De filas y iPhone 6

Desde que tengo uso de razón he sido consciente de mi extraña fascinación, casi adicción, por las filas. Es una adicción extraña lo confieso, pero inofensiva y no del todo mala. Cada fila son mínimo dos personas nuevas que conozco (la de adelante y la de atrás obvio), en ocasiones recibo cupones y promociones gratis, también he visto películas y obras que resultaron siendo muy interesantes y pintorescas. Cada fila para mí es como un mes del año, y así como éstos pasan y uno va coleccionado años, así mismo yo colecciono filas.

La fila de ayer debió ser mi quinceañero.

El día era perfecto para caminar, había sol pero no calor, había brisa pero no frío, y lo más importante, no tenía nada que hacer. Así pues, sin intención de dirigirme hacia algún lado específico, salí a caminar. Luego de caminar por algo más de dos horas, empezaba a caer el sol en la ciudad. Pensé que era buen momento para parar en algún lado y tomarme un café, o un vaso de agua, no sabía exactamente qué quería. Mientras hago la fila decido, me dije.

Antes de entrar a un café cercano me llamó la atención la cantidad de gente recostada contra una pared en lo que parecía una fila, una súper fila, con sillas, carpas, botellas de agua personales, frazadas, ventiladores, etc. Pregunté inmediatamente a uno de los meseros del café sobre lo que había llamado mi atención, quien me contestó que esas personas estaban haciendo fila frente a la tienda Apple para comprar el nuevo iPhone 6 que salía al mercado el día siguiente.

Publicada por The Guardian http://www.theguardian.com/technology/gallery/2014/sep/19/apple-queue-iphone-6-plus-store-in-pictures

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Al confirmarme que se trataba de una fila, empezó mi lucha interna. Al final todos los esfuerzos fueron vanos. Ahí iba yo segundos después a sumergirme en esa fila de gente, en su mayoría asiáticos (chinos, para nosotros todos son chinos).  Al preguntar en voz alta por el último de la fila no obtuve respuesta alguna, todos estaban ensimismados en sus vetustos iPhone 5s. Nadie hablaba con nadie. No había necesidad alguna de socializar, eran todos autosostenibles; para hacer amigos tenían sus “comunidades” en la red; para sobrevivir cada uno de ellos tenía su silla, carpa, frazada, agua, comida, y por su puesto tenían su iPhone 5s con su respectivo cargador.

Publicada por The Guardian

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Luego de estar allí por algún tiempo finalmente alguien me mira, lo cual en ese escenario es poco común. No era chino, era, según mis cálculos, hindú. Al verme desorientado decide hablarme y hablamos. Me explicó que estaba allí por negocio, pero que todos los demás eran “geeks” (así los llamó), que despreciaban el contacto humano. Dijo que todo lo hacían desde su celular, que inclusive tenían “relaciones estables” en la red, y lo más probable era que entre todos hubiera más de una “pareja” que ni siquiera se conocieran personalmente.

En ese preciso momento uno de esos “geeks” levantó la mirada luego de un sonido de su celular, al parecer tenía menos de 20% de batería. Decidido a conocer uno de esos extraños personajes salté de mi puesto y me hice a su lado. No recuerdo cómo comenzamos a hablar pero unos minutos después estábamos en una extraña conversación sobre tecnología. De vez en cuando le disparaba a mi nuevo amigo dardos con preguntas más “humanas” a ver si en efecto lo era, o era simplemente se trataba de una creación de Samsung enviada para sabotear a Apple.

Mi amigo “geek” miró nuevamente su teléfono, le quedaba menos de 10% de batería, pero aun así seguimos hablando. Lentamente a nuestra conversación se fueron uniendo más y más “participantes”. Varios de ellos resultaron siendo “pareja” (tal como había vaticinado mi amigo hindú), otros resultaron siendo primos, vecinos, y ni siquiera sabían. A medida que la noche caía, la fluidez de conversación mejoraba y los participantes seguían aumentando. Los “geeks” olvidaron sus celulares, compartieron sus botellas de agua, hablaron de sus familias, revelaron sus verdaderas identidades, reían entre ellos. Me parecía estar viviendo la escena del libro El Perfume cuando Grenouille, su protagonista, destapa su perfume y toda la muchedumbre presente embriagada por la fragancia de amor se revuelca amorosa en una gran orgía pública.

No sé en qué momento me quedé dormido, pero me desperté alrededor de las 6:45 AM algo desorientado. Todos mis compañeros de fila seguían allí, todavía hablando y compartiendo unos con otros. No podía dejar de sentirme el creador del nuevo mundo de estos “geeks”, y sonreí.

Minutos después, de la misma manera como la serpiente tentó a Eva, la tienda abrió sus puertas de par en par y los iPhone 6, como la manzana en el Paraíso, estaban a la altura de la mano. Al ver esto, mis amigos “geeks” olvidaron todo lo que recién conocían, y como autómatas enterraron sus cabezas en sus iPhone 5s y se perdieron entre los caudales de gente que entraba a la tienda. Todos salían tal como habían entrado, solo que esta vez  sus cabezas enterradas veían un iPhone 6.

Ya sin fila qué seguir, me fui de allí caminando algo triste y sin amigos nuevos, sin cupones, sin películas, y por supuesto sin el nuevo iPhone 6.

El día aquél

Creí que no volvería jamás sobre mis pasos, que nunca más pasaría por esas calles tan estáticas, tan ajenas, tan mías, tan llenas de recuerdos que al volver a recorrerlas siento que me miran como si fueran conscientes de todo lo que pasa sobre ellas. “Nunca más”, no puedo evitar recordar el cuervo del poema de Poe cada vez que repito esas dos palabras, nunca más; sí, creí que nunca más pasaría por esas moles de concreto cargadas de recuerdos.

Al hacerlo, al recorrer estos callejones lentamente, siento cómo vuelven a mí todos los recuerdos que hoy hacen parte de mi pasado. Por supuesto, también recuerdo El día aquél, ese día que durante mucho tiempo intenté infructuosamente olvidar, y que es el verdadero motivo por el cual he vuelto nuevamente a estas calles estrechas y mustias.

Jueves…sí, definitivamente hoy es jueves, como El día aquél. Y como El día aquél, la capital está cubierta con su permanente manta de nubes grises cargadas de agua, que se yerguen amenazantes sobre la ciudad. Son las 11:00 AM, y el cielo nublado refleja una realidad distinta, la poca luz que logra atravesar las nubes grises es tan tenue que parece que fuera el final de la tarde, las viejas edificaciones del centro de la ciudad, aunque sin sombra por la escasa iluminación, adquieren un color más intenso.

Mientras camino parsimoniosamente por el callejón estrecho y oscuro rodeado de edificios coloniales, tengo la sensación de estar viviendo algo ya vivido, estoy experimentando eso que los franceses llaman un “déjà vu”. A diferencia de un déjà vu normal, en esta ocasión sé perfectamente cuándo ocurrió esto que creo estar viviendo nuevamente. Fue El día aquél, sólo que en aquella ocasión venía caminando del lado contrario. De repente siento que el frío decembrino se incrusta en mis manos, cierro mis dos puños dentro de los bolsillos del abrigo negro de siempre, e instintivamente subo la mirada y me veo venir.

Sí, soy yo, sólo que unos años más joven, soy el mismo que el del El día aquél. Al mirarnos, yo el de ahora, y yo el de antes, quedamos petrificados sin saber qué estaba pasando, me mira mientras me saco las manos del bolsillo del abrigo, y veo cómo sus facciones, mis facciones, cambian. El día aquél es hoy, sólo que en aquella ocasión yo era el impávido y el otro yo, el del futuro si cabe esta descripción, era quien actuaba con naturalidad.

Como aquella vez, yo y mi otro yo seguimos caminando hasta que nos hallamos uno frente al otro sin decirnos nada escrutándonos en silencio, nos reconocemos mutuamente, el destino nuevamente se mofa de mí, de nosotros. Como El día aquél, yo tomo la palabra y me digo a mí, al más joven, que no tiene de qué preocuparse, que esto ya había pasado antes y seguramente volvería a pasar, era como despertar de un sueño en el que soñaba que estaba despertando de un sueño en el que soñaba que estaba despertando de un sueño, y así sucesivamente.

Como me sucedió a mí, yo, el de ahora, comencé a explicarle al de antes qué estaba pasando, le repito que no hay de qué preocuparse, y que ya puede dejar de tener las dudas que sé que tiene sobre su futuro, le digo cuál es el camino que debe escoger y qué cosas debe evitar, decido darle todas las herramientas para ser feliz. La conversación duró alrededor de una hora, eran las 12:15 PM y el manto de nubes había mermado un poco, los rayos del sol desesperados tratan de filtrarse por las nubes ahora mermadas. Termino la conversación con una palmada en la espalda que fue mía hace unos años y sigo caminando contento, con la satisfacción del deber cumplido. Sigo caminando y de repente recuerdo cómo me había sentido yo El día aquél, la confusión, la soledad, el sentimiento de saber que todo hace parte de un libreto prefabricado. Cuando quise volver a decirme a mí mismo, al yo de antes, que olvidara lo dicho y que viviera como quisiese su vida mi vida, ya era muy tarde, El día aquél había terminado, y me hallé viviendo nuevamente el día de hoy.