el pensamiento bastante nublado, no recordaba con claridad lo que había sucedido la noche anterior.

Una vez se hubo reestablecido se sentó por cinco minutos en la punta de la cama, se levantó, calentó el agua para el tinto, se bañó, se cambió, leyó su periódico y emprendió camino a la silla bajo el cocotero dispuesto a terminar de una vez por todas el libro que estaba leyendo hacía un par de días.

Todavía con el pensamiento nublado y esforzándose por recordar lo que había sucedido la noche anterior, tomó asiento en su fiel silla de madera y tela. Justamente cuando se disponía a reanudar su lectura, sin proponérselo oyó detrás de él una voz tierna que decía:

-“Hola! soy Paula, tú cómo te llamas”…

De repente todo se le hizo claro, recordó todo, y sin pensarlo volteó aparatosamente buscando a la niña, sólo que esta vez la pegunta no le tenía a él como destinatario.

Un día Extraño

Ayer fue un día extraño, o tal vez el extraño era yo.

Desde que abrí el ojo a primera hora de la mañana, tuve la sospecha de que sería uno de esos días extraños. Si no hubiera sido porque me estaba despertando, no hubiera sido capaz de decir con exactitud si era la hora del alba o la hora del  ocaso. El trasfondo de la ciudad que se asomaba por mi ventana tenía un color pálido entre blanco, negro y azul que no daba pista alguna de la hora que era, y el rocío sedoso imperceptible pero pesado tampoco colaboraba. Tuve la sensación de que ese día ni el sol ni la luna trabajarían en aras de la humanidad, tan insignificante para ellos.

A pesar de que el sol había decidido no trabajar, yo sí tenía que levantarme e ir a la universidad. No soy tan afortunado como los astros. El color del día había permanecido igual hora tras hora, e incluso los gallos no habían parado de cacarear. El rocío también permanecía intacto, imperceptible, pero tal vez más pesado a medida que las horas pasaban. Las clases y los profesores se sucedían unos a otros. Afuera del salón de clases me sentía viviendo en una fotografía, estática, y adentro, mi vida era lo más parecido a una película con una única escena que se repetía y se repetía.

Después de estar metido casi todo el día en un salón de clases, pensé que me caería bien pasar por un café y tomarme algo antes de ir a mi casa. Era el mismo día que había sido a las 6 de la mañana, ni más claro ni más oscuro, el sol y la luna seguían ausentes. No recordaba si en el camino entre la universidad y mi casa había algún café en el cual podría sentarme un rato a esperar a que el día finalmente se diera por vencido y cediera su paso ante la oscuridad de la noche. Por lo menos así tendría la certeza de que no me encontraba viviendo en un mundo en el que alguien hubiera olvidado girar la perilla del tiempo.

Luego de unos minutos de estar caminando, vi un local que parecía ser un café, o eso creía yo. Era un local común y corriente frente a una avenida principal en la que no pasaban carros, a pesar de que era, supuestamente, hora pico. Llamó mi atención que, el local, visto desde afuera parecía estar en una hora distinta a la que era afuera, pues tenía todas las luces encendidas a pesar de que no era de noche… ni de día. El pesado y denso rocío seguía ambientando la escena, era insoportable.

No dudé más y entré. Ya adentro, noté que la decoración era simple y anacrónica, el local estaba cubierto con pósteres de distintas épocas y de distintos colores; algunos me eran conocidos, otros no. Los espacios de pared que no estaban cubiertos se veían desgastados, aunque de forma deliberada pues hacían juego con el resto de la decoración del lugar. El espacio era cuadrado; a lo largo de las paredes y ventanas del lugar había una tabla de madera a la altura del pecho que hacía las veces de mesa, sobre la cual los asistentes apoyaban sus vasos, platos, abrigos, sombreros, o simplemente la usaban para apoyarse mientras hablaban en pequeños grupos. Todos tenían en su mano una copa con lo que parecía ser champán, aunque no estaba seguro.

El ambiente era fraternal. Si bien daba la impresión de que muchos de los asistentes se habían conocido apenas unas horas antes, parecían una cofradía adherida por el cariño que se siente por los amigos con quienes se ha bebido toda una vida. Yo me sentía como un fantasma en el sueño de otra persona. No tenía idea cómo había logrado entrar allí, tal vez alguien había dejado alguna puerta mal cerrada. Era consciente de que no debía estar en ese lugar, sin embargo, no quería llamar la atención ya que no estaba seguro de cuáles serían las consecuencias de mi impertinencia. Preferí no tomar nada y simplemente procedí a sentarme en un sillón de cuero verde oliva oscuro en una de las esquinas del lugar, en el que nadie parecía estar interesado.

Sentía que el tiempo corría más rápido que de costumbre, y mientras tanto yo seguía sentado en el sofá verde oliva. Era una posición privilegiada ahora que lo pienso, pues podía ver todo lo que pasaba en el lugar, mientras que nadie miraba mi esquina. Allí sentado vi debates, vi peleas, vi lo que parecía ser el amanecer de un amor, también vi cómo algunas parejas discutían entre ellas con gestos de una última pelea, vi a los cófrades tomar, comer, perder, ganar. Todo parecía pasar en esas cuatro paredes.

En la esquina contraria a la que yo estaba, justo frente a mí, había dos sillones iguales al mío, en los que estaban sentadas dos personas, un hombre en el de la derecha y una mujer en el de la izquierda. No me había percatado de su presencia, pues era casi imposible verlos a través de todas las personas que estaban en la mitad. Sin embargo, presentía que ellos sí habían notado que yo estaba allí, en su espacio, sobrando. El hombre me miraba fijamente sin siquiera pestañear, tenía la cara sobria aunque sus ojos se notaban un poco cansados. Pasaron unos minutos, o algunas horas, y el seguía imperturbable. La mujer se había cambiado de sillón; ahora estaba sentada sobre las piernas de su pareja, y su boca besaba su cuello.

Embebida, como en éxtasis, empezó a devorar a su pareja, como la madre que devora a su cría enferma porque sabe de antemano que su enfermedad le traerá padecimientos mayores. Él, igual de digno y con la mirada puesta sobre mí, no se movía mientras su pareja acababa con su existencia a mordiscos. Parecía ser consciente de que se trataba de un mal necesario. La escena no era vulgar o asquerosa, ella consumía a su pareja de una forma respetuosa y elegante, pero incisiva y constante. Sólo descansaba unos segundos para limpiarse los labios con un pañuelo de seda morado que tenía en su mano derecha. Los asistentes veían la escena sin intervenir, ellos también parecían estar conscientes de que era lo que debía suceder. A medida que ella avanzaba en su empresa, los asistentes fueron terminando sus bebidas y empezaban a alistarse para salir del lugar, como si los anfitriones de la fiesta hubieran decidido irse a dormir, y era hora de que los invitados se marcharan.

Poco antes de que terminara aquel ritual, del que por error había sido testigo, decidí salir tan rápido como pude del local. No quería saber qué pasaría después. Afuera, la oscuridad de la noche había caído más negra que de costumbre, y los carros en la avenida principal atormentaban mi existencia con sus luces y sus bocinas. No había una estrella en el firmamento.

Me fui caminando para mi casa pensando que había sido un día extraño, o tal vez el extraño era yo.