Puro Cuento

La Curiosidad de la Hormiga

El hecho de ser una hormiga no debe impedirme escribir lo que siento, lo que pienso.

Si antes me sentía minúscula en un mundo de gigantes, ahora me siento realmente pequeña, fugaz, casi inexistente… pero feliz.

Las hormigas somos muchas cosas a la vez. Somos buenas compañeras, comprometidas y  trabajadoras sin importar el género. En este mundo cuasi subterráneo no tenemos las prevenciones del mundo de la superficie, del mundo superficial. También somos familiares, valoramos el trabajo en grupo y nos sentimos cómodas con las reglas que hemos, o que nos han sido implantadas genéticamente (es raro utilizar el verbo im-plantar cuando eres una hormiga. Disculpen, es un chiste interno).

Como les decía, las hormigas somos muchas cosas. No somos de todo, por supuesto; también NO somos muchas otras cosas más. Yo pertenezco a una especie de hormiga considerada por los especialistas en catalogar, como de estructura permanente. Para ponerlo en lenguaje superficial (otro chiste interno), no soy del tipo de especie de hormigas consideradas nómadas. Nosotras, una vez encontramos un espacio acorde con nuestras necesidades, establecemos allí nuestra colonia, nuestro hormiguero. Vale anotar que a pesar de pasar gran parte del tiempo en la superficie, realmente vivimos debajo de ella; no podríamos catalogarnos como superficiales, por lo menos no todo el tiempo (…).

Esta predisposición genética que acompaña a las hormigas de mi género, nos hace NO ser, entre otras cosas, curiosas. Curiosas por saber qué hay más allá de nuestras antenas. Cuando salimos de nuestro hormiguero, lo hacemos con un fin específico. Salimos para buscar comida, para buscar herramientas con las cuales podamos mejorar las condiciones de nuestras no superficiales vidas, o bien cuando necesitamos defendernos de alguna amenaza. No nos dejamos matar por la simple curiosidad, que alguna vez mató a un gato; es algo que sencillamente no está en nuestro áspero ADN. Sin ella, sin la curiosidad, hemos vivido y sin ella moriremos. Al fin y al cabo no la necesitamos para ser felices. Acá en la colonia tenemos todo lo que podríamos llegar a querer. Y algo que no queremos, es ser curiosos. Al menos eso creía yo.

Saber que hemos nacido, viviremos y habremos de morir en un mismo lugar nos vuelve en ocasiones un poco soberbias. Esa soberbia se explica por el hecho de saberlo todo. O creer saberlo todo. Me explico… hormigas como yo sabemos de dónde vinimos, dónde estamos y también sabemos para dónde vamos; así sepamos de antemano que no vamos para lado alguno… físicamente por lo menos. Conocemos los límites de nuestra colonia, las familias que la habitan, conocemos las reglas que la gobiernan, sabemos cuándo nos establecimos en este preciso lugar, y también podemos llegar a saber hasta cuándo estaremos acá. El conocimiento está al alcance de nuestras antenas.

Antes de tomar la decisión sobre qué tipo de hormiga queremos ser, nos enseñan los diferentes tipos de oficios disponibles en la colonia. Nos enseñan la mística de las hormigas trabajadoras, la pasión y compromiso de las guerreras, la paciencia de las hormigas reinas, entre otros más oficios disponibles. En el proceso de explorar el menú de opciones de vida que se nos ofrece, nos hacen visualizarnos realizando cada uno de ellos, todos muy importantes y sin los cuales nuestra colonia no permanecería en pie. Aunque estemos debajo de la tierra.

A pesar de existir diferentes “alternativas” de vida disponibles para una hormiga, sabemos de antemano cuál será el fin de la historia, independientemente de nuestra elección. La historia se repite una y otra vez, de generación en generación. Esa certeza de saber de antemano el final de la historia, de toparse de frente con la luz al final del túnel, nos vuelve soberbias. El hecho de saber que sabemos todo, incluso nuestro futuro, nos llena todos los espacios de nuestro endeble cuerpo de soberbia.

Luego de haber deducido esto que les acabo de escribir, concluí que la humildad no existe, lo que existe es la ausencia de soberbia. Cuando sabemos que no lo sabemos todo, nos volvemos humildes; la humildad no es un sentimiento natural, es impuesto por el hecho de tomar consciencia de que otros saben lo que yo desconozco, de que existen cosas que superan mi limitado conocimiento. Cuando esto ocurre, la soberbia, tan natural de nosotros las hormigas, es asfixiada por la humildad.

Ese raciocinio, real o no para ustedes los humanos, pero bastante real para una hormiga como yo, me hizo considerar la curiosidad como un medio para huir de las garras de la soberbia. La curiosidad será el medio mediante el cual lograré tener la certeza de no saber nada, me dije; al ser consciente de mi ignorancia, la soberbia me abandonará, y habré entonces abonado el terreno para que la humildad me posea. Esa búsqueda de la humildad se tornó desde entonces en mi profesión, en mi fin, en mi razón de existir.

Sabía que la curiosidad era el medio para conseguirla. Pero cómo despertar una curiosidad tan ajena a las hormigas, y por ende a mí. Ser una hormiga trabajadora, guerrera, reproductora o de cualquier otro tipo demanda sacrificio, tiempo y compromiso. Por qué no habría de requerir sacrificio, tiempo y compromiso llegar a ser una hormiga humilde. La decisión estaba tomada. Me volvería una hormiga curiosa en busca de una humildad que me era extraña.

Tomar consciencia de la decisión que había tomado, me hizo sentir como Bilbo Bolsón, cuando resolvió emprender su aventura en búsqueda del tesoro robado por Smaug, el dragón. O como El Principito cuando decidió abandonar su pequeño planeta para visitar otros, aprovechando la migración de una bandada de pájaros silvestres. Estarán preguntándose como una hormiga como yo, que vive en un mundo cuasi subterráneo, conoce las historias de Bilbo Bolsón y El Principito, tan propias del mundo de la superficie, del mundo superficial. Pues sepan que acá abajo se escucha todo lo que se habla allá arriba, así que sólo me bastó agudizar mis antenas para escuchar la voz de un pequeño humano que solía recostarse sobre el árbol de los tallos grandes todas las tardes, mientras leía todo tipos de libros que relataban historias de humanos.

La curiosidad me llevó a salir de la colonia, la que conocía y en la que vivía. Contarles por escrito mi experiencia en la superficie, implicaría volverme una hormiga escritora, y esa no es una alternativa posible en un mundo como el mío.

Lo que sí puedo tratar de explicar es el resultado.

Allá, en la superficie, tomé consciencia sobre el hecho de que el hormiguero en el que vivo, es un hormiguero más; que nosotras, las hormigas de estructura permanente, somos unas hormigas más; que estamos en medio de un gran bosque, dentro del cual hay millones de árboles, millones de piedras, y millones de colonias de hormigas. Y aun así, este gran bosque es un bosque más. Nuestros grandes problemas, aquellos que nos atormentan el alma de hormigas, se desvanecen ante los grandes problemas de los demás, y todos, lo nuestros y los de los otros, pasan a ser un problema más. Cada segundo, nace y muere algún ser viviente, cada segundo se olvida el nombre de una gran hormiga, de un gran venado, de un gran tigre. Todos pasan a ser uno más.

Puedes hacer algo que nunca nadie haya hecho, pero debes tener la certeza que lo hecho será superado por alguien más, quien entonces habrá conseguido lo que nadie nunca había logrado, ni tú, quien para entonces probablemente estarás viviendo debajo de la superficie, no como una hormiga como yo, sino como parte de la tierra misma. Así como otros más lo han hecho, y otros muchos también lo harán.

¡Claro que cabalgué sobre el lomo de la curiosidad! Y claro que encontré la certeza que buscaba. La certeza de no saber nada. La certeza de ser aún más minúscula de lo que pensaba, en un mundo de gigantes; de ser más fugaz, casi inexistente… pero feliz.

Luego de haber encontrado la certeza que buscaba, volví al hormiguero con la humildad de no saber nada.

Cuento corto y malo como la vida

Trotando sobre el hirsuto dorso de la tierra tropezóme la mariposa, meteórica de bellos colores, alas gemelas y antenas inquietas

                   Esa corta vida al vuelo se posó ante mí, chequeando y chequeando de un lado al otro

                                               El sumiso y cacofónico sonido del trote ambientaba el amorío entre la mariposa y yo

Ansioso esperaba el momento que cansada cayera en mi mano para recibir mi aliento

                      De alegre y ligero existir hacía gala mi amiga mientras desgastado corría y corría, yo, sobre el dorso de la tierra

                                               Por completo sin aliento me encontré pensando en el pronto abandono

 Al fin… la mariposa en mi mano se posó, y con ojos raros mirándome desfalleció

                       Su último suspiro ante mí dio

                                                                         antes de caer sin vida dejándome desesperanzado y solo

Sus alas gemelas cerradas estaban y con leve musito me dijeron

                                                             que los últimos minutos de la vida de un día de la mariposa, los pasó siguiendo mi paso

 Un desconocido que trotaba sobre el hirsuto dorso de la tierra

De Qué Mueren Los Hombres Sanos

Un poco nostálgico, un poco triste, temeroso; no sabía realmente lo que sentía y tampoco lograba encasillar el sentimiento en alguno de los que hasta ahora conocía.

Eso, un sentimiento inefable era lo que había sentido al llegar al Hospital Municipal de ese pueblo que ya casi había olvidado, ese centro hospitalario donde había jurado jamás volver. Al verlo de frente, parado desde la antigua Tienda del Cachaco que aun se mantenía intacta como una fotografía, lo vio en toda su desolada y colonial extensión.

No podía creer tampoco que hubiera vuelto a la Tienda del Cachaco, donde todas las noches de turno iba a fumarse un cigarrillo y tomarse un “tintico”, un trago de aguardiente servido en un pocillo tintero que le devolvía el alma al cuerpo y le daba fuerzas para poder soportar el parsimonioso paso del tiempo. Hacía un poco menos de 60 años que esos dos sitios, la Tienda y el Hospital, fueron durante su año rural su única casa. Fue precisamente en ese año, cuando había cerrado los libros de medicina para finalmente practicarla, que enfrentó a la mortal epidemia de la pobreza y la corrupción. Ver cómo la gente moría en ese hospital olvidado por no haber siquiera una simple gasa con qué curar una herida. Desde entonces, había decidido no volver a practicar la medicina jamás.

Ahí estaba, frente a su Hospital y su Tienda 60 años después. Estaba seguro que ese rincón de malos recuerdos le aportaría uno más a la colección; pero qué más podía hacer, no estaba allí por gusto. Antes de entrar al Hospital decidió pasar por la Tienda del Cachaco para saludar y zamparse un “tintico”, que seguía cumpliendo su cometido.

Se dirigió directamente a la habitación donde estaba internado el único amigo que le quedaba, y cuya muerte realmente lamentaría con toda sus fuerzas. Cuando se llega a determinada edad, se empieza a ver de cerca la presencia de la muerte encarnada en cada entierro al que se asiste; el dolor que causa ver morir al amigo es transfigurado por puro y físico miedo. Miedo a ser el próximo de la fila.

Cuando llamaron a contarle que habían hospitalizado a Mardoqueo por una mudez repentina supo que la vaina era grave. Conociendo como conocía a su amigo, sabía que cuando éste callaba era para no gritar; lo había visto callado muy pocas veces y en muy lamentables situaciones. Ni siquiera cuando dormía se callaba, las peroratas que armaba dormido lo habían obligado a vivir solo, hasta el día de su matrimonio con Tranquilina, una linda morena banqueña de movimientos cadenciosos que sufría del mismo mal de hablar dormida.

Tranquilina, la esposa de Mardoqueo, al ver cómo su marido había dejado de hablar de un momento a otro, no dudó un segundo en llevarlo de urgencia al Hospital. Efectivamente, tal como lo sospechaba, el silencio en Mardoqueo era prueba fehaciente de que estaba muriendo. Tranquilina decidió llamar a los únicos dos amigos que le conocía a su marido luego de setenta y pico años de matrimonio. El médico que nunca ejerció, Pascual Ovalle, y el único arquitecto del pueblo, Gonzalo Heredia, quien de hecho jamás se había graduado como tal. Únicamente había hecho cuatro semestres de arquitectura en la Universidad Pública de Barranquilla.

Eran las cuatro de la tarde. La brisa fresca que bajaba de la Sierra no era suficiente para vencer el calor pegachento del sol de agosto, que hacía sudar a chorros. Pascual Ovalle, el médico que nunca ejerció, había llegado de último al hospital; ya estaban en la habitación marcada con el número uno, su amigo de infancia Gonzalo Heredia, Tranquilina y el mustio Mardoqueo. La pequeña habitación número uno, era la única en todo el hospital que tenía aire acondicionado. El cuartico estrecho estaba pintado de color verde pastel de la mitad para arriba, y de color gris de la mitad para abajo. Tenía una camilla reclinable, escoltada por el tubo que servía para sostener la bolsa de suero, un sofá de cuerina beige al lado derecho, un televisor al que solo le entraba un canal y el aire acondicionado que tronaba como un avión, lo cual obligaba a poner el televisor a todo volumen como estrategia para neutralizar el insoportable sonido del aire. Lo único con aspecto mas o menos moderno de aquel estrecho recinto, era la imagen hecha en yeso de la Virgen de la Milagrosa, que se erigía sobre el cabecero de la enclenque camilla.

Los recién llegados encontraron a Mardoqueo dormido de una manera tan profunda que ninguno pudo evitar visualizarse yaciendo en su respectivo lecho mortal de la misma manera. No quisieron despertarlo, y por el contrario aprovecharon el tiempo para que Tranquilina les echara el cuento de la tragedia.

Ella, con la misma pasividad con la que había oído a su marido los últimos 71 años de su vida, les dijo que a “Maqueco”, como cariñosamente le decía a su esposo, se le habían acabado las palabras. En ese momento les confesó sin una lágrima en sus ojos, que esa mudez no era sino el preludio de una muerte silenciosa. Los dos amigos al ver el ecuánime temperamento de la mujer que tenían en frente, ni siquiera se molestaron en refutar nada. Cuando llegué al hospital -continuó la esposa-, le hicieron todos los exámenes habidos y por haber. Un joven médico que esa tarde se encontraba de turno me dijo que Mardoqueo tenía cáncer, pero que ni siquiera me tomara la molestia de preocuparme, porque el cáncer de mi esposo ya había hecho metástasis y había invadido todo el cuerpo. Y así, sin más, el joven médico se retiró de la habitación luego de soltarme semejante bomba, con la tranquilidad que se siente luego de una explosión ensordecedora. El jovencito de bata blanca siguió su camino como un estafeta de la muerte.

Lo que no se lograba explicar Tranquilina, y así se lo expresó al joven médico, era por qué si su esposo tenía metástasis, jamás se quejó nunca de molestia alguna, y solo tres semanas atrás se le había manifestado a través de una repentina pérdida del habla. La respuesta del párvulo galeno fue directa y sin emoción de ningún tipo, “lo que pasa, señora, es que la metástasis de su marido, por alguna razón, no ha llegado al corazón; su marido, a pesar de su edad, tiene un corazón fuerte y vigoroso, como el de un adolescente. Mejor dicho, siguió el médico, es como si se estuviera muriendo estando en perfecto estado de salud. Su mudez, por otro lado, se debe a que el cáncer al parecer había comenzado en las cuerdas vocales, de las cuales ya nada queda, se han consumido.”

  • “Para lo único que le sirvió a Mardoqueo llevar una vida de ejercicio y comida sana, era para pelear con la muerte una batalla ya perdida”, sentenció Tranquilina.
  • “Cómo se muere la gente estando sana” dijo mirando para arriba tratando de buscar una respuesta mientras miraba a la réplica de la Virgen de la Milagrosa que le devolvía la mirada desde su pequeño altar.

En ese momento, Pascual Ovalle, el médico que nunca ejerció, se levantó del sofá de cuerina beige que estaba al costado derecho de la habitación. Se dirigió al lecho donde reposaba su amigo, encontrándose con una osamenta forrada en piel. Lentamente tomó la mano de su amigo moribundo apretándola fuertemente contra su boca. En ese instante, de manera lenta Mardoqueo abrió sus ojos, como si peleara contra alguna voluntad para salir de algún sueño en el que se encontraba sumergido. Al despertar, la realidad que lo había sorprendido le parecía su peor pesadilla.

Cuando tuvo conciencia de la persona que tenía cara a cara, no lo podía creer; apretó fuertemente la mano de su amigo que lo visitaba, y empujado por todo su ímpetu levantó medio cuerpo para abrazarlo con la escasa fuerza que le quedaba.

Volver a ver a su amigo, y en el estado en que lo encontraba, le trajo a Pascual, el médico que nunca ejerció, toda clase de recuerdos y de sentimientos. Caviló en lo que debía estar sintiendo su compañero al no poder hablarle, en lo que le estaría diciendo y en lo que estaría callando. Lo mismo pensó Mardoqueo, se imaginaba todas las cosas que Pascual le habría querido decir y no lo hacía para evitarle la molestia que le causaba el no poder contestarle. Agarrados de las manos permanecieron mucho tiempo. Por primera vez Tranquilina lloraba.

Ambos amigos tenían ganas de decirse tantas cosas, confesarse mutuamente, revelarse tantos secretos, hablar, hablar por horas y escucharse por última vez. Hacía mucho tiempo se habían alejado el uno del otro por alguna razón pendeja que ese día decidieron no recordar. Ese día se perdonaron, se abrazaron, se besaron, fueron los mismos amigos de siempre. Al tomarse de las manos y permanecer con la mirada puesta en los ojos del pasado, ambos se dieron cuenta de lo viejos que estaban, sus miradas eran frías y secas, como si se estuvieran mirando directo al alma desnuda. Sus miradas parecían trascender el mundo carnal, ya sus ojos no tenían el mismo color que ellos recordaban de cada cual, eran dos viejos amigos acabándose de conocer. Pensaron en las cosas que quisieron decirse y ya nunca se dirían.

En aquella habitación se libraba una terrible batalla entre el querer y el poder, ambos querían decirse todo aquello que habían guardado y que ese día, ni nunca más, podrían hacerlo. Los sentimientos deben brotar a la vida a través de la magia de las palabras en el mismo instante en que se sienten, porque de lo contrario, pasado aquel momento, nacen muertos. Siempre quisieron decirse lo que había significado el uno para el otro, pero en ese instante sólo hablaron las miradas y los recuerdos. A través de aquellas miradas conversaron, se agradecieron, se rieron y también lloraron. Tantas cosas quisieron decirse y nunca lo hicieron pensando que el futuro les concedería un mejor momento para hacerlo.

El paroxismo del momento fue interrumpido por una deliberada tos de Gonzalo de Heredia, el arquitecto del pueblo, quien no aguantó el peso del ambiente. La pesadez del momento era sobrecargada aun más por el estridente sonido del televisor que en ese momento el arquitecto decidió apagar. Nunca, en todos los años de amistad con Mardoqueo, Gonzalo le había fallado, siempre lo quiso como si fuera una parte de él, inclusive en ocasiones parecía quererlo más a él que a sí mismo. Aunque el amor fraternal que sentía Gonzalo, el arquitecto, era correspondido por su moribundo amigo, no había entre ellos la mística que existía entre Pascual, el médico que nunca ejerció, y Mardoqueo. Gonzalo quería y apreciaba enormemente a Pascual, pero no se resignaba a aceptar que Mardoqueo lo quisiera menos, ni antes, ni ahora, ni nunca.

Al ver a sus dos viejos amigos abrazados, Gonzalo:

  • Recordó.
  • Recordó su época de colegio.
  • Recordó cuánta rabia sentía al ver a Pascual y Mardoqueo gozar de una amistad tan profunda.
  • Recordó aquella época en la que movido por una extraña fuerza más fuerte que él, decidió sembrar la fértil semilla de la duda entre los alumnos del Liceo sobre la “extraña” relación que mantenían Pascual y Mardoqueo. El chisme llegó a tal punto que unos días después del nacimiento del falaz rumor, un amigo de su curso le dijo a Gonzalo: “ya supiste, tus dos amigotes son unas mariconas”.
  • En ese momento fue poseído por una rabia que nunca antes, ni después, sentiría y solo pudo responder la ignominia de su amigo con un puño en la nariz, que le costó varios días de suspensión. Después de esa ocasión, a punta de trompadas se encargó personalmente de que nadie jamás volviera siquiera a insinuar nada sobre la relación que mantenían sus amigos Pascual y Mardoqueo.

Mientras Gonzalo divagaba en sus recuerdos, Mardoqueo y Pascual seguían agarrados de las manos fuertemente.

Como si ambos se hubieran consumido mutuamente todas las energías de vida que les quedaban, Pascual, el médico que nunca ejerció, no aguantó más y cayó desgonzado sobre el pecho de su convaleciente amigo. Allí, sobre el pecho de la muerte, supo que moriría. No podía levantar su cabeza, ni su cuerpo le respondía por más que tratara de hacerlo reaccionar. La mirada se nubló y sintió un dolor punzante en su tórax, fue lo último que sintió en su vida.

Al ver a su amigo caer en su pecho despojado de su alma, el atlético corazón de Mardoqueo, acostumbrado a sobrellevar exitosamente las dolencias físicas, sucumbió ante las dolencias del alma, y sin más dejó de latir. No tuvo tiempo de sufrir, de llorar, de decir adiós ni gracias, solo murió. No quería dejar ir nuevamente a su amigo.

Gonzalo Heredia, el arquitecto del pueblo, se había convertido en el único amigo de Mardoqueo que quedaba vivo. El Arquitecto estaba visiblemente perturbado por las súbitas y patéticas muertes de Mardoqueo y Pascual; no podía creer que le hubieran hecho eso una vez más. Esa dramática forma que sus amigos siempre habían tenido para expresar su amor le produjo arcadas. Sintió la misma rabia que había sentido en aquella ocasión cuando golpeó a un compañero del colegio para salvar el honor de sus amigos Mardoqueo y Pascual. Sólo pudo levantarse del sofá y salir del cuarto que había servido de escenario al mortal acto de teatro, cerrando tras de sí violentamente la puerta de la habitación que resonó en el corredor varias veces con un eco interminable.

Era el final de la tarde y estaba oscureciendo, las ventanas del corredor que daban a la plaza del pueblo proyectaban cómo la última luz del día era arropada por la voraz noche. Gonzalo, caminando por el pasillo, no podía creer lo que había pasado.

Inconsolable, Tranquilina salió corriendo tras Gonzalo como una viuda, dos veces viuda, y le gritó buscando una respuesta: “Por qué, por qué carajo se mueren los hombres sanos”.

Cuando oyó lo que Tranquilina le reprochaba, se volteó, con la cara transfigurada de la rabia, le contestó: “Se mueren de impotencia, por maricas”.

Espejo Disonante

[Apostilla: Se recomienda leer oyendo https://www.youtube.com/watch?v=U-pVz2LTakM ]

Hoy cumplo 20 años de casado. Ya sabías, creo que eres el único que lo recuerda, también eres con el único que puedo hablar de ello. Ella sigue igual, trasfigurada, ida, con ganas de morir y con ganas de vivir, pero nunca quieta, constante, pacífica. Esta semana no ha querido hablarme, sólo me escribió una nota pidiéndome que le comprara 3 bufandas, 2 pares de tacones, 4 medias y 5 vestidos. No dijo el color, solo pidió que fueran de los años 20. Espero que tenga relación con nuestro vigésimo aniversario, tal vez lo recuerde.

Yo sigo desgastado, viviendo una vida en la casa y una vida afuera de ella. Una vida no es mejor que la otra; como un péndulo, cada una me ofrece momentos malos y me recompensa con momentos buenos, solo que no de manera simétrica o coordinada, sino caprichosa y antojadiza, como si fuera parte de un experimento. Como si ambas tuvieran voluntad y quisieran experimentar conmigo la cantidad de sufrimiento que puede tolerar un humano sin anestesia antes de morir. Soy la víctima del Dr. Mengele del régimen del tiempo. En este momento estoy siendo torturado por una racha de malos momentos en la vida de afuera y en la de adentro. En algún lugar alguien debe estarse riendo. No yo.

Su estado de ánimo es el termómetro del mío a pesar de que no me habla. Sus días se pasan mirando el espejo de mano que su abuela le regaló cuando era niña. Ayer lo vi sobre su mesa de noche. Del material de plata del que está hecho ya no queda nada, sobre éste se ha posado un tapete poroso de un color verdoso oscuro que le da un aspecto lúgubre. El mango de porcelana otrora color marfil se ha tornado opaco y amarillento, y el espejo ovalado refleja una realidad distorsionada, sus reflejos son desproporcionados y de color ocre con vetas anaranjadas que nublan toda su superficie.

Hoy hace quince años comencé a hablarte. Hace quince años comencé a hablar frente a un espejo atento y solitario como los locos; comencé a decirte lo que siento, pensando que tal vez podrías trasmitir el mensaje a través de la dimensión que hay detrás del reflejo. Tal vez esperando que mi reflejo tomara vida propia y me dijera que se encargaría de hacer llegar mi mensaje a través de sus medios, y yo simplemente beneficiarme de la seguridad y astucia que a mí me falta en este lado del reflejo. Cómo puedo ser sincero sin estropearlo todo. Cuando hay más de un sentimiento involucrado, la sinceridad es un privilegio que no siempre puede permitirse. Cómo podía decirle a mi esposa que cinco años después tenía dudas. Las dudas pueden ser todo o pueden ser nada. ¿Cómo saberlo?

Hace ya quince años, también, que llegué a casa después de trabajar y la encontré tirada en el suelo de la cocina, solo protegida por su bata de dormir manchada de café. Estaba en un estado de trance repitiendo un soliloquio indescifrable con voz baja y trémula, como si estuviera en su propio muro de las lamentaciones. Todo su cuerpo estaba tieso y sus ojos abiertos sin parpadear. Sus brazos, rígidos, en un ángulo de cuarenta y cinco grados, temblaban. En su mano derecha tenía todavía agarrada la vieja cafetera con el poco café que quedaba en la misma, y en el suelo, muy cerca de la izquierda, el espejo de mano que su abuela le había regalado. Todavía lucía elegante y hermoso, con el mango de porcelana color marfil y su estructura de plata labrada que parecía sacado de un cuento de hadas. No parecía encajar en la escena que estaba viendo. Mi esposa expósita y vulnerable, contrastaba con el espejo majestuoso y elegante.

Con quién se puede hablar de momentos como ese, reflexionar sobre los sentimientos que nacían luego de vivir lo que estaba viviendo. Sólo contigo. Hablarlo contigo era hablarlo conmigo. Ya habías oído mis dudas, ahora te sometería a oír todo lo que no podía decirle a nadie más. Me aproveché de tu mudez. Al principio me sentí extraño hablándote; el hecho de ver mi reflejo mientras hablo, sumado al hecho de saber que fuiste el reflejo de mis abuelos, me hizo sentir extraño. Pero qué alternativa tenía. Si no era capaz de hablarle a mi esposa de frente con sinceridad, no podía tampoco hacerlo con nadie más. Yo, a través de ti, sería mi interlocutor. Aun guardo la esperanza de que algún día alguien me conteste.

No quería que nadie me viera hablándole a un espejo en la mitad del corredor de una casa en penumbras a mitad de la noche, y menos ella. Debía esperar a que se quedara dormida para ir  a sentarme frente a ti. En ocasiones amanecía allí, dormido a tus pies en el sofá que fue de mis abuelos y que para ti son casi familia. Ella me veía dormido sin que jamás me hubiera dicho nada. La vi llorar en silencio. Pero ¿cómo podía explicarle la situación? Cómo explicar que me había quedado dormido hablándole a un espejo sobre lo que no era capaz de decirle a ella. Por qué. Por miedo, ¿miedo de qué?

Desde aquél momento todo cambió, y hoy, diez años después, sigue cambiando, pero negativamente, siempre negativamente. En aquél momento pensé que el problema de las dudas podría ser un tema simple, e igual de simple podía ser la solución. ¿Lo recuerdas? Pensé que la simpleza y contundencia del sexo podría arreglarlo. No le expliqué mi plan de tener sexo para asesinar las dudas, sólo fingí espontaneidad. Ella, consciente de todo sin hablarlo, accedió de manera autómata pero gentil. Todo empeoró, en ese momento la espontaneidad ausente activó mi perverso subconsciente que me hizo pensar en mi madre mientras estaba con ella, desdibujando de un tajo el propósito del ejercicio. No podía parar, ¿cómo explicarle a ella lo que me estaba pasando? Preferí continuar callado. Jamás pude volver a tocarla, ni tampoco pude volver a ver a mi madre. Solo pude contártelo a ti, cómo explicar esa situación.

Hablar contigo no mejoraba la situación, pero me permitía aligerar mi peso para poder continuar cargando con la pesadez de mi vida a la deriva. Mientras me hacía más ligero luego de mis sesiones ante el espejo, ella se hacía más pesada casi a punto de sucumbir. Ahora dormía con los ojos abiertos, lo cual además de reemplazar el blanco por el rojo de sus ojos, hacía imposible saber cuándo estaba despierta o cuando estaba dormida. Una noche habló; aunque tenía los ojos abiertos creo que estaba dormida. Dijo, sin esperar respuesta:

  • Las voces me atormentan
  • Las voces me consuelan
  • Las voces son mis amigas

¿Cuáles voces? Pregunté tratando de hablar en el mismo tono que ella lo había hecho, pensando que así podría meterme a través de alguna rendija de su inconsciente. No obtuve respuesta. Verla así me hacía preguntarme si hay algo más allá de esta realidad, tal vez ella estaría viviendo en sus sueños una vida detrás del reflejo de los espejos, una más feliz, sin dudas.

No era capaz de llamar a un médico, ni ella me lo pedía. ¿Cómo explicarle a un tercero lo que pasaba? Ni yo lo sabía. Durante los meses siguientes al fracasado experimento del sexo, comenzó a sufrir los efectos de las fases por las que atraviesan los drogadictos durante el proceso de desintoxicación, con la diferencia de que ella era un drogadicto que no quería recuperarse, que le huía a su sobriedad. Parecía disfrutar la sensación de abstinencia, los delírium trémens, los ahogos, como si se tratara de un acto sagrado de autoflagelación. Desde entonces mi apego a ti se hizo mayor. Cuando nos acostábamos, y sentía que su respiración se hacía más lenta y profunda, que parecía dormir, me levantaba y venía hasta acá, ante ti. Su pupila negra y dilatada a pesar de la oscuridad, arropada por el rojo de su ojo, se volvió mi nuevo mundo. Me sentía corriendo desesperado sobre sus escarpadas venas retinianas color vino tinto.

Años después pensé en matarla. Creo que ella lo habría querido. Sabíamos, mudamente, que era la única forma de despejar las dudas. El pacto sagrado y moral del matrimonio quedaría intacto, ya que sería la muerte la culpable de la separación; pero alguno de los dos, o tal vez ambos, quedaríamos viviendo bajo la sombrilla del pecado mortal, incluso si alguno de los dos por consideración o por la razón que fuese decidía suicidarse. Te lo conté. Expuse varios métodos, con sus pros y sus contras. También analicé cuál sería la mejor forma de que ella me matase a mí sin sentir remordimiento. No me creía capaz de hacerlo yo.

Todavía tenía esperanza. La esperanza, ese sentimiento, estado de ánimo, frustración, no sabría cómo denominarlo, ha sido el culpable de tantas frustraciones. Fuimos criados sobre los hombros de la esperanza, de un mundo mejor, más bello, más considerado, más, más… Esto simplemente nos ha vuelto incapaces de afrontar las cosas. Nuestra relación también fue parida por la esperanza. A pesar de que era perfecta, teníamos la “esperanza” puesta en un futuro mejor. Hoy esa esperanza me hace incapaz de hablar de las dudas, de la situación, de la realidad. Estoy seguro que ella, igual que yo, todavía guarda alguna esperanza de tener un futuro mejor. Maldita esperanza. Del otro lado del reflejo seguro no hay esperanza, hay realidades.

Increíble que hayan pasado quince años desde que empezamos nuestra amistad. El loco en el espejo. Hermosa manera de celebrar mi aniversario. Ya son las 4:06 AM, intentaré dormir.

  • Ya está acostado. Sigo sin dormir; hace diez años que no lo hago. Mis eternos ojos rojos sólo te miran. Te veo demacrado, espejo, igual que yo. No somos lo que éramos. Tu plata, marfil y nitidez se han ido, igual que yo. Sólo tengo su recuerdo, y la esperanza. La esperanza que es toda mi fuerza, lo único que me queda.
  • Cómo me acerco y le explico que lo oigo, que lo entiendo y que lo amo. Cómo le explico que lo veo todas las noches a través de tu reflejo, que  me veo más lejana, más ausente… No lo entendería.

Sweet Child of Mine

No importaba que estuviera en vacaciones; ese día, como todos, Celestén había despertado faltando cinco minutos para las cinco de la mañana. Luego de dedicarle los cinco minutos restantes a desperezarse, se dispuso, muy tieso y muy majo, a iniciar su impajaritable rutina matutina que parecía más una coreografía. El primer acto consistía en calentar el agua para el café que desde que tenia uso de razón tomaba cerrero y sin colar, y que constituía el único legado más o menos palpable de su abuela materna, al acto del agua le seguía la danza del baño, de la ropa, y la de la lectura del periódico… su vida era la coreografía de una vida que soñaba tener.

Como jamás tenía tiempo para nada, sus vacaciones consistían básicamente en viajar a un destino alejado de su realidad y ponerse al día con la lectura de todos los libros que por trabajo había dejado de leer durante todo el año. Con este, ya era el quinto año consecutivo que iba de vacaciones a ese pequeño y tranquilo hotel que le había recomendado un extraño que se había sentado en un asiento contiguo al suyo en un viaje de negocios. El edificio de tipo colonial donde funcionada el pequeño hotelito situado a las afueras de cualquier ciudad de la Costa, y que había sido el hospital general del pueblo durante años, estaba estratégicamente ubicado entre el mar y la desembocadura del río Calmo. La creencia popular era que los hospitales debían estar cerca del mar o de algún río, pues las enfermedades debían tener para dónde ir luego de salir del cuerpo de los enfermos, para el mar o para el río. Qué afortunadas eran las enfermedades antes, ¿no?

Celestén siempre se sentaba en la misma silla de madera con espaldar de tela de arabescos rojos y verdes cada vez más desteñida por el sol, situada bajo la palmera de la que habían dejado de brotar cocos hacía mucho tiempo, lo que le ofrecía el ambiente perfecto para el disfrute de una exquisita soledad acompañado del sol y ambientada por el golpeteo de las olas. Esa era su situación antes del repentino ataque de amabilidad de una precoz encuestadora.

-“Hola, Soy  Paula, ¿cómo te llamas?”

Solo después de tener la sensación de estar siendo observado por alguien, supo que había sido abordado por alguna entidad distinta de su pensamiento, y que la pregunta que en medio de su lectura había creído escuchar, lo tenía a él como destinatario. De no haber sentido el peso de una mirada sobre sí, hubiera ignorado aquel impertinente llamado que lo había sacado del estado de concentración en que se encontraba, y que le impedía continuar siendo testigo silente del amor contrariado entre Armando, un caballero germano y la linda Marta, doncella de ojos azules.

Al mirar por encima de sus anteojos de lectura a la autora de tan horrenda ignominia se encontró que la misma, no obstante ser sorprendida en flagrancia, no podía ser declarada culpable por tratarse de una menor de edad. Quedaría por ende exenta de purgar una condena bastante merecida. Debido al sopor que le producía el leer en otro idioma, no sabía con seguridad si lo que había pensado respecto a la pena lo había dicho en voz alta o habría sido una sugerencia personal. Lo que hubiese sido, no había sido ignorado por la joven a juzgar por la mueca en que se había transformado su rostro.

Al ver la determinación con que la joven lo miraba supo que no podría escaparse de responder la pregunta y pensó que lo mejor sería responderle con tono ramplón.

       –   Me llamo Celestén… dijo a secas.

Debido al encandilante reflejo del sol a espaldas de su nueva amiga, que le hacía fruncir el ceño, le resultaba imposible ver con claridad su cara. Su nueva amiga no parecía dispuesta aceptar respuestas monosílabas.

  • Celestén qué? Por qué ese nombre tan feo?, No te gustaría cambiártelo?

 La ráfaga de preguntas produjo en él una leve sonrisa que no había planeado; ante tanta insistencia resolvió darse por vencido y entregar las armas antes de empezar a pelear contra la vivaz curiosidad juvenil, siempre dispuesta a ensañarse con su presa hasta el último mordisco. Un poco frustrado y bastante derrotado cerró el libro que había planeado acabar ese día, se despojó de sus gafas de ver y se acomodó en su silla para brindarle a su cándida amiga toda su perturbada atención.

Antes de internarse en la inextricable selva en la que generalmente se torna una conversación con un menor, y viendo ahora con claridad el rostro de su vivaz amiga, tuvo la extraña sensación de estar siendo analizado por una persona distinta a la que tenía en frente, era como si alguien que conocía se hubiera disfrazado de niña para jugarle una extraña broma.

Aunque era una sensación extraña, tal vez por no haberla sentido antes, no era del todo desagradable. La presencia de la párvula le producía una sensación que todavía no se atrevía a llamar pasión. Cayendo en la cuenta de que todavía no había dado respuesta a las preguntas de la joven y con el ceño todavía fruncido esta vez no por el sol, sino para dar la impresión de estar molesto, respondió a su interlocutora con una respuesta:

  • Acaso no son los nombres reflejo de nuestra personalidad?
  • Tu personalidad es un poco rara entonces… disparó la niña.

El mordaz humor de la joven produjo en Celestén una nueva risa, esta vez de camaradería.

La tarde pasó entre risas, le impresionó que para su corta edad y para las trivialidades en que gastaba su tiempo, la niña reflexionara de cosas tan profundas. Mientras su nueva amiga hablaba, él se embelesaba descubriendo en ella movimientos involuntarios de su cara que hacían que le fuera imposible dejar de mirarla.

            -Son las cinco de la tarde. Interrumpió él.

        – Cómo es supiste si no tienes reloj y el más cercano está en el vestíbulo del hotel, repuso ella mirando instintivamente la desnuda muñeca de su mano izquierda.

 Se encogió de hombros y sonrió. No quiso decirle a su joven amiga que lo que le había servido para adivinar la hora era el olor dulzón de los heliotropos amarillos que soltaban su hipnotizante aroma a las cinco en punto, justo antes de la puesta del sol. Ese secreto era para Celestén uno de los tesoros mejor guardados y quería seguir siendo él su único y exclusivo guardián.

 Al darse cuenta la niña que la tarde se había pasado y que su permiso para estar afuera de la habitación ya casi expiraba, como cenicienta antes de las doce, salió volada para donde su madre que con toda seguridad ya debía estar buscándola. Con el ambiente todavía impregnado del olor de los heliotropos, Celestén,  nostálgico por la repentina huida de su amiga, resolvió tomar el libro, sus gafas de leer, su mochila y encaminarse a la habitación.

Para llegar a su habitación debía atravesar prácticamente todo el hotel, la puesta del sol había pintado de naranja todo el panorama, Celestén no sabía a ciencia cierta si era la belleza del astro lo que le causaba alegría, pero durante el camino a su aposento no había dejado de sonreír.

Tirado en la cama se sintió rejuvenecido, se sintió por un momento el hombre más feliz del mundo y lo mejor era que no sabía el porqué, decidió no pensar en la causa por miedo a que una vez descubierta perdiera la satisfacción que le daba lo desconocido. El paroxismo vivido lo llevó a recordar todos lo momentos felices que había vivido, con los ojos cerrados fue poseído por las diferentes sensaciones que le habían producido aquellos buenos momentos. Al volver en sí, pudo percatarse que su trance metafísico estuvo acompañado de un acto bastante primario y extremadamente físico. No podía creer que ese día, luego de mucho tiempo, había vuelto a masturbarse, se le había olvidado la sensación que otrora le producía tanto placer.

La satisfacción que le producía esa felicidad sin causa había sido reemplazada por sentimiento de culpa. No entendía cómo podía pasar del placer a la desdicha en unos minutos; de repente pensó que toda su felicidad, todo el placer que sentía y por supuesto toda la culpa tenían una misma causa: Paula. De repente su mente se había vuelto un campo donde medían fuerza los recuerdos de ella y los esfuerzos por no recordarla, no entendía por que pensaba en ella.

Envejecido por lo menos diez años, se levantó de la cama directo al baño para lavarse con agua caliente esos malos pensamientos que le carcomían por dentro. Encogido en el suelo de la ducha con el chorro de agua salada pegándole en el pecho se quedó dormido. Faltando cinco minutos para las cinco de la mañana, la sensación de ahogo que produce el agua en la cara lo despertó, se levantó con resaca y con el pensamiento bastante nublado, no recordaba con claridad lo que había sucedido la noche anterior.

Una vez se hubo reestablecido se sentó por cinco minutos en la punta de la cama, se levantó, calentó el agua para el tinto, se bañó, se cambió, leyó su periódico y emprendió camino a la silla bajo el cocotero dispuesto a terminar de una vez por todas el libro que estaba leyendo hacía un par de días.

Todavía con el pensamiento nublado y esforzándose por recordar lo que había sucedido la noche anterior, tomó asiento en su fiel silla de madera y tela. Justamente cuando se disponía a reanudar su lectura, sin proponérselo oyó detrás de él una voz tierna que decía:

-“Hola! soy Paula, tú cómo te llamas”…

De repente todo se le hizo claro, recordó todo, y sin pensarlo volteó aparatosamente buscando a la niña, sólo que esta vez la pegunta no le tenía a él como destinatario.

Un día Extraño

Ayer fue un día extraño, o tal vez el extraño era yo.

Desde que abrí el ojo a primera hora de la mañana, tuve la sospecha de que sería uno de esos días extraños. Si no hubiera sido porque me estaba despertando, no hubiera sido capaz de decir con exactitud si era la hora del alba o la hora del  ocaso. El trasfondo de la ciudad que se asomaba por mi ventana tenía un color pálido entre blanco, negro y azul que no daba pista alguna de la hora que era, y el rocío sedoso imperceptible pero pesado tampoco colaboraba. Tuve la sensación de que ese día ni el sol ni la luna trabajarían en aras de la humanidad, tan insignificante para ellos.

A pesar de que el sol había decidido no trabajar, yo sí tenía que levantarme e ir a la universidad. No soy tan afortunado como los astros. El color del día había permanecido igual hora tras hora, e incluso los gallos no habían parado de cacarear. El rocío también permanecía intacto, imperceptible, pero tal vez más pesado a medida que las horas pasaban. Las clases y los profesores se sucedían unos a otros. Afuera del salón de clases me sentía viviendo en una fotografía, estática, y adentro, mi vida era lo más parecido a una película con una única escena que se repetía y se repetía.

Después de estar metido casi todo el día en un salón de clases, pensé que me caería bien pasar por un café y tomarme algo antes de ir a mi casa. Era el mismo día que había sido a las 6 de la mañana, ni más claro ni más oscuro, el sol y la luna seguían ausentes. No recordaba si en el camino entre la universidad y mi casa había algún café en el cual podría sentarme un rato a esperar a que el día finalmente se diera por vencido y cediera su paso ante la oscuridad de la noche. Por lo menos así tendría la certeza de que no me encontraba viviendo en un mundo en el que alguien hubiera olvidado girar la perilla del tiempo.

Luego de unos minutos de estar caminando, vi un local que parecía ser un café, o eso creía yo. Era un local común y corriente frente a una avenida principal en la que no pasaban carros, a pesar de que era, supuestamente, hora pico. Llamó mi atención que, el local, visto desde afuera parecía estar en una hora distinta a la que era afuera, pues tenía todas las luces encendidas a pesar de que no era de noche… ni de día. El pesado y denso rocío seguía ambientando la escena, era insoportable.

No dudé más y entré. Ya adentro, noté que la decoración era simple y anacrónica, el local estaba cubierto con pósteres de distintas épocas y de distintos colores; algunos me eran conocidos, otros no. Los espacios de pared que no estaban cubiertos se veían desgastados, aunque de forma deliberada pues hacían juego con el resto de la decoración del lugar. El espacio era cuadrado; a lo largo de las paredes y ventanas del lugar había una tabla de madera a la altura del pecho que hacía las veces de mesa, sobre la cual los asistentes apoyaban sus vasos, platos, abrigos, sombreros, o simplemente la usaban para apoyarse mientras hablaban en pequeños grupos. Todos tenían en su mano una copa con lo que parecía ser champán, aunque no estaba seguro.

El ambiente era fraternal. Si bien daba la impresión de que muchos de los asistentes se habían conocido apenas unas horas antes, parecían una cofradía adherida por el cariño que se siente por los amigos con quienes se ha bebido toda una vida. Yo me sentía como un fantasma en el sueño de otra persona. No tenía idea cómo había logrado entrar allí, tal vez alguien había dejado alguna puerta mal cerrada. Era consciente de que no debía estar en ese lugar, sin embargo, no quería llamar la atención ya que no estaba seguro de cuáles serían las consecuencias de mi impertinencia. Preferí no tomar nada y simplemente procedí a sentarme en un sillón de cuero verde oliva oscuro en una de las esquinas del lugar, en el que nadie parecía estar interesado.

Sentía que el tiempo corría más rápido que de costumbre, y mientras tanto yo seguía sentado en el sofá verde oliva. Era una posición privilegiada ahora que lo pienso, pues podía ver todo lo que pasaba en el lugar, mientras que nadie miraba mi esquina. Allí sentado vi debates, vi peleas, vi lo que parecía ser el amanecer de un amor, también vi cómo algunas parejas discutían entre ellas con gestos de una última pelea, vi a los cófrades tomar, comer, perder, ganar. Todo parecía pasar en esas cuatro paredes.

En la esquina contraria a la que yo estaba, justo frente a mí, había dos sillones iguales al mío, en los que estaban sentadas dos personas, un hombre en el de la derecha y una mujer en el de la izquierda. No me había percatado de su presencia, pues era casi imposible verlos a través de todas las personas que estaban en la mitad. Sin embargo, presentía que ellos sí habían notado que yo estaba allí, en su espacio, sobrando. El hombre me miraba fijamente sin siquiera pestañear, tenía la cara sobria aunque sus ojos se notaban un poco cansados. Pasaron unos minutos, o algunas horas, y el seguía imperturbable. La mujer se había cambiado de sillón; ahora estaba sentada sobre las piernas de su pareja, y su boca besaba su cuello.

Embebida, como en éxtasis, empezó a devorar a su pareja, como la madre que devora a su cría enferma porque sabe de antemano que su enfermedad le traerá padecimientos mayores. Él, igual de digno y con la mirada puesta sobre mí, no se movía mientras su pareja acababa con su existencia a mordiscos. Parecía ser consciente de que se trataba de un mal necesario. La escena no era vulgar o asquerosa, ella consumía a su pareja de una forma respetuosa y elegante, pero incisiva y constante. Sólo descansaba unos segundos para limpiarse los labios con un pañuelo de seda morado que tenía en su mano derecha. Los asistentes veían la escena sin intervenir, ellos también parecían estar conscientes de que era lo que debía suceder. A medida que ella avanzaba en su empresa, los asistentes fueron terminando sus bebidas y empezaban a alistarse para salir del lugar, como si los anfitriones de la fiesta hubieran decidido irse a dormir, y era hora de que los invitados se marcharan.

Poco antes de que terminara aquel ritual, del que por error había sido testigo, decidí salir tan rápido como pude del local. No quería saber qué pasaría después. Afuera, la oscuridad de la noche había caído más negra que de costumbre, y los carros en la avenida principal atormentaban mi existencia con sus luces y sus bocinas. No había una estrella en el firmamento.

Me fui caminando para mi casa pensando que había sido un día extraño, o tal vez el extraño era yo.

Un Jueves Cualquiera

Mientras trabajaba tranquilamente el día de hoy, como otro jueves cualquiera, recibí un correo electrónico que anunciaba el acaecimiento de un terremoto en la ciudad. Me llamó la atención la capacidad predictiva del remitente, pues de los desastres naturales tal vez el menos predecible es el terremoto. Noté que el remitente del correo había incluido como destinatarios a una cantidad importante de personas, quienes muy seguramente se encontraban, como yo, trabajando tranquilamente un jueves cualquiera.

Me llamó la atención, además, el hecho de que el correo incluía la hora exacta en que habría de ocurrir la sacudida, 11:00 AM. Aunque de golpe no le di mayor importancia al mensaje, preferí leerlo completo; debo confesar que de un tiempo acá he despertado un sospechoso interés en los anuncios proféticos, en particular aquellos que vaticinan el fin del mundo. En fin, ahí estaba yo un jueves cualquiera leyendo el augurio sobre la ocurrencia de un temblor en la ciudad.

Interesado en el correo, lo leí completo. Al terminar de leerlo, entendí que aquel pronóstico que se presentaba en principio como inexorable, se trataba realmente de un simple anuncio de un simulacro de terremoto, el cual buscaba evaluar el nivel de preparación de los habitantes de la ciudad ante una situación de emergencia, de las que nadie se salva. Pese a lo anterior, no pude dejar de pensar en la ficticia invasión alienígena de Orson Welles que el 30 de octubre de 1938 mantuvo en pánico a los habitantes de Nueva York.

La idea de estar en la mitad de un gran terremoto me hizo visualizar en diversos escenarios, todos trágicos, lejos del espacio físico en el que realmente me encontraba ese jueves cualquiera. Mientras mi imaginación me revolcaba en olas asesinas, me tostaba en incendios implacables, me hacía volar en el ojo de un huracán mitológico, una estridente alarma me jaló a la realidad. Ese sonido indicaba que el simulacro había empezado. La profecía se estaba cumpliendo.

Todos nos levantamos de nuestros puestos, apagamos los computadores, cogimos nuestros abrigos y empezamos a salir parsimoniosamente de las respectivas oficinas. Cuando estábamos a punto de echar llave a la puerta principal, una de las compañeras gritó que no la cerraran. Debe ser que las recomendaciones obligan a no cerrar las puertas con seguro en situaciones de emergencia, pensé.

¡No! – dijo- se nos está olvidando apagar la greca del café y apagar todas las luces.

Mientras bajaba las escaleras del edificio, oí a una señora diciéndole a otra con voz trémula que desde que supo que el jueves habría un simulacro de terremoto había tenido el presentimiento de que algo malo pasaría. Enseguida se me vino a la mente, como señal de un mal presagio, uno de los cuentos peregrinos de García Márquez que cuenta la historia de un pueblo que resulta devastado por un incendio provocado por el descuido de sus habitantes, quienes el mal presentimiento de una vieja del pueblo los hizo entrar en pánico.

Al parecer el mal presagio es amigo de la mala hora, pues la señora no había terminado de contarle a su amiga su extraño presentimiento cuando resbaló por las escaleras golpeándose repetidas veces la cabeza con los escalones que le hacían falta para llegar al primer piso. El estrecho espacio de las escaleras se hacía más angosto a medida que ríos de personas bajaban impotentes, sin poder ayudar a la señora, mientras eran arroyadas por la corriente humana. Las personas sólo alcanzaban a ver la cara inconsciente de la señora, con su cabeza maltrecha y bañada de sangre. Su amiga, todavía en shock por la fatídica coincidencia, hiperventilaba mientras trataba de revivir a su compañera a punta de golpes incoherentes en el pecho.

Cuando pensé que el panorama no podía ser más caótico de lo que era, un pelirrojo que trabaja en el quinto piso bajaba las escaleras afanosamente tropezando a todo aquel que interrumpiera su paso. El bermejo iba gritando y sudando como si estuviera sufriendo de un delirium tremens. Algo me impedía moverme, estaba como clavado al piso. Sin embargo, de un momento a otro tuve la sensación de estar levitando en una dimensión distinta a la de los demás, a quienes podía ver pero no escuchar.

De repente sentí cómo de un golpe volví a la realidad. Estela, mi compañera de escritorio me sacudía gentilmente para sacarme del ensimismamiento en el que me encontraba. Con su voz ronca pero austera me decía que saliera rápido que el simulacro había comenzado, todos estaban en la puerta y ella se había devuelto para apagar la greca del café y asegurarse de que todas las luces estuvieran apagadas.

Había comenzado el simulacro un jueves cualquiera.

Medias Negras

2 de enero de 1993

Igual que todos los dos de enero de todos los años de los que tenga conciencia, éste no es la excepción… la misma disyuntiva de todos los principios de año, los mismos propósitos, las mismas promesas, la misma resaca, la misma insoportable pensadera. De nada valió mi intención de cambiarlo todo y comenzar de nuevo del año anterior; por una extraña fuerza superior a mí, volví a encausarme en el mismo arroyo ineluctable de todos los años que me arrastra con su corriente y me vomita siempre en el mismo lugar en el que comencé.

Ayer, 1 de enero a las 11:45 de la mañana, estaba yo todavía con la intención de cambiarlo todo. Todavía con los efectos de la fiesta de fin de año, a la altura de la Carrera Primera con Sociedad Portuaria tuve una revelación, me había buscado y yo la había encontrado, estaba vestida con medias negras, bufanda de cuadros y mini falda azul. Con su pequeña carterita color dorado intentaba infructuosamente parar un bus que la llevara a cualquier lado lejos de allí. De repente volteó y me encontró, como si me conociera de toda la vida se me abalanzó y me dijo “¿tienes fuego?”.

Mientras prendía su cigarrillo cruzamos dos, tres, cuatro, no sé cuantas palabras, y en algún momento de la conversación disparó sin que lo viera venir “y si me invitaras a cenar”. ¿A “cenar”? pero si apenas era mediodía. Esa expresión, junto con un acento que no parecía extranjero pero tampoco local, me hizo sospechar que mi extraña amiga no era de estos parajes. Sin embargo no dije nada. Además, ya conocía yo más de una local radicada en Taganga en busca de marido extranjero que gracias a sus andanzas, hoy en día hablaban fluido el inglés, francés e italiano, algunas tanto que mientras esperaban la venida de su mister azul, se ganaban la vida enseñando idiomas en los colegios cercanos.

Como en aras de cambiarlo todo estaba, y todo se había desarrollado de manera tan fluida, decidí dejarme llevar por el capricho de un destino aburrido, y a su sugerencia de ir a “cenar”, contesté: “A dónde vamos rubia”.

 “A donde tú me lleves” replicó.

Así que fuimos caminando hasta mi casa, un pequeño apartamentito cerca de donde estábamos. Mientras caminábamos, entre pregunta y pregunta nos fuimos conociendo, y poco a poco me daba cuenta de que por fin había comenzado a cambiarlo todo; hasta el camino más largo se empieza con un simple paso pensé. Llegamos, y sin nada de vergüenza le dije que no había nada especial que comer. Con una sonrisa ramplona, como tratándome de decir sin decirlo que comía para no morir de hambre, se encogió de hombros y dijo que cualquier cosa estaría perfecto. Entonces, seguro de no decepcionarla con una mala comida, recalenté una sopa, vino tinto, pan y salchichón. Comimos como si fuera todo un manjar.

A la segunda copa me preguntó, sin rubor en sus mejillas y sin mácula en su conciencia, “qué hacemos con la ropa”. Me preguntó que qué hacíamos con la ropa, a mí que tenía horas sin una sola prenda de ropa encima, a mí que no tengo más religión que un cuerpo de mujer, a mí, a mí, a mí, por Dios. Nos olvidamos de todo y al cuello de una nube nos colgamos. Colgados duramos todo el resto de ese día, y yo sentía que mi vida había empezado a cambiar, había logrado llevar a cabo lo que tenia planeando hacía tantos años, increíble pero cierto. Mi año había comenzado como lo había planeado. Había llegado la hora de cumplir mis propósitos trasnochados.

Todo había cambiado, este idilio era inconcebible sin la intervención de alguna fuerza superior a nuestras débiles voluntades. Estaba en mi cama con los ojos abiertos, no podía creer lo que había vivido, todavía no estaba del todo convencido de la buena fortuna que había traído consigo el año 93. Qué gran año será éste.

Decidí no pensar más en eso, mal que bien, había empezado a cambiarlo todo. Sólo tenía que disfrutarlo. Desde el año pasado no dormía, así que, pensado en mi futuro con una sonrisa morada pintada en los labios gracias al vino tinto, quedé profundo.

Era 2 de enero, el sol me había despertado. Me encontré abrazando la ausencia de su cuerpo en mi colchón. No podía creerlo, tenía que ser un juego. Debía haber ido por cigarrillos, o por más vino. Sí, más vino. Me levanté de mi cama sabiendo claramente lo que pasaba, pero quería hacerme el guevón hasta el último momento. Se había ido, sin rastro, aunque no sola, se había llevado consigo mi billetera y mi computador… y claro, mi corazón.

Todo había vuelto a ser como antes, todo cambió y todo volvió a ser como antes. Me dejó con la misma disyuntiva, los mismos propósitos, las mismas promesas, la misma resaca y las mismas ganas, de todos los principios de año, de cambiarlo todo.

P.D. Este breve cuento está inspirado y basado en la canción Medias Negras del gran artista español Joaquín Sabina.

 “Estas vísperas son las de después” J.S.

La Felicidad Paralela

Nunca había sido capaz de hablar de su felicidad con nadie en sus cuarenta y dos años de vida, y no esperaba comenzar a hacerlo ahora. Si bien era propensa a compartir su vida con las amigas y amigos que consideraba cercanos, sus confidencias nunca giraron alrededor de temas relacionados con las dudas o decisiones que tuvieran que ver con su felicidad.

Para ella, sus confidencias en relación con la felicidad se reducían a dudas, qué más sino eso, dudas.

Desde su niñez había tenido una idea bastante bien formada respecto de que su finalidad en la vida era ser feliz; sin embargo, a medida que crecía, el concepto de felicidad iba tomando distintos matices y dimensiones, al igual que las dudas alrededor del mismo. Así, mientras en su adolescencia su felicidad y las confidencias alrededor de ésta giraban en torno a situaciones menos trascendentales como por ejemplo su relación con el novio de turno, en su vida adulta las inquietudes en relación con su felicidad tenían que ver con qué tipo de persona quería ser el resto de su vida.

Cuando decidía compartir alguna confidencia con sus amigos era porque tenía una opinión previamente formada y la decisión ya tomada. En relación con ese tipo de confidencias, sus amigos cumplían la función de termómetro de las consecuencias que tal o cual decisión traería consigo. Se había convertido ella misma en juez y parte para este tipo de confidencias, pero jamás le tembló la mano para condenarse cuando se hallaba culpable.


La Madre

Una vez se escoge el rumbo que se desea, lo que sigue a continuación son un conjunto de decisiones sistemáticas en aras de conseguirlo. No podía recordar exactamente cuándo tomó la decisión sobre el rumbo de su felicidad, pero allí estaba viviendo lo que soñó.

Y se preguntó nuevamente, ¿soy feliz? Tengo un hogar, tengo un esposo, amo a mis hijos, pero ¿soy feliz? No se atrevía a preguntárselo tan decididamente pues no quería sentir desagradecimiento con la vida, ya realmente había obtenido todo lo que había soñado. Sin embargo, la rigurosidad propia le exigía preguntárselo. ¿Esto es la felicidad? ¿Acaso ya la encontré? Se sentía al interior de una paradoja, ¿Estaré atrapada en mi felicidad y condenada a ella?

En ese momento le volvieron las dudas que había tenido durante la época en la que decidió el rumbo que tomaría su vida en aras de su felicidad, y que nunca compartió con sus amigos. Se recordaba más inteligente de lo que se había recordado siempre, con más iniciativa, más diligente, se recordaba mejor de lo que se sentía. Se consideraba capaz de cualquier cosa que se propusiera. Se visionó siendo la física química exitosa que quiso ser algún día, y que cedió su paso a la madre que hoy era. También exitosa, pero no era suficiente. Quería más.


La Profesional  

Lo había logrado. Era la profesional que siempre había soñado y por lo cual había sacrificado cosas que tenía y otras que nunca llegaría a tener. Sin embargo, esa fue la decisión que tomó, la felicidad que buscó y encontró.

¿Era feliz?

Su felicidad se ha convertido en su desdicha, pues no reemplazaba la voz que en ocasiones la visitaba y le recordaba que había otro camino. ¿Qué había en aquel camino? ¿Habría encontrado allí una fuente capaz de quitarle la sed de la duda que hoy la estaba ahogando? Jamás lo sabría, o ¿tal vez sí? Podría renunciar a su felicidad.

Pese a ser un científico, los rezagos de la crianza católica cobraban sus réditos. Cada vez que pensaba en el otro camino, se sentía despreciando su felicidad actual, y la atacaba el sentimiento de culpa tan católico tan católico.

¿Sería buena madre? ¿Sería buena esposa? Manejaría su casa con el mismo rigor el que maneja su carrera, y la haría igual de feliz. Sería feliz… ¿Más de lo que era ahora?

Había comprobado su capacidad desde el punto de vista académico y profesional, pero ¿qué tal madre sería? Estaba segura que para ser madre no requiere la misma inteligencia que se necesita para estudiar física, se necesita otro tipo de inteligencia, una menos obvia. Tendría ella la inteligencia que las madres necesitan. Quería creer que sí. Quería más.


La duda siguió sonando cada vez más duro y con más eco dentro de su cabeza, y sin poder confiarla a sus amigos. Ya estaba muy vieja para eso.

Pensaba que la física algún día comprobaría la existencia de otra dimensión en la que existamos, y estaremos nosotros viviendo nuestra vida, pero caminando el camino que alguna vez desechamos… El otro camino.

El señor de Fátima

Entre los años 1916 y 1917, mientras Europa servía de escenario a la Gran Guerra, en un pequeño pueblo de Portugal llamado Fátima, tres niños pastores experimentaron una serie de extrañas apariciones de un ángel denominado el Ángel de la Paz, y de la Virgen María; la más célebre de ellas ocurrida el 13 de mayo de 1917. Casi 100 años después, en el año 2014, me encontraba yo en el mismísimo lugar en el que la Virgen y el Ángel de la Paz habían visitado a los tres pastorcitos. En Cova de Iria, sí, como la canción.

Debo confesar que el primer sorprendido de estar en esas fui yo. Quien visita el pueblo de Fátima lo hace con la única y exclusiva intención de adorar a la Virgen María. Aunque hoy puedo afirmar que me alegró haber ido, no es normal en mí programar viajes a sitios de culto. Lo digo sin ánimo de ofender, y aunque me considero “creyente”, seamos sinceros, la mayoría de las personas (me incluyo) que visitan lugares religiosos lo hacen porque éstos tienen –además del atractivo religioso- algún otro atractivo adicional como el artístico, gastronómico, arquitectónico o histórico. Nadie (o casi nadie) visita algún sitio en particular con la única y exclusiva intención de elevar una plegaria desde allí.

En fin, por cosas de la vida terminé yo planillado en un viaje al pueblo de Fátima con el único objetivo de visitar los lugares donde la Virgen María había hecho su aparición, y elevar una plegaria desde allí. Como el viaje estaba programado con una anticipación razonable, me dio tiempo para averiguar si aquél pequeño pueblo tenía atracciones distintas a las religiosas que me permitieran ampliar el espectro de mi visita. Mi pequeña indagación ratificó lo que ya intuía, no había nada adicional para ver, comer o hacer en el pueblo de Fátima. Sin embargo, de la investigación había algo que había llamado mi atención desde un punto de vista, digamos, “narrativo” más que religioso: la historia de los niños pastores.

Tres niñitos, Lucía, Jacinta y Francisco, afirmaron haber sido visitados en reiteradas ocasiones por dos entidades que resultaron siendo, según ellos mismos alegaron, nada más y nada menos que un ángel autodenominado el Ángel de la Paz y la Virgen María. Si no fuera por el hecho de que el mayor de los niños tenía 10 años para entonces, uno podría pensar que todo se trataba de una farsa bien estructurada por alguien mayor. Las visitas divinas no estuvieron exentas de drama e intriga pues el 13 de mayo de 1917, día en que se produjo la última visita de la Virgen, más de 70.000 personas (en su mayoría no religiosas) vieron “el sol bailar” en lo que después se denominaría como el “milagro del sol”. Adicionalmente, los niños pastores afirmaron que la Virgen había enviado a través de ellos una serie de mensajes al mundo, y también que les había confiado un “secreto” que años después revelaría Lucía al Papa Juan Pablo II. Entre las cosas que la Virgen les reveló a los pastorcitos, estuvo el vaticinio de la temprana muerte de dos de ellos (Jacinta y Francisco), quienes, en efecto, murieron menos de tres años después de la aparición.

El hecho de visitar el lugar donde había ocurrido esta apasionante historia, que tiene todos los elementos de un thriller hollywoodense me hicieron sentir como si estuviera viviendo en carne propia un capítulo de algún libro de Dan Brown.

Al llegar a Fátima, un poco nervioso por causa de mi entusiasmo, me dirigí a los lugares en los cuales los pastorcitos afirmaron haber sido visitados por el Ángel de la Paz y la Virgen María, para luego visitar sus casas y conocer así un poco más de la intrigante historia. Tengo que confesar que si bien desde el punto de vista religioso me sentía satisfecho para entonces, desde el punto de vista “narrativo” me sentía un poco frustrado pues no me había encontrado hasta el momento nada “raro” que me aportara elementos de juicio adicionales para alimentar más la historia de los pastorcitos de la que había leído.

Con la pesadez de la frustración sobre mis hombros, decidí apartarme del grupo con el que estaba y dirigirme a una casa cercana, diagonal a la casa de Francisco (uno de los pastorcitos), la cual tenía la puerta abierta y dejaba ver que la habían adecuado como un café. Luego de saludar a la dueña, ordené un café negro y sin azúcar, como el que usualmente me tomo. Con el vaso casero lleno de café caliente en la mano, me senté en la única mesa exterior que tenía la casa-café, ubicada en plena acera peatonal. Me senté en una de las dos sillas que acompañaban la mesa; la otra silla era ocupada por un señor mayor.

El señor estaba bien vestido aunque no se veía elegante o pretencioso. Vestía un pantalón oscuro entre gris y azul, una camisa blanca con delgadas líneas verticales, un saco de lana color vino tinto y una chaqueta de un color gris más claro que el pantalón. Tenía un bastón y unos anteojos con marco café que sostenían un par de lentes gruesos que daban un efecto de desproporción a sus ojos cuando miraba de frente. Aunque tenía cara amable, no respondió a mi saludo cuando me senté a su lado. Parecía ignorar el mundo exterior y solo atender al mundo de su cabeza. Miraba pausada pero constantemente a cada lado, como si esperara a alguien. Luego de unos minutos de estar allí, sentado a su lado, el señor volteó, me miró de pies a cabeza y me preguntó sin casi moverse si era mi primera vez en Fátima, a lo que respondí con un “sí señor, es mi primera vez”. En ese momento pensaba que probablemente sería también mi última, pero no dije nada más.

Dijo a continuación que él, en cambio, tenía 66 años de estar visitando el pueblo de Fátima. Aunque hablaba claro, no pude adivinar de dónde era su acento. Siguió hablando sin esperar mis respuestas en una especie de monólogo. El señor mencionó que no visitaba Fátima para adorar a la Virgen, a pesar de que creía en ella. Dijo, sin que yo le preguntara, que lo que le fascinaba de ese pueblo era el poder de atracción que tenía. Se preguntó en voz alta si es la fe de las personas la que reviste de poderes a una persona, lugar o algún objeto, o es la persona, el lugar o el objeto el que por sus poderes hace nacer la fe en las personas. Cualquiera que sea la forma como funcione, este lugar tiene algo de mágico, concluyó.

Mientras lo oía, en mi cabeza repasaba con cuidado cada una de sus palabras tratando de descifrar para dónde iba con toda esa argumentación. No me quedaba claro si el señor creía en Dios o no. No pude aguantar más y le pregunté: “¿Ese poder que menciona usted es Dios?”. Me miró con esos ojos engrandecidos por el aumento de los lentes y sonrió. ¿Cuál es la diferencia? dijo. Y siguió, piensa en las sensaciones que despierta en las personas el poder del arte. Acaso ¿es más poderosa la sensación que produce una pintura figurativa que aquella producida por una pintura abstracta? O Acaso, ¿son distintas?, ¿una más fuerte que la otra? No creo.

Lo que importa es la fe, o para nuestro ejemplo la emoción que despierta la obra, bien sea abstracta o figurativa. ¿Entiendes? Me preguntó. Aunque no estaba seguro de haber entendido entonces, respondí que sí. Estaba seguro que si hubiera respondido negativamente lo habría desincentivado, y simplemente me hubiera perdido su argumentación que empezaba a entretenerme. La fe es el efecto de una obra indescifrable, una obra entre abstracta y figurativa, como las obras que tú debes conocer como expresionismo. Como las obras de aquellos artistas que buscan ilustrar la música o los sentimientos, dijo.

Para ese momento, ya había olvidado a los pastorcitos y me sentía viviendo mi propia aparición, sólo que el protagonista de la misma no era un ser etéreo, sino de carne y hueso, viejo, sí, pero vivo. El señor no estaba dispuesto a callarse y yo no estaba dispuesto a dejarlo de escuchar, así que sin interrumpirlo me levanté rápidamente para ir a llenar mi vaso con más café. Mientras la agraciada dueña del local llenaba mi vaso, le pregunté si el señor estaba acompañado o estaba solo, pues yo estaría más que dispuesto a acompañarlo hasta donde estuviera quedándose. Con una sonrisa en sus labios, como si supiera algo que yo desconociera, y con una ternura en su mirada me dijo: ¿“cuál señor”?