Un Jueves Cualquiera

Mientras trabajaba tranquilamente el día de hoy, como otro jueves cualquiera, recibí un correo electrónico que anunciaba el acaecimiento de un terremoto en la ciudad. Me llamó la atención la capacidad predictiva del remitente, pues de los desastres naturales tal vez el menos predecible es el terremoto. Noté que el remitente del correo había incluido como destinatarios a una cantidad importante de personas, quienes muy seguramente se encontraban, como yo, trabajando tranquilamente un jueves cualquiera.

Me llamó la atención, además, el hecho de que el correo incluía la hora exacta en que habría de ocurrir la sacudida, 11:00 AM. Aunque de golpe no le di mayor importancia al mensaje, preferí leerlo completo; debo confesar que de un tiempo acá he despertado un sospechoso interés en los anuncios proféticos, en particular aquellos que vaticinan el fin del mundo. En fin, ahí estaba yo un jueves cualquiera leyendo el augurio sobre la ocurrencia de un temblor en la ciudad.

Interesado en el correo, lo leí completo. Al terminar de leerlo, entendí que aquel pronóstico que se presentaba en principio como inexorable, se trataba realmente de un simple anuncio de un simulacro de terremoto, el cual buscaba evaluar el nivel de preparación de los habitantes de la ciudad ante una situación de emergencia, de las que nadie se salva. Pese a lo anterior, no pude dejar de pensar en la ficticia invasión alienígena de Orson Welles que el 30 de octubre de 1938 mantuvo en pánico a los habitantes de Nueva York.

La idea de estar en la mitad de un gran terremoto me hizo visualizar en diversos escenarios, todos trágicos, lejos del espacio físico en el que realmente me encontraba ese jueves cualquiera. Mientras mi imaginación me revolcaba en olas asesinas, me tostaba en incendios implacables, me hacía volar en el ojo de un huracán mitológico, una estridente alarma me jaló a la realidad. Ese sonido indicaba que el simulacro había empezado. La profecía se estaba cumpliendo.

Todos nos levantamos de nuestros puestos, apagamos los computadores, cogimos nuestros abrigos y empezamos a salir parsimoniosamente de las respectivas oficinas. Cuando estábamos a punto de echar llave a la puerta principal, una de las compañeras gritó que no la cerraran. Debe ser que las recomendaciones obligan a no cerrar las puertas con seguro en situaciones de emergencia, pensé.

¡No! – dijo- se nos está olvidando apagar la greca del café y apagar todas las luces.

Mientras bajaba las escaleras del edificio, oí a una señora diciéndole a otra con voz trémula que desde que supo que el jueves habría un simulacro de terremoto había tenido el presentimiento de que algo malo pasaría. Enseguida se me vino a la mente, como señal de un mal presagio, uno de los cuentos peregrinos de García Márquez que cuenta la historia de un pueblo que resulta devastado por un incendio provocado por el descuido de sus habitantes, quienes el mal presentimiento de una vieja del pueblo los hizo entrar en pánico.

Al parecer el mal presagio es amigo de la mala hora, pues la señora no había terminado de contarle a su amiga su extraño presentimiento cuando resbaló por las escaleras golpeándose repetidas veces la cabeza con los escalones que le hacían falta para llegar al primer piso. El estrecho espacio de las escaleras se hacía más angosto a medida que ríos de personas bajaban impotentes, sin poder ayudar a la señora, mientras eran arroyadas por la corriente humana. Las personas sólo alcanzaban a ver la cara inconsciente de la señora, con su cabeza maltrecha y bañada de sangre. Su amiga, todavía en shock por la fatídica coincidencia, hiperventilaba mientras trataba de revivir a su compañera a punta de golpes incoherentes en el pecho.

Cuando pensé que el panorama no podía ser más caótico de lo que era, un pelirrojo que trabaja en el quinto piso bajaba las escaleras afanosamente tropezando a todo aquel que interrumpiera su paso. El bermejo iba gritando y sudando como si estuviera sufriendo de un delirium tremens. Algo me impedía moverme, estaba como clavado al piso. Sin embargo, de un momento a otro tuve la sensación de estar levitando en una dimensión distinta a la de los demás, a quienes podía ver pero no escuchar.

De repente sentí cómo de un golpe volví a la realidad. Estela, mi compañera de escritorio me sacudía gentilmente para sacarme del ensimismamiento en el que me encontraba. Con su voz ronca pero austera me decía que saliera rápido que el simulacro había comenzado, todos estaban en la puerta y ella se había devuelto para apagar la greca del café y asegurarse de que todas las luces estuvieran apagadas.

Había comenzado el simulacro un jueves cualquiera.

Medias Negras

2 de enero de 1993

Igual que todos los dos de enero de todos los años de los que tenga conciencia, éste no es la excepción… la misma disyuntiva de todos los principios de año, los mismos propósitos, las mismas promesas, la misma resaca, la misma insoportable pensadera. De nada valió mi intención de cambiarlo todo y comenzar de nuevo del año anterior; por una extraña fuerza superior a mí, volví a encausarme en el mismo arroyo ineluctable de todos los años que me arrastra con su corriente y me vomita siempre en el mismo lugar en el que comencé.

Ayer, 1 de enero a las 11:45 de la mañana, estaba yo todavía con la intención de cambiarlo todo. Todavía con los efectos de la fiesta de fin de año, a la altura de la Carrera Primera con Sociedad Portuaria tuve una revelación, me había buscado y yo la había encontrado, estaba vestida con medias negras, bufanda de cuadros y mini falda azul. Con su pequeña carterita color dorado intentaba infructuosamente parar un bus que la llevara a cualquier lado lejos de allí. De repente volteó y me encontró, como si me conociera de toda la vida se me abalanzó y me dijo “¿tienes fuego?”.

Mientras prendía su cigarrillo cruzamos dos, tres, cuatro, no sé cuantas palabras, y en algún momento de la conversación disparó sin que lo viera venir “y si me invitaras a cenar”. ¿A “cenar”? pero si apenas era mediodía. Esa expresión, junto con un acento que no parecía extranjero pero tampoco local, me hizo sospechar que mi extraña amiga no era de estos parajes. Sin embargo no dije nada. Además, ya conocía yo más de una local radicada en Taganga en busca de marido extranjero que gracias a sus andanzas, hoy en día hablaban fluido el inglés, francés e italiano, algunas tanto que mientras esperaban la venida de su mister azul, se ganaban la vida enseñando idiomas en los colegios cercanos.

Como en aras de cambiarlo todo estaba, y todo se había desarrollado de manera tan fluida, decidí dejarme llevar por el capricho de un destino aburrido, y a su sugerencia de ir a “cenar”, contesté: “A dónde vamos rubia”.

 “A donde tú me lleves” replicó.

Así que fuimos caminando hasta mi casa, un pequeño apartamentito cerca de donde estábamos. Mientras caminábamos, entre pregunta y pregunta nos fuimos conociendo, y poco a poco me daba cuenta de que por fin había comenzado a cambiarlo todo; hasta el camino más largo se empieza con un simple paso pensé. Llegamos, y sin nada de vergüenza le dije que no había nada especial que comer. Con una sonrisa ramplona, como tratándome de decir sin decirlo que comía para no morir de hambre, se encogió de hombros y dijo que cualquier cosa estaría perfecto. Entonces, seguro de no decepcionarla con una mala comida, recalenté una sopa, vino tinto, pan y salchichón. Comimos como si fuera todo un manjar.

A la segunda copa me preguntó, sin rubor en sus mejillas y sin mácula en su conciencia, “qué hacemos con la ropa”. Me preguntó que qué hacíamos con la ropa, a mí que tenía horas sin una sola prenda de ropa encima, a mí que no tengo más religión que un cuerpo de mujer, a mí, a mí, a mí, por Dios. Nos olvidamos de todo y al cuello de una nube nos colgamos. Colgados duramos todo el resto de ese día, y yo sentía que mi vida había empezado a cambiar, había logrado llevar a cabo lo que tenia planeando hacía tantos años, increíble pero cierto. Mi año había comenzado como lo había planeado. Había llegado la hora de cumplir mis propósitos trasnochados.

Todo había cambiado, este idilio era inconcebible sin la intervención de alguna fuerza superior a nuestras débiles voluntades. Estaba en mi cama con los ojos abiertos, no podía creer lo que había vivido, todavía no estaba del todo convencido de la buena fortuna que había traído consigo el año 93. Qué gran año será éste.

Decidí no pensar más en eso, mal que bien, había empezado a cambiarlo todo. Sólo tenía que disfrutarlo. Desde el año pasado no dormía, así que, pensado en mi futuro con una sonrisa morada pintada en los labios gracias al vino tinto, quedé profundo.

Era 2 de enero, el sol me había despertado. Me encontré abrazando la ausencia de su cuerpo en mi colchón. No podía creerlo, tenía que ser un juego. Debía haber ido por cigarrillos, o por más vino. Sí, más vino. Me levanté de mi cama sabiendo claramente lo que pasaba, pero quería hacerme el guevón hasta el último momento. Se había ido, sin rastro, aunque no sola, se había llevado consigo mi billetera y mi computador… y claro, mi corazón.

Todo había vuelto a ser como antes, todo cambió y todo volvió a ser como antes. Me dejó con la misma disyuntiva, los mismos propósitos, las mismas promesas, la misma resaca y las mismas ganas, de todos los principios de año, de cambiarlo todo.

P.D. Este breve cuento está inspirado y basado en la canción Medias Negras del gran artista español Joaquín Sabina.

 “Estas vísperas son las de después” J.S.

La Felicidad Paralela

Nunca había sido capaz de hablar de su felicidad con nadie en sus cuarenta y dos años de vida, y no esperaba comenzar a hacerlo ahora. Si bien era propensa a compartir su vida con las amigas y amigos que consideraba cercanos, sus confidencias nunca giraron alrededor de temas relacionados con las dudas o decisiones que tuvieran que ver con su felicidad.

Para ella, sus confidencias en relación con la felicidad se reducían a dudas, qué más sino eso, dudas.

Desde su niñez había tenido una idea bastante bien formada respecto de que su finalidad en la vida era ser feliz; sin embargo, a medida que crecía, el concepto de felicidad iba tomando distintos matices y dimensiones, al igual que las dudas alrededor del mismo. Así, mientras en su adolescencia su felicidad y las confidencias alrededor de ésta giraban en torno a situaciones menos trascendentales como por ejemplo su relación con el novio de turno, en su vida adulta las inquietudes en relación con su felicidad tenían que ver con qué tipo de persona quería ser el resto de su vida.

Cuando decidía compartir alguna confidencia con sus amigos era porque tenía una opinión previamente formada y la decisión ya tomada. En relación con ese tipo de confidencias, sus amigos cumplían la función de termómetro de las consecuencias que tal o cual decisión traería consigo. Se había convertido ella misma en juez y parte para este tipo de confidencias, pero jamás le tembló la mano para condenarse cuando se hallaba culpable.


La Madre

Una vez se escoge el rumbo que se desea, lo que sigue a continuación son un conjunto de decisiones sistemáticas en aras de conseguirlo. No podía recordar exactamente cuándo tomó la decisión sobre el rumbo de su felicidad, pero allí estaba viviendo lo que soñó.

Y se preguntó nuevamente, ¿soy feliz? Tengo un hogar, tengo un esposo, amo a mis hijos, pero ¿soy feliz? No se atrevía a preguntárselo tan decididamente pues no quería sentir desagradecimiento con la vida, ya realmente había obtenido todo lo que había soñado. Sin embargo, la rigurosidad propia le exigía preguntárselo. ¿Esto es la felicidad? ¿Acaso ya la encontré? Se sentía al interior de una paradoja, ¿Estaré atrapada en mi felicidad y condenada a ella?

En ese momento le volvieron las dudas que había tenido durante la época en la que decidió el rumbo que tomaría su vida en aras de su felicidad, y que nunca compartió con sus amigos. Se recordaba más inteligente de lo que se había recordado siempre, con más iniciativa, más diligente, se recordaba mejor de lo que se sentía. Se consideraba capaz de cualquier cosa que se propusiera. Se visionó siendo la física química exitosa que quiso ser algún día, y que cedió su paso a la madre que hoy era. También exitosa, pero no era suficiente. Quería más.


La Profesional  

Lo había logrado. Era la profesional que siempre había soñado y por lo cual había sacrificado cosas que tenía y otras que nunca llegaría a tener. Sin embargo, esa fue la decisión que tomó, la felicidad que buscó y encontró.

¿Era feliz?

Su felicidad se ha convertido en su desdicha, pues no reemplazaba la voz que en ocasiones la visitaba y le recordaba que había otro camino. ¿Qué había en aquel camino? ¿Habría encontrado allí una fuente capaz de quitarle la sed de la duda que hoy la estaba ahogando? Jamás lo sabría, o ¿tal vez sí? Podría renunciar a su felicidad.

Pese a ser un científico, los rezagos de la crianza católica cobraban sus réditos. Cada vez que pensaba en el otro camino, se sentía despreciando su felicidad actual, y la atacaba el sentimiento de culpa tan católico tan católico.

¿Sería buena madre? ¿Sería buena esposa? Manejaría su casa con el mismo rigor el que maneja su carrera, y la haría igual de feliz. Sería feliz… ¿Más de lo que era ahora?

Había comprobado su capacidad desde el punto de vista académico y profesional, pero ¿qué tal madre sería? Estaba segura que para ser madre no requiere la misma inteligencia que se necesita para estudiar física, se necesita otro tipo de inteligencia, una menos obvia. Tendría ella la inteligencia que las madres necesitan. Quería creer que sí. Quería más.


La duda siguió sonando cada vez más duro y con más eco dentro de su cabeza, y sin poder confiarla a sus amigos. Ya estaba muy vieja para eso.

Pensaba que la física algún día comprobaría la existencia de otra dimensión en la que existamos, y estaremos nosotros viviendo nuestra vida, pero caminando el camino que alguna vez desechamos… El otro camino.

El señor de Fátima

Entre los años 1916 y 1917, mientras Europa servía de escenario a la Gran Guerra, en un pequeño pueblo de Portugal llamado Fátima, tres niños pastores experimentaron una serie de extrañas apariciones de un ángel denominado el Ángel de la Paz, y de la Virgen María; la más célebre de ellas ocurrida el 13 de mayo de 1917. Casi 100 años después, en el año 2014, me encontraba yo en el mismísimo lugar en el que la Virgen y el Ángel de la Paz habían visitado a los tres pastorcitos. En Cova de Iria, sí, como la canción.

Debo confesar que el primer sorprendido de estar en esas fui yo. Quien visita el pueblo de Fátima lo hace con la única y exclusiva intención de adorar a la Virgen María. Aunque hoy puedo afirmar que me alegró haber ido, no es normal en mí programar viajes a sitios de culto. Lo digo sin ánimo de ofender, y aunque me considero “creyente”, seamos sinceros, la mayoría de las personas (me incluyo) que visitan lugares religiosos lo hacen porque éstos tienen –además del atractivo religioso- algún otro atractivo adicional como el artístico, gastronómico, arquitectónico o histórico. Nadie (o casi nadie) visita algún sitio en particular con la única y exclusiva intención de elevar una plegaria desde allí.

En fin, por cosas de la vida terminé yo planillado en un viaje al pueblo de Fátima con el único objetivo de visitar los lugares donde la Virgen María había hecho su aparición, y elevar una plegaria desde allí. Como el viaje estaba programado con una anticipación razonable, me dio tiempo para averiguar si aquél pequeño pueblo tenía atracciones distintas a las religiosas que me permitieran ampliar el espectro de mi visita. Mi pequeña indagación ratificó lo que ya intuía, no había nada adicional para ver, comer o hacer en el pueblo de Fátima. Sin embargo, de la investigación había algo que había llamado mi atención desde un punto de vista, digamos, “narrativo” más que religioso: la historia de los niños pastores.

Tres niñitos, Lucía, Jacinta y Francisco, afirmaron haber sido visitados en reiteradas ocasiones por dos entidades que resultaron siendo, según ellos mismos alegaron, nada más y nada menos que un ángel autodenominado el Ángel de la Paz y la Virgen María. Si no fuera por el hecho de que el mayor de los niños tenía 10 años para entonces, uno podría pensar que todo se trataba de una farsa bien estructurada por alguien mayor. Las visitas divinas no estuvieron exentas de drama e intriga pues el 13 de mayo de 1917, día en que se produjo la última visita de la Virgen, más de 70.000 personas (en su mayoría no religiosas) vieron “el sol bailar” en lo que después se denominaría como el “milagro del sol”. Adicionalmente, los niños pastores afirmaron que la Virgen había enviado a través de ellos una serie de mensajes al mundo, y también que les había confiado un “secreto” que años después revelaría Lucía al Papa Juan Pablo II. Entre las cosas que la Virgen les reveló a los pastorcitos, estuvo el vaticinio de la temprana muerte de dos de ellos (Jacinta y Francisco), quienes, en efecto, murieron menos de tres años después de la aparición.

El hecho de visitar el lugar donde había ocurrido esta apasionante historia, que tiene todos los elementos de un thriller hollywoodense me hicieron sentir como si estuviera viviendo en carne propia un capítulo de algún libro de Dan Brown.

Al llegar a Fátima, un poco nervioso por causa de mi entusiasmo, me dirigí a los lugares en los cuales los pastorcitos afirmaron haber sido visitados por el Ángel de la Paz y la Virgen María, para luego visitar sus casas y conocer así un poco más de la intrigante historia. Tengo que confesar que si bien desde el punto de vista religioso me sentía satisfecho para entonces, desde el punto de vista “narrativo” me sentía un poco frustrado pues no me había encontrado hasta el momento nada “raro” que me aportara elementos de juicio adicionales para alimentar más la historia de los pastorcitos de la que había leído.

Con la pesadez de la frustración sobre mis hombros, decidí apartarme del grupo con el que estaba y dirigirme a una casa cercana, diagonal a la casa de Francisco (uno de los pastorcitos), la cual tenía la puerta abierta y dejaba ver que la habían adecuado como un café. Luego de saludar a la dueña, ordené un café negro y sin azúcar, como el que usualmente me tomo. Con el vaso casero lleno de café caliente en la mano, me senté en la única mesa exterior que tenía la casa-café, ubicada en plena acera peatonal. Me senté en una de las dos sillas que acompañaban la mesa; la otra silla era ocupada por un señor mayor.

El señor estaba bien vestido aunque no se veía elegante o pretencioso. Vestía un pantalón oscuro entre gris y azul, una camisa blanca con delgadas líneas verticales, un saco de lana color vino tinto y una chaqueta de un color gris más claro que el pantalón. Tenía un bastón y unos anteojos con marco café que sostenían un par de lentes gruesos que daban un efecto de desproporción a sus ojos cuando miraba de frente. Aunque tenía cara amable, no respondió a mi saludo cuando me senté a su lado. Parecía ignorar el mundo exterior y solo atender al mundo de su cabeza. Miraba pausada pero constantemente a cada lado, como si esperara a alguien. Luego de unos minutos de estar allí, sentado a su lado, el señor volteó, me miró de pies a cabeza y me preguntó sin casi moverse si era mi primera vez en Fátima, a lo que respondí con un “sí señor, es mi primera vez”. En ese momento pensaba que probablemente sería también mi última, pero no dije nada más.

Dijo a continuación que él, en cambio, tenía 66 años de estar visitando el pueblo de Fátima. Aunque hablaba claro, no pude adivinar de dónde era su acento. Siguió hablando sin esperar mis respuestas en una especie de monólogo. El señor mencionó que no visitaba Fátima para adorar a la Virgen, a pesar de que creía en ella. Dijo, sin que yo le preguntara, que lo que le fascinaba de ese pueblo era el poder de atracción que tenía. Se preguntó en voz alta si es la fe de las personas la que reviste de poderes a una persona, lugar o algún objeto, o es la persona, el lugar o el objeto el que por sus poderes hace nacer la fe en las personas. Cualquiera que sea la forma como funcione, este lugar tiene algo de mágico, concluyó.

Mientras lo oía, en mi cabeza repasaba con cuidado cada una de sus palabras tratando de descifrar para dónde iba con toda esa argumentación. No me quedaba claro si el señor creía en Dios o no. No pude aguantar más y le pregunté: “¿Ese poder que menciona usted es Dios?”. Me miró con esos ojos engrandecidos por el aumento de los lentes y sonrió. ¿Cuál es la diferencia? dijo. Y siguió, piensa en las sensaciones que despierta en las personas el poder del arte. Acaso ¿es más poderosa la sensación que produce una pintura figurativa que aquella producida por una pintura abstracta? O Acaso, ¿son distintas?, ¿una más fuerte que la otra? No creo.

Lo que importa es la fe, o para nuestro ejemplo la emoción que despierta la obra, bien sea abstracta o figurativa. ¿Entiendes? Me preguntó. Aunque no estaba seguro de haber entendido entonces, respondí que sí. Estaba seguro que si hubiera respondido negativamente lo habría desincentivado, y simplemente me hubiera perdido su argumentación que empezaba a entretenerme. La fe es el efecto de una obra indescifrable, una obra entre abstracta y figurativa, como las obras que tú debes conocer como expresionismo. Como las obras de aquellos artistas que buscan ilustrar la música o los sentimientos, dijo.

Para ese momento, ya había olvidado a los pastorcitos y me sentía viviendo mi propia aparición, sólo que el protagonista de la misma no era un ser etéreo, sino de carne y hueso, viejo, sí, pero vivo. El señor no estaba dispuesto a callarse y yo no estaba dispuesto a dejarlo de escuchar, así que sin interrumpirlo me levanté rápidamente para ir a llenar mi vaso con más café. Mientras la agraciada dueña del local llenaba mi vaso, le pregunté si el señor estaba acompañado o estaba solo, pues yo estaría más que dispuesto a acompañarlo hasta donde estuviera quedándose. Con una sonrisa en sus labios, como si supiera algo que yo desconociera, y con una ternura en su mirada me dijo: ¿“cuál señor”?

La paz mía y la de mi padre

Desde que el tema del proceso de paz con la guerrilla de las FARC comenzó a estar en boga nuevamente en Colombia, mi padre y yo hemos tenido no pocas conversaciones sobre este particular. Nuestras discusiones nunca giran alrededor del fin, la paz que todo el país anhela, sino sobre los medios para conseguirla, pues mientras él está de acuerdo con un proceso en el que todas las partes se sienten como iguales a conciliar diferencias, yo tengo dudas de que un gobierno legítimo sea equiparable a una guerrilla ilegal, con poco poder militar y nulo poder político. A pesar de que considero que son grandes nuestras diferencias respecto al método, son aún más grandes nuestras coincidencias respecto a la finalidad, la paz.

Cómo podemos estar mi padre y yo en orillas tan opuestas. Cómo es posible que a pesar de ser padre e hijo y vivir bajo un mismo techo, tengamos visiones tan distintas.

Pues bien, yo nací a principios de los años 80 del siglo pasado. Una década en la que las fuerzas guerrilleras en Colombia pasaban de la ideología a la acción criminal, y en la que nuestro país pasaba de ser un país de cultivadores de hoja de coca, a un país de carteles y capos colombianos que controlaban no solo el cultivo, sino el transporte y la distribución mundial del narcótico. Estos dos fenómenos sociales pronto se convirtieron en uno solo, guerrillas y narcos trabajaban ahora de la mano en el negocio de la droga, y se apoyaban para asestar “golpes” conjuntos al Gobierno, como ocurrió en la toma del palacio de justicia.

Pronto el país conoció los secuestros, las pescas milagrosas, las bombas, voladuras de puentes y torres eléctricas, los asesinatos, las torturas, los niños en la guerra, y una cantidad adicional de atrocidades, que fueron degradando a pasos agigantados la otrora imagen romántica y casi heroica de las guerrillas. El actuar criminal de las guerrillas y los carteles de la droga había tomado una nueva dimensión, al punto que eran ahora considerados terroristas sin fundamento ideológico alguno. Catalogar a las guerrillas colombianas como “terroristas” no es un tema semántico, es un tema de fondo, pues el terrorista no lucha para conseguir una reivindicación social o política, sino que su interés es el de infundir temor a la población a través de un actuar criminal. Los terroristas no tienen nacionalidad, es igual de terrorista el guerrillero que voló el edificio del Club el Nogal que los yihadistas de Al Qaeda que derribaron las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Con los terroristas el tema es distinto, con los terroristas no se negocia, a los terroristas se les busca y se les elimina. Punto. Como a un tumor maligno.

Ese fue el contexto que ayudó a perfilar y darle finalmente la forma siniestra a la imagen que yo, y todos los de mi generación, tenemos hoy de las guerrillas colombianas.

Mi padre por su parte, nació a finales de la década de los años 40 del siglo pasado, pocos años después del final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el mundo intentaba reponerse de los estragos de la guerra y Estados Unidos se consolidaba como el nuevo imperio. Nació el año en que Jorge Eliecer Gaitán, seguro presidente de Colombia, fue asesinado por Juan Roa Sierra, lo cual generó protestas y desórdenes en Bogotá y otras ciudades, dando origen a una cruenta guerra partidista (entre liberales y conservadores) que después se denominaría la época de la Violencia, y que terminaría con el Frente Nacional.

El mundo de mi padre fue distinto. Él vio cómo el mundo se dividía en dos, en capitalistas y comunistas, entre la derecha y la izquierda, cada uno con sus razones, con sus verdades y con sus mentiras. Vivió la Guerra Fría, a los barbudos llegar al poder en Cuba, vio la guerra de Vietnam y los movimientos de amor y paz. Vio también nacer en Colombia movimientos ideológicos de izquierda que pedían reivindicaciones para el pueblo, lo cual sonaba entonces y aun hoy lógico y apenas justo; sin embargo, su forma de llegar al poder no sería a través de los caminos de la legalidad y la democracia, sino de la clandestinidad y las armas. Ellos tendrían sus razones.

Vio en la universidad un mundo distinto al mío. Vio como muchachos de su edad, de diversas estirpes sociales y orígenes, se declaraban indignados con el statu quo. Seguro sintió admiración por ellos, y seguramente también le dieron ganas de luchar con pasión e ideología por un mundo distinto, por un mundo mejor. Claro que también vio a los movimientos guerrilleros colombianos degenerarse y perder el rumbo ideológico, pero su andar le hace convencerse de que algún rezago ideológico y de querer un mundo mejor debe quedar.

En fin, solo entendiendo estos dos trasfondos individuales se puede entender que dos personas, padre e hijo, viviendo bajo un solo techo vean una misma cosa de manera distinta. Mientras para mí ceder en este proceso es perder algo que teníamos, para él es ganar algo que habíamos perdido, o que nunca hemos tenido. Gracias a que todavía quedan personas de la generación de mi padre, es que una paz negociada como la que se está planteando es posible; una generación que todavía vea, así sea de manera difusa, a una guerrilla con algo de ideología y no solamente como meros terroristas. Si no se logra la paz en este intento, dudo mucho que ese mismo escenario se repita en el futuro con una generación, que como la mía, ve en la guerrilla unos locos criminales. Sin ideología, romanticismo ni mística. Ojalá mi padre tenga razón.

Memento Mori

El dolor en la boca del estómago, como llaman a los dolores en la zona ubicada justo debajo del esternón, había logrado finalmente despertarlo más temprano que de costumbre. La tenue y grisácea luz que se filtraba a través de la persiana de su habitación le hizo caer en la cuenta de que en realidad era más temprano de lo que había imaginado. Quería seguir durmiendo, pero el sueño había sido reemplazado por ese extraño dolor que intermitente pero sistemáticamente le mortificaba.

Era domingo, y como de costumbre, no tenía nada que hacer; hacía varios años que había dejado de asistir a la misa dominical, que por tantos años había frecuentado de muy buena gana. Desde hacía un tiempo se había convencido de que Dios únicamente intervenía en la vida mundana para contribuir a realizar cambios realmente significativos, como iniciar una guerra mundial, hacer brotar una epidemia, o realizar una gran invención con potencialidad de cambiar la vida de toda la población. Como estaba seguro de que no estaba llamado a hacer parte de momento trascendental alguno, pensaba que era mejor no Molestarlo, y literalmente dejar los santos quietos.

El dolor continuaba, iba y volvía, intermitentemente. Pensó que comer algo le haría bien. No había pasado una hora desde que había despertado, y ya estaba bañado y cambiando. El único lugar donde podría desayunar a esa hora era el viejo café de la Calle Copenhague, en donde podría tomarse un café recién preparado y un pan de queso recalentado. Justo antes de salir de su casa, una casona blanca de estilo republicano ubicada en la Carrera 8 con Calle 45, vio a través de la ventana rectangular ubicada al lado derecho de la puerta, a un hombre agachado de espaldas acariciando a un perro que se había tumbado en el antiguo jardín, cuya raza no pudo divisar. No pudo ignorar el hecho de que el perro estaba echado en el preciso lugar donde su madre cultivaba las rosas blancas, que en sus últimos días de vida se habían convertido en su única preocupación.

Pensó que sería mejor esperar a que los visitantes se marcharan para salir y evitar así cualquier interacción no deseada, pero el dolor en su estómago le hizo recapacitar. La mezcla de hambre y dolor le ayudó a abrir la puerta grande y descolorida, y salir de la casona sin levantar siquiera la mirada, simulando no haberse percatado de que unos extraños habían invadido su propiedad. Mientras atravesaba el jardín con paso acelerado y la cabeza gacha, el viejo, dueño del perro, levantó la mirada y con una voz que le sonó familiar dijo algo que no pudo entender. Solo esperaba que al volver no estuvieran allí.

“El Checo”, como llamaban en el barrio al dueño del Café Copenhague, y quien lo conocía desde que era apenas un párvulo, le preparó un desayuno especial con café, huevos y pan recién preparado, que tuvo en él un efecto milagroso. El dolor se había esfumado.

No había notado cuán desgastada estaba su casa. Desde la esquina izquierda de la casona pudo advertir que su visitante se había marchado; frente a lo cual no pudo contener una sonrisa liberadora, que muy rápidamente desencadenó una carcajada idiota. Se sentía extraño riendo, pero no podía evitarlo. Al pasar la verja de la casa que daba paso al jardín, se topó de frente con el perro que había estado sentado sobre el recuerdo de su madre, y que ahora se había echado ante la puerta grande y descolorida.

Al verlo de frente pudo notar que no era un perro, no era tampoco un animal que hubiera visto antes. No tuvo que esperar mucho, sabía lo que era, o eso creía. Evocó aquellos libros antiguos con olor a rosas disecadas escritos en griego que su abuela Danae le regalaba cada año, y que tenía que leer con el diccionario griego-español que le había dado en su primer cumpleaños. Estaba seguro que se trataba de uno de esos personajes fabulosos que tanto lo fascinaron durante su niñez, y que de vez en cuando lo visitaban en sus sueños. ¿Estaría soñando?

Era el Can cerbero. Por alguna razón que no lograba entender, no estaba sorprendido de verlo tomar forma física. Ver ese ser mitológico enorme y soberbio con cuerpo de mástil, tres cabezas y cola de serpiente, estaba lejos de asustarlo. Por el contrario, la majestuosidad y el señorío con que movía cada centímetro de su organismo, le trasmitían un sentimiento de confianza y respeto, a la vez que una sensación de insignificancia y pequeñez. Qué pequeño soy, pensó.

De qué lado de la puerta estaría. Se preguntaba al ver de frente a ese ser que lo miraba con sus seis ojos que parecían cincuenta. Sin sentir miedo, experimentó un memento mori, que lo hizo visualizase en una pintura de Ensor, confrontando la muerte hecha hombre. Aun así no sentía miedo. El Can cerbero solo movía sus cabezas de manera circular sin hacer ningún sonido. Veía cómo los ojos de este ser hermoso se calvaban en él, y lo traspasaban, trasmitiendo por esa vía su mensaje. El dolor en la boca del estómago había vuelto.

No pudo evitar pensar en El Principito. Tal vez sería el mismo ser trasfigurado, y él, aquel piloto en el desierto. Igual de pequeño.

P.D. Les comparto la foto del Can Cerbero

Tomada desde la ventana de mi casa

Tomada desde la ventana de mi casa

… Pero antes una selfie

No hace falta explicar lo que significa la expresión “selfie”. Todos tenemos más que claro lo que significa e inclusive hemos sido protagonistas de unas cuantas. Las “selfies” están revolucionando el mundo, y claro, no faltan los “científicos” que nos inundan con sus análisis en relación con las personas que protagonizan este estilo de fotos. Valga la pena aclarar que me referiré a las “sefies” como si se tratara de una palabra de género femenino sólo por comodidad, ya que ni es palabra ni tiene género.

Volviendo al tema, decía que no son pocos los escritos que abordan el tema de las “selfies”, y en particular, los que hacen extensos análisis psiquiátricos, sociológicos, psicológicos, etc., sobre las personas que se toman “selfies”. Los análisis que se hacen por supuesto no son nada halagadores, al parecer detrás de una inocente “selfie” hay trastornos de la personalidad, complejo de inferioridad, escasez de seguridad, y el que no podía faltar, el análisis freudiano que ve en estas personas alguna expresión de perversión sexual.

Es posible que todos tengan un poco de razón, y que detrás de una foto se pueda advertir un asomo de todo eso que dicen, pero aun así las “selfies” siguen inundando el mundo. Y seamos sinceros, nos gustan, las “selfies” nos gustan. Acéptenlo. Mujeres, ahora que nadie las está viendo pueden sincerarse con ustedes mismas (tú puedes), y confirmarnos si es o no cierto que cuando están a solas con ese teléfono la mano se calienta, les vibra, el  lente las llama, los colores se acentúan, la ropa se encoje y por detrás suena ese perreo intenso que saca esa loba que llevan dentro, y sin más espera click click click y otra más click, tome su “selfie” carajo. Así, como por arte de magia nacen a la vida esas mágicas fotos de las mujeres y sus bocas como si estuvieran aullando a la luna (algunas lo están), o con esos pelos “espontáneamente” desordenados en la cara, o con esas miradas matadoras, o, las que más me gustan, con esos yines apretados que hacen juego con esas camisas escasas.

Es cierto que los hombres también lo hacemos, lo acepto, pero nunca con esa gracia, con ese garbo, con ese estilacho tex-mex de las mujeres. Las “selfies” de los hombres son más tranquilas, más adustas, más áridas si se me permite la expresión. Más aburridas. Claro que hay hombres que nos hacen quedar mal, y pido perdón en nombre de ellos. Perdón por las “selfies” musculosas, por las demasiado “delicadas”, o por aquellas de amor excesivo, perdón, en serio.

Psicológicamente está demostrado que las “selfies” nos ayudan a conectarnos con nosotros mismos, con ese yo interno, esa voz que en las mañanas nos habla y nos dice que tenemos que informarle al mundo que ha llegado un nuevo día, que nos hemos levantado, esa vocecilla que nos obliga a tomarnos una foto con la pijama transparente y el ombligo afuera. Bendecidos y bendecidas.

Las “selfies” tienen un gran poder, una energía liberadora, y por eso están revolucionando el mundo. Las “selfies” tienen, dicen los expertos, tres efectos: el primero, y alrededor del cual giran los otros dos, consistente en hacer que las personas se sientan más altas, más fuertes, más guapas, con un je ne se quoi como dirían los franceses. El segundo efecto, muy relacionado con el primero repito, es el de la generosidad, hace que aquel que se tome una “selfie” sienta la imperiosa necesidad de compartirla con todo el mundo y publicarla en cuanta red social exista. Es por eso que muchas veces vemos la misma foto de nuestra amiga (todos tenemos esa amiga) en Instagram, Facebook, Twitter, Snapchat, y claro, en el perfil del Whatsaap. El tercer y último efecto, con un alto grado de mística, consiste en un profundo sentimiento de gratitud que embarga al que se toma una foto de este tipo. Aquel que se toma una “selfie” es poseído por una gratitud infinita, gratitud con Dios, con el mundo, con la vida, y claro esto hace que todos esos protagonistas de “selfies” se declaren “bendecidos” y/o “bendecidas”; es curioso, pero liberador, de verdad, háganlo y verán.

En fin, está comprobado que son más las cosas buenas que trae consigo las “selfies” que las malas. Cuál es el problema si con ellas delatamos algún desquicio menor, o algún alter ego reggeatonero; no pasa nada, no hay problema. Lo realmente importante, y por eso las “selfies” están revolucionando el mundo, es que una simple foto hace que las personas se sientan un poco más felices con un simple click. Eso, eso sí es revolucionario, y por eso el mundo seguirá inundándose de “selfies”… y con ellas, de bendecidos y bendecidas.

Tu Hijo, el Héroe de Guerra

Stalingrado 8 de noviembre 1942

Querida madre

No hallo manera distinta de empezar esta carta sino yendo directo al grano. La suerte de Alemania, la tuya y la mía están echadas y decididas. Temo lo peor. En el este las cosas no marchan bien, el invierno se acerca y los suministros escasean. La toma de Stalingrado es una quimera, los soviéticos han iniciado una ofensiva por el noroeste y oeste de la ciudad, donde dependemos de los italianos y rumanos. Unas sabandijas sin voluntad. En el Norte de África el octavo ejército de las fuerzas aliadas comandadas por Montgomery avanza sin que Rommel pueda hacer mayor cosa, y el desembarco aliado en Argel y Orán ha tomado por sorpresa al alto mando alemán, quienes impotentes no pueden más que lamentarse. El panorama no es nada halagüeño.

Qué será de mí madre ahora que todo está perdido, que el tiempo se agota, que las oportunidades se acaban. Que será de mí madre. Y de ti. No me malentiendas madre, no hablo de mí como ente físico, tangible, espacial; NO, me refiero a mí desde un punto de vista metafísico, a mí como depositario de un propósito más noble, más grande, más sublime que el de disparar un fusil o escapar de una muerte que hoy se antoja caprichosa. No temo mi muerte madre, a veces la ansío; no temo la prisión, temo sí morir por dentro, aunque ya poco queda de mí. Recuerdas madre, cómo inició mi vida como soldado. ¿Lo recuerdas? Lo hice para complacerte, aunque tal decisión no era contraria a mi voluntad entonces. ¿Por qué no? parecía la decisión correcta. Tú podrías tener tu héroe de guerra familiar y yo podría encontrar un destino, una finalidad, y de paso, de pronto, ser feliz. ¿Por qué no? Vaya tarea madre, tu felicidad y la mía sobre mis hombros.

La guerra pronto acabará madre y he fracasado como héroe de guerra y como buscador de felicidad. Un fracaso más madre. Dos fracasos perdón, perdón madre. No me sorprende mi fracaso, mis fracasos; a ti tampoco. Lo sabes. Desde el inicio sabía que la única manera de convertirme en héroe en esta guerra era morir en ella. Y estaba dispuesto a hacerlo, aun lo estoy. Al menos tú serías feliz, tendrías tu héroe de guerra. Te dolería mi muerte madre, claro que te dolería, pero la imagen de tu heroico hijo te consolaría, te gustaría, terminarías amándola, amándome, amándote.

No morí madre, aunque lo intenté. Lo juro madre, lo intenté. No podía suicidarme, no hay héroes suicidas, a menos que se inmolen en aras de un propósito mayor, más grande, más sublime. Mi causa, tu felicidad, sólo sería sublime para mí, ni siquiera para ti; aun así no cumpliría mi finalidad.

He pensado madre que podría hacerme pasar por un compañero muerto en combate, de esa manera tú tendrías tu héroe y yo tendría más tiempo para encontrar mi felicidad; pero qué haríamos entonces con la familia del difunto redivivo, él sería yo y yo sería él. Tu hijo habrá muerto en combate como un héroe de guerra, y aquella madre estaría feliz de saber que la guerra ha terminado sin que le notificaran la muerte de su hijo, pero dónde está su hijo. Sería yo madre, tu hijo, quien por hacerte feliz a ti y por ganar tiempo para buscar mi felicidad, sacrificaría la de una madre que tal vez no quiera un héroe de guerra, sino a su hijo de vuelta a casa.

No lo sé madre, tal vez podría ir hasta donde la madre de mi compañero y hacerme pasar por él. Tal vez el deseo de creer que su hijo ha vuelto de una guerra tan cruenta para el cuerpo y para el alma sea mayor que la idea de tener un hijo muerto, e ignore el hecho de que no soy él. Tal vez madre pueda ser mejor hijo con esa madre que lo fui contigo. Y tal vez madre, solo tal vez, pueda yo ser feliz.

Espero no tener que mandar esta carta madre. Espero mejor, morir como un héroe de guerra.

Tu hijo

Exordio

Hace algún tiempo decidí que volvería a escribir… Ah y también a tomar fotos.

  • “Lo de las fotos está más fácil”, me dijo mi amiga experta en redes sociales, “para eso crearon Instagram” sentenció.

Para escribir me dijo que podía recurrir a Twitter, que ella con frases “cursis” ya contaba con tantos seguidores que podrían llenar un estadio. “La gente si es cursi ah” dijo como al aire (y mirando hacia arriba como en éxtasis) esperando una respuesta mía que nunca llegó.

Pero cómo voy a escribir cuentos y artículos de 140 letras. “Caracteres, en las redes sociales se llaman caracteres”, me corrigió un poco molesta.   “Caracteres” repuse. Cómo voy a escribir cuentos o todas las maricadas que yo escribo en 140 “CARACTERES”, lo dije despacio y en un buen tono.

  • Pues mijito, entonces le tocará abrir un blog. Ahí puedes escribir lo que quieras y subir las fotos que quieras.

En ese momento como por arte de magia empezó a sonar en mi cabeza una música celestial como en las películas cuando algo revelador ocurre… por fin había llegado el momento de saber exactamente qué era un blog. Ya lo había oído antes claro, inclusive tengo amigos que tienen su blog, pero jamás había sabido a ciencia cierta qué era.

-Yo tengo el mío, es divertido (dijo sonriendo). Pero requiere disciplina (dejó de sonreír), si quieres que la gente lea tus escritos y mire tus fotos tienes que fijarte una periodicidad para tus entradas y amarrártela al pie como un grillete medieval (ya en este punto terminaba las frases mostrándome sus dientes incisivos). Debes también definir de qué vas a escribir, tienes que tener una temática ya que tus lectores serán una especie de comunidad.

Perfecto, creo que podré hacerlo le dije, me dije. Si bien estaba decidido a hacerlo, estaba un poco asustado no solo por la actitud amenazante que había tomado mi amiga, que era como la de un padre que recibe al novio de la hija en su casa por primera vez, sino por el mundo en el que al parecer tocaba sumergirse. “Blog”, “comunidad”, “entradas”, “CARACTERES”… cualquier palabra mundana, adquiría un nuevo significado y nueva dimensión en el mundo de las redes sociales.

No le veo problema a la periodicidad, le dije. Si me toca escoger un día de la semana para hacer mis “entradas” (mi amiga alzó la ceja derecha mientras me oía utilizando adecuadamente mi vieja nueva palabra), escogeré el jueves. “No sé, tiene personalidad” aseguré.

  • Listo, a mí también me gusta el jueves, dijo como aprobando mi decisión. Inclusive uno que otro jueves puedes hacer un #tbt

Sabía que #tbt significaba algo en mi recién conocido mundillo cibernético pero ya en ese momento estaba un poco saturado para preguntar, así que decidí ignorarla.

-“Recapitulemos” dijo mi amiga con cara de profesora. “Cómo será tu blog?” Me inquirió.

Será un blog semanal, con tres secciones: uno para cuentos cortos, uno para fotos con historia y otro para blogs, donde escribiré sobre lo divino y lo humano, como dicen las revistas de peluquería. Ya irá cogiendo forma le dije. Esta vez era yo el que miraba hacia arriba como en éxtasis.

  • Y como se llamará papito, tiene que tener un nombre

Caimán Cienaguero, sí, se llamará Caimán Cienaguero, le dije.

  • Fatal, dijo mi amiga. Y se fue.

Caperucita y el Polvo Feroz

Lo que empieza mal, termina mal. No podía dejar de escuchar en su cabeza la voz de su madre repitiendo esa expresión una y otra vez. Lo que empieza mal, termina mal. Una y otra vez. Lo que empieza mal, termina mal. Una y otra vez. Lo que empieza mal, termina mal.

El sentimiento de culpa no le había permitido pegar el ojo en toda la noche, sentía que había cometido la mayor traición que puede cometerse, la auto traición. Se había vuelto su mismo verdugo, y lo peor es que había matado a la mejor versión de ella misma, de Caperuza Rodríguez Copete, “Caperucita”, como le decían desde niña. Ahora sólo quedaba lo peor de ella, era un desecho, una menudencia humana. Su único consuelo –paradójicamente- era su sentimiento de culpa, el hecho de saber que en su cabeza había espacio aun para la vergüenza era un indicio de que no todo estaba muerto. Ese sentimiento de culpa sería su bastón, y se aferraría a él aun sabiendo que se agarraba a un clavo ardiendo y enclenque.

Eran ya las 4:04 AM del domingo 31 de junio, y hacía algo más de tres horas había salido por la ventana de la habitación de la casa de la abuela de Caperuza, donde ésta dormía, Aroldo Peñate Cuevas, “el Lobo”, luego de haber tenido sexo con ella por cerca de una hora. Antes de salir por la ventana, Caperuza le dijo con voz serena pero firme que jamás volverían a verse, le dijo que su relación, si pudiera llamársele así, había llegado a su fin. Al escuchar esto, el Lobo, sentado en la ventana con una pierna afuera y la otra adentro, se detuvo un segundo y sin decir nada continuó con su huida.

La angustia que sentía Caperucita no se debía al hecho de haber tenido sexo con el Lobo, ya eso a los 14 años no debía ser motivo de misterio alguno, según ella misma decía a sus amigas. Su congoja se debía al hecho de que había tenido sexo pese a no querer hacerlo, había accedido a todo lo que el Lobo le había pedido sin protesta y de buena gana, aunque en su interior no lo quisiese. “Las putas por lo menos lo hacen por dinero, a mí nadie me obligó” decía en voz alta con la almohada pequeña de seda blanca pegada en su cara para que nadie la escuchara.

5:17 AM. Caperuza seguía despierta. Vio su teléfono celular iluminarse y vibrar. Era un mensaje del Lobo. “Jamás podrás dejarme perra” escribió, y a continuación le envió una foto de los dos teniendo sexo en un mensaje posterior. Pareciera que los mensajes la hubieran hecho reaccionar, y una vez los hubo leído los eliminó, y procedió a cambiarse; había dormido encuera. Se puso su camiseta blanca sin mangas y con cuello en forma de u, su falda y sus sandalias. Buscó por unos minutos su ropa interior, hasta que suspendió la búsqueda luego de recordar la primera vez que tuvo sexo con el Lobo, cuando le prometió que le regalaría las bragas que tuviera puestas cada vez que tuvieran sexo. No buscó más. Salió de la casa de su abuela con los ojos hinchados, meditabunda y sin interiores.

Para llegar a su casa desde la casa de su abuela debía atravesar el parque rectangular del conjunto residencial en dirección norte sur. El Conjunto Residencial “el Bosque”, donde había vivido desde que tenía uso de razón, era un conjunto de edificios de tres pisos de alto con dos apartamentos por piso, construido en los años ochenta. Cuando llegó hasta su casa abrió la puerta, que no tenía seguro, y se dirigió hasta su cuarto aprovechando que sus padres no se habían despertado aún.

Con la misma ropa que tenía, y aún sin calzones, se metió en su cama. Con la excusa de que era el último día de vacaciones, logró quedarse metida en su cama sin salir de su cuarto durante todo el día y toda la noche sin levantar sospecha. Acostada en su cama, arropada con su sobrecama rosado pensaba en la posibilidad de suicidarse. Con una buena dosis de drama y patetismo se repetía mentalmente que sólo duraría un segundo liberarse de ese tormento, luego del cual todo sería perfecto. Bajo los efectos de la explosiva combinación de depresión y melodrama escribió su carta de despedida, en la cual explicaba los motivos que la habían llevado a tomar la decisión de acabar con su vida, incluyendo las razones por las cuales consideraba que el suicidio era la mejor alternativa aun para sus padres, a quienes liberaba de tener que padecer el sufrimiento de ver a su única hija expuesta al mundo mientras tenía sexo con el Lobo. Su método de suicidio sería tomar todas las pastillas del frasco de tranquilizantes de su madre y dejarse ahogar en la tina de baño de su cuarto; de esa manera sus padres no tendrían que encontrarla cubierta de sangre o ahorcada, como hubiera ocurrido en las demás alternativas de suicidio que alcanzó a contemplar.

Lo haría al día siguiente, al regreso de su primer día de clases luego de unas largas vacaciones. Se aseguró de guardar su carta en el mismo lugar donde guardaba las cartas que el Lobo le mandaba, en las cuales éste le expresaba su amor en una mezcla de amenazas y agresividad. Debajo del televisor que nunca prendía.

 Al día siguiente, con la misma decisión con la que se había acostado, Caperuza se levantó como rutinariamente lo hacía, desayunó con sus padres, y se fue al colegio a lo que sería su primer y último día. A su madre le extrañó la actitud amable y comunicativa que tenía su Caperucita ese día. No era normal en ella. Su día en el colegio transcurrió bajo cierta normalidad. De hecho, había sido un día más feliz de lo que normalmente eran, fue la conclusión que sacó Caperuza durante el camino de regreso a casa, aunque esto no había afectado para nada su decisión.

Apenas llegó del colegio a su casa, con una extraña exaltación que no podía catalogar como buena o mala, subió las escaleras y entró a su habitación. “No puede ser”, el grito rompió el silencio imperante y se oyó en todo el Bosque. Al entrar a su cuarto había encontrado el frasco de tranquilizantes tirado vacío en el suelo, su carta arrugada al lado, la puerta de su baño abierta, y en su cabeza solo podía escuchar la voz de su madre repetir una y otra vez: lo que empieza mal, termina mal. Lo que empieza mal, termina mal. Lo que empieza mal, termina mal.